|
Opinión | 23.06.2012
El mejoramiento de la calidad de la
Educación Superior Universitaria ¿acreditar o no acreditar?
[
Por: Erick O. Salazar Montoya-MBA* ]
En
la declaración mundial sobre la educación
superior del siglo XXI, que se llevó a
cabo en París en 1998, se concluyó que
esta debe enfrentar una serie de desafíos y
dificultades, como producto del entorno cambiante, la globalización y su
ideal posicionamiento efectivo dentro de la sociedad del conocimiento.
La universidad peruana no es ajena a esta realidad y para insertarse en un escenario tan competitivo es necesario plantear estrategias que la conduzcan a este fin: establecer la igualdad de condiciones de acceso a los estudios y, en el transcurso de los mismos, a una mejor capacitación del personal, formación ligada a la búsqueda de la competitividad basada en la mejor calidad de la enseñanza, investigación y mejores servicios, pertinencia de los planes de estudios, mayores posibilidades de empleo para los egresados, establecimiento de acuerdos de cooperación y la igualdad de acceso a los beneficios que reporta la cooperación internacional. Así mismo, la integración de las tecnologías de información y comunicación como aliado sustantivo en este proceso de integración. A mediados de la década de los 90 en el Perú se inicia un movimiento de mejora de la calidad en los distintos niveles educativos. La acreditación de la calidad de la educación en el Perú tiene su génesis con la promulgación de la Ley General de Educación y se considera de relevancia en el Proyecto Educativo Nacional. En ambos documentos se establece la conformación de un organismo autónomo que garantice ante la sociedad la calidad de las instituciones educativas. Con la promulgación de la Ley Nº 28740 (ley del Sineace – Sistema Nacional de Evaluación, Acreditación y Certificación de la calidad educativa), se inicia el camino a la acreditación de la calidad de las instituciones educativas y de sus programas; siendo las universidades y sus carreras profesionales y programas de postgrado competencia del Consejo Nacional de Evaluación, Acreditación, Certificación de la Calidad de la Educación Universitaria – Coneau. El Coneau, es uno de los Órganos Operadores del Sistema Nacional de Evaluación, Acreditación y Certificación de la Calidad Educativa ( Sineace), creado por ley N° 28740, el 19 de mayo del 2006, que tiene como principales objetivos, promover el desarrollo de los procesos de Evaluación, Acreditación y Certificación de la Educación Superior Universitaria, así como contribuir a alcanzar los niveles óptimos de calidad en los procesos, servicios y resultados de la Educación Superior Universitaria, garantizando la calidad del servicio educativo en las universidades públicas y privadas y entre sus principales funciones definir los criterios e indicadores de evaluación para el proceso de acreditación y certificación de las instituciones y programas de educación superior universitaria; aprobar las normas que regulan la autorización y funcionamiento de las entidades evaluadoras con fines de acreditación y certificación; fomentando una cultura evaluativa en las instituciones de Educación Superior Universitaria, Para entenderlo mejor es preciso definir el significado de la acreditación, por qué y para qué sirve. Acreditar es el reconocimiento formal de la calidad demostrada por una Universidad o carrera profesional, otorgado por el Estado, a través del Coneau, según el informe de evaluación externa emitido por una entidad evaluadora, debidamente autorizada; en la actualidad existen dos entidades evaluadoras SGS del Perú y Empresa Evaluadora con fines de Acreditación; esta acreditación tiene una duración de tres años, la carrera profesional debe demostrar en su informe final de autoevaluación, que ha alcanzado todos los estándares del Modelo de Calidad del Coneau. La acreditación es obligatoria para las carreras profesionales de Educación, Ciencias de la Salud y Derecho, pero voluntaria en el resto de carreras. A las instituciones superiores les sirve para mejorar la calidad del servicio educativo, desarrollar acciones concretas para mejorar, fortalecer la institución no solo las carreras; y el trabajo colectivo mejora el clima institucional: pertenencia e identidad. Hasta el momento ninguna Universidad ha acreditado nacionalmente con Coneau. Algunas universidades han acreditado bajo modelos internacionales y estándares elaborados para otros países. Según Coneau de 54 Facultades de Educación que tiene el país, 30 han comunicado haber iniciado su Autoevaluación (Lima: 6 Centro: 10, Norte: 9, Sur: 4, Oriente: 1). Sólo nueve universidades de 132 existentes en el país, completaron a la fecha los procesos de autoevaluación: San Marcos, Privada de Tacna, San Agustín, Privada de Piura, Peruana Unión, César Vallejo, Nacional de Trujillo, Nacional de Piura y Nacional del Centro. La acreditación, siendo un mecanismo de rendición de cuentas ante la sociedad, brinda información confiable a los usuarios del servicio de educación superior, propiciando el mejoramiento de la calidad y asegura que las universidades presten servicios educativos de calidad y por consiguiente, los profesionales que egresen de dichas universidades, tendrán el nivel de competencias que requiere la sociedad. (*) Director de la Escuela de Postgrado UCV-Piura, Evaluador Externo acreditado por Coneau / esalazar@ucv.edu.pe |
|
Difusión de artículos de actualidad nacional e internacional, además comentarios y presentaciones de artículos de teoría económica.
domingo, 24 de junio de 2012
sábado, 23 de junio de 2012
La cumbre verde acaba en decepción
Río+20 no logran
avances en las políticas ambientales ni de desarrollo sostenible

El expresidente Zapatero saluda al
secretario general de la ONU durante un acto en Río+20. /MARCELO SAYÃO (EFE)
La Conferencia de Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible Rio+20
se clausura este viernes de la misma manera que se inauguró tres días antes:
con un documento de
mínimos que no hurga en las sensibilidades de nadie y que ciertamente no
servirá de revulsivo para que la comunidad internacional reaccione con vigor
ante el deterioro natural del planeta. En Río los líderes no han sido capaces
de dar respuestas contundentes a las demandas de buena parte de
la sociedad: de momento no habrá nuevos mecanismos de financiación para
políticas de desarrollo sostenible, ni un acuerdo para crear una agencia que
sea el brazo medioambiental de la ONU (actualmente lo que existe es el Programa
de Naciones Unidas para el Medioambiente –PNUMA-), ni nuevos pasos al frente en
la protección de los océanos, ni la decisión de eliminar los subsidios a los
combustibles fósiles o medidas que contribuyan a la erradicación de la pobreza
en el mundo.
Fuentes del Gobierno brasileño, que ha sido el anfitrión y el impulsor
de este acuerdo, admiten las dificultades para cerrar un texto más ambicioso,
aunque también insisten en que el éxito de Río+20 radica en que 193 naciones
hayan alcanzado un consenso rápidamente y sin entrar en amargas discusiones. Sin
embargo, fuentes del equipo negociador de la Unión Europea (UE) abundan en la
idea de que Brasil ha optado por el camino fácil de articular un documento que
deje a todos mínimamente contentos, aunque sea a costa de sacrificar los
avances reales que se esperaban de esta cumbre. “Ha primado la lógica de que es
preferible tener cualquier acuerdo a no tener ningún acuerdo”, resumen de
manera gráfica. Sin embargo, todas las fuentes consultadas opinan que este
encuentro no caerá en saco roto. En este sentido, la delegación de Brasil
asegura que la cumbre de Río alumbrará el camino para que medidas más concretas
cristalicen en los próximos años.
Quizá sea injusto responsabilizar de la falta de ambición del documento
final al país anfitrión, Brasil, ya que hay razones de gran calado que explican
el fracaso. La primera de todas radica en el crítico momento que viven varios
países de la UE y la situación en EE UU, aún empantanado en la superación de su
crisis económica y con unas elecciones a la vuelta de la esquina. En época de
crisis, las políticas medioambientales y sociales suelen quedar arrinconadas. Y
eso es lo que ha sucedido en esta cumbre: el momento ha fallado.
De Río no han salido
países ganadores, aunque sí infinidad de perdedores, sobre todo las naciones en
vías de desarrollo. Quizá el Vaticano sea el único participante que se haya
salido con la suya tras conseguir que se elimine de las conclusiones el término
“derechos reproductivos” de la mujer, introducido por Brasil y que se refería a
la libertad de la mujer para decidir sobre su maternidad.
martes, 19 de junio de 2012
La
víctima griega
El desastre se originó en Bruselas,
Fráncfort y Berlín, al crear un sistema monetario defectuoso
Desde que Grecia cayó en picado, hemos oído hablar mucho de lo que no va
bien en todo lo que sea griego. Algunas de las acusaciones son ciertas, y otras
son falsas, pero todas ellas son irrelevantes. Sí, existen importantes fallos
en la economía griega, en su política, y, sin duda alguna, en su sociedad. Pero
estos fallos no son los que causaron la crisis que está desgarrando a Grecia, y que amenaza con
extenderse por Europa.
No, los orígenes del desastre se encuentran más al norte, en Bruselas,
Fráncfort y Berlín, donde las autoridades crearon un sistema monetario profundamente
defectuoso —y quizás abocado a morir— y luego agravaron los problemas de ese
sistema sustituyendo el análisis por las lecciones de moral. Y la solución a la
crisis, si es que existe alguna, tendrá que llegar de los mismos lugares.
Por tanto, veamos esos defectos griegos: sin duda alguna Grecia tiene
mucha corrupción y mucha evasión fiscal, y el Gobierno griego tiene por
costumbre vivir por encima de sus posibilidades. Más allá de eso, la
productividad laboral griega es baja de acuerdo con los niveles europeos, ya
que es inferior en un 25% a la media de la Unión Europea. Sin embargo, vale la
pena señalar que la productividad laboral en, vamos a decir, Misisipi, es más o
menos igual de baja según los niveles estadounidenses, y más o menos por el mismo
margen.
Por otra parte, muchas cosas de las que oyen sobre Grecia no son
ciertas. Los griegos no son vagos; al contrario, trabajan más horas que casi
todo el mundo en Europa, y muchas más horas que los alemanes en concreto.
Grecia tampoco tiene un Estado del bienestar desenfrenado, como les gusta
afirmar a los conservadores; el gasto social como porcentaje del producto
interior bruto (PIB), la medida habitual del tamaño del Estado del bienestar,
es considerablemente más bajo en Grecia que en, digamos, Suecia o Alemania, que
son países que hasta ahora han capeado la crisis europea bastante bien.
Entonces, ¿cómo se metió Grecia en tantos problemas? Culpen al euro.
Hace 15 años, Grecia no era un paraíso, pero tampoco estaba en crisis.
El desempleo era elevado pero no era catastrófico, y el país más o menos se
valía por sí mismo en los mercados mundiales, ya que ganaba lo bastante con las
exportaciones, el turismo, los barcos y otras fuentes como para pagar más o
menos sus importaciones.
Luego Grecia se incorporó al euro, y sucedió algo terrible: la gente
empezó a creer que era un lugar seguro para invertir. Entró dinero extranjero
en Grecia, una parte de él, pero no todo, para financiar los déficits del
Gobierno; la economía se aceleró; la inflación aumentó; y Grecia perdió cada
vez más competitividad. Sin lugar a dudas, los griegos despilfarraron mucho, si
no la mayor parte, del dinero que entraba a raudales, pero también es verdad
que todos los que quedaron atrapados en la burbuja del euro hicieron lo mismo.
Y luego estalló la burbuja, y en ese momento, los fallos esenciales de
todo el sistema del euro se hicieron demasiado evidentes.
Al estallar la burbuja, los fallos esenciales de
todo el sistema del euro se hicieron demasiado evidentes
Pregúntense por qué la zona dólar —también conocida como Estados Unidos
de América —funciona más o menos, sin las graves crisis regionales que afligen
ahora a Europa. La respuesta es que tenemos un Gobierno central fuerte, y las
actividades de este Gobierno proporcionan a todos los efectos rescates
automáticos a los Estados que se meten en problemas.
Piensen, por ejemplo, en lo que podría estar sucediendo en Florida ahora
mismo, tras su enorme burbuja inmobiliaria, si el Estado tuviera que sacar el
dinero para la Seguridad Social y Medicare de sus propios ingresos que se
vieron reducidos repentinamente. Por suerte para Florida, es Washington en vez
de Tallahassee quien se está haciendo cargo de la factura, lo que significa que
Florida está recibiendo a todos los efectos un rescate a una escala que ningún
país europeo podría soñar.
O piensen en un ejemplo más antiguo, la crisis de las cajas de ahorros
de la década de 1980, que fue en gran medida un problema de Tejas. Los
contribuyentes acabaron pagando una enorme suma para resolver el lío, pero la
inmensa mayoría de esos contribuyentes estaba en otros Estados que no eran
Tejas. Una vez más, el Estado recibió un rescate automático a una escala inconcebible
en la Europa moderna.
Por eso Grecia, aunque no exenta de culpa, se encuentra en apuros
principalmente debido a la arrogancia de las autoridades europeas, en su
mayoría procedentes de países más ricos, que se convencieron de que podrían
hacer que funcionase una moneda única sin un Gobierno único. Y estas mismas
autoridades han empeorado la situación al insistir, a pesar de las pruebas, en
que todos los problemas de la moneda estaban causados por el comportamiento
irresponsable de esos europeos del sur, y que todo funcionaría si la gente
estuviera dispuesta a sufrir un poco más.
Lo que nos lleva a las elecciones del domingo en Grecia, que acabaron
por no solucionar nada. Puede que la coalición de Gobierno haya logrado
mantenerse en el poder, aunque ni siquiera eso queda claro (el segundo socio de
la coalición está amenazando con abandonarla). Pero, de todas maneras, los
griegos no pueden resolver esta crisis.
La única forma en la que el euro podría —podría— salvarse es si los
alemanes y el Banco Central Europeo se dan cuenta de que son ellos los que
tienen que cambiar su comportamiento, gastar más y, sí, aceptar una inflación
más elevada. Si no, bueno, pues Grecia pasará a la historia como la víctima del
orgullo desmedido de otros países.
Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel 2008.
© 2012 New York
Times Service. Traducción de News Clips.
martes, 12 de junio de 2012
Otro Rescate Bancario
Otro
rescate bancario

Paul Krugman, premio Nobel de
Economía 2008 / CORBIS
Vaya, otro rescate bancario, esta vez en España. ¿Quién lo habría
imaginado?
La respuesta, por supuesto, es que todo el mundo. De hecho, toda esta
historia empieza a parecerse a un manido número de comedia: una vez más la
economía se hunde, el paro se dispara, los bancos tienen problemas, los
Gobiernos se apresuran a acudir al rescate; pero, por alguna razón, se rescata
solo a los bancos, no a los parados.
Para dejar las cosas claras, los bancos españoles sí que necesitaban un
rescate. España estaba claramente al borde de un bucle de desgracias;
un proceso bien conocido en el que la preocupación por la solvencia de los
bancos obliga a los bancos a vender activos, lo cual empuja a la baja el precio
de dichos activos, lo cual hace que la gente se preocupe aún más por la
solvencia. Los Gobiernos pueden poner fin a esos círculos viciosos con una
inyección de capital; en este caso, sin embargo, la propia solvencia del
Gobierno de España estaba en duda, de modo que el capital tenía que venir de un
fondo europeo más grande.
Así que no hay nada necesariamente malo en este último rescate (aunque
muchas cosas dependen de los detalles). Lo que llama la atención, sin embargo,
es que al mismo tiempo que los dirigentes europeos acordaban este rescate,
estaban enviando señales claras de que no tienen intención de cambiar las
políticas que han dejado sin trabajo a casi una cuarta parte de los
trabajadores españoles (y a más de la mitad de los jóvenes).
Y lo más curioso: la semana pasada, el Banco Central
Europeo se negaba a bajar los tipos de interés. Todo el mundo se
esperaba esta decisión, pero eso no debería impedirnos ver el hecho de que es
algo tremendamente extraño. El paro se ha
disparado en la eurozona y todo indica que el continente se encamina
hacia una nueva recesión. Mientras tanto, la inflación se ralentiza y las
expectativas del mercado en cuanto a la inflación futura se han hundido. De
acuerdo con cualquiera de las normas habituales de la política monetaria, la
situación exige una rebaja drástica de los tipos de interés. Pero el banco
central se niega.
Y eso ni siquiera tiene en cuenta el riesgo cada vez mayor de un colapso
del euro. Durante años, a España y a otros países europeos con problemas se les
ha dicho que solo pueden recuperarse mediante una combinación de austeridad
fiscal y “devaluación interna”, lo que esencialmente significa rebajar los
salarios. Ahora está absolutamente claro que esta estrategia no puede funcionar
a menos que haya un crecimiento sólido y, sí, un grado moderado de inflación en
el “núcleo” europeo, principalmente en Alemania (lo que da otra razón más para
mantener bajos los tipos de interés e imprimir montones de billetes). Pero el
banco central se niega.
Mientras tanto, los funcionarios de alto rango afirman que la austeridad
y la devaluación interna realmente funcionarían simplemente con que la gente
creyese de verdad en su necesidad.
Fíjense, por ejemplo, en lo que Jörg Asmussen, el representante alemán
en la junta directiva del Banco Central Europeo, acaba de decir en Letonia, que
se ha convertido en el ejemplo perfecto de la austeridad supuestamente exitosa.
(Antes lo era Irlanda, pero la economía irlandesa sigue negándose a
recuperarse). “La diferencia esencial entre, por ejemplo, Letonia y Grecia”,
decía Asmussen, "radica en el grado de apropiación nacional del programa
de ajuste, no solo por parte de los responsables políticos, sino también de la
propia población”.
Podríamos llamarlo el planteamiento de Darth Vader de la política
económica; a todos los efectos, Asmussen está diciéndoles a los griegos:
“Vuestra falta de fe me parece preocupante”.
Ah, y ese éxito letón consiste en un año de crecimiento bastante bueno
después de un declive económico con categoría de depresión a lo largo de los
tres años anteriores. Es verdad que un crecimiento del 5,5% es mucho mejor que
nada. Pero merece la pena señalar que la economía de Estados Unidos creció casi
el doble (¡el 10,9%!) en 1934, cuando salía de la peor fase de la Gran
Depresión. Pero la depresión distaba mucho de haber terminado.
Junten todo esto y tendrán una imagen de una élite política europea
siempre dispuesta a entrar en acción para defender a los bancos pero, por lo
demás, absolutamente reacia a admitir que sus políticas están fallando a las
personas a las que se supone debe servir la economía.
Y nosotros, ¿estamos mucho mejor? La perspectiva a corto plazo de
Estados Unidos no es tan sombría como la de Europa, pero los pronósticos de la
propia Reserva Federal apuntan a una inflación baja y un paro muy alto en los
próximos años (precisamente las circunstancias en las que la Reserva debería
estar entrando en acción para estimular la economía). Pero la Reserva Federal
se niega.
¿Qué explica esta parálisis transatlántica frente a un continuo desastre
humano y económico? Sin duda la política forma parte de la explicación; digan
lo que digan, las autoridades de la Reserva Federal se sienten claramente
intimidadas por las advertencias de que toda política expansiva será vista como
si la Reserva acudiese al rescate del presidente Obama. De modo que también se
trata de una mentalidad que ve el sufrimiento económico como una redención,
mentalidad que un periodista británico apodó en cierta ocasión
“sadomonetarismo”.
Independientemente de cuáles sean las raíces profundas de esta parálisis,
está quedando cada vez más claro que hará falta una catástrofe sin paliativos
para que haya alguna acción política real que vaya más allá de los rescates
bancarios. Pero no desesperen: al paso al que van las cosas, especialmente en
Europa, la catástrofe sin paliativos podría estar a la vuelta de la esquina.
Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y Premio Nobel 2008.
(c) New York Times Service 2012. Traducción de News Clips.
domingo, 3 de junio de 2012
Por
qué Grecia?
PIEDRA DE TOQUE: Grecia no puede
dejar de formar parte integral de Europa sin que ésta se vuelva una caricatura
grotesca de sí misma, condenada al más estrepitoso fracaso. Ella es el símbolo
de Europa
En aquella cena, hace ya varios años, me sentaron junto a una señora de
edad que cubría sus ojos con unos grandes anteojos oscuros. Era amable,
elegante, hablaba un francés exquisito y, pese a que hacía grandes esfuerzos
por disimularlo, en todo lo que decía y opinaba se traslucía una enorme
cultura. Sólo a media cena advertí, por las grandes precauciones con que
manejaba los cubiertos, que era ciega o, cuando menos, que su visión era
mínima. Sólo después de despedirnos, averigüé que Jacqueline de Romilly era una
gran helenista, catedrática de griego clásico en la École Normale y en la
Sorbona, la primera mujer en ser elegida miembro del Colegio de Francia y una
de las pocas representantes del género femenino en la Academia Francesa.
El primer libro suyo que leí, Pourquoi la Grèce?, me
deslumbró tanto como su persona. Aunque lo que dice y cuenta en él ocurrió hace
25 siglos, es de una extraordinaria actualidad y su lectura debería ser
obligatoria en estos días para aquellos europeos que, espantados con lo que
está ocurriendo en Grecia, su deuda vertiginosa, su anarquía política, su
empobrecimiento pavoroso y la ascensión de los extremismos fascista y comunista
en sus últimas elecciones, creen que la salida de ese país de la moneda única,
e incluso de la Unión Europea, es inevitable y hasta necesaria.
El libro cuenta cómo la joven Jacqueline leyó en sus años escolares a
Tucídides y cómo la impresión que hizo en ella uno de los dos fundadores de la
disciplina histórica (con Heródoto) orientó su vocación a los estudios de la
Grecia clásica, a la que dedicaría su vida. El ensayo pasa revista, de manera
clara, entretenida y profunda —rara alianza para una especialista— a ese
milagroso siglo V antes de nuestra era en el que la historia, la filosofía, la
tragedia, la política, la retórica, la medicina, la escultura alcanzan en
Grecia su apogeo y sientan las bases de lo que con el tiempo se llamaría la
cultura occidental. Homero y Hesíodo son bastante anteriores al siglo V, desde
luego, y hay artistas, pensadores y comediógrafos posteriores a ese marco
temporal. El ensayo no vacila en retroceder o avanzar para incluirlos en el
legado griego, aunque el grueso de lo que llama “una visita guiada a través de
los textos” se concentra en ese pequeño período de 100 años en que en el
reducido espacio del mundo heleno hay como una eclosión frenética, enloquecida,
de creatividad en todos los dominios del espíritu, con ideas, modelos
estéticos, patrones intelectuales, inventos y descubrimientos, gracias a los
cuales la civilización del logos tomaría una distancia
decisiva respecto a todas las otras culturas del pasado y de su tiempo y, sin
pretenderlo ni saberlo, cambiaría para siempre la historia del mundo.
Jacqueline de Romilly muestra que en Grecia nacieron, o cobraron una
realidad y dinamismo que nunca tuvieron antes en la vida social de pueblo
alguno, los factores determinantes del progreso humano, como la democracia, la
libertad, el derecho, la razón y el arte emancipados de la religión, las
nociones de igualdad, de soberanía individual, de ciudadanía, y una manera
absolutamente nueva de relacionarse el hombre con el más allá y con los dioses,
además, por supuesto, de una idea de la belleza y de la fealdad, de la bondad y
la maldad, de la felicidad y la desdicha, que, aunque con los inevitables
matices y adaptaciones que ha ido imponiéndoles la historia, siguen vigentes.
Los diálogos
socráticos y platónicos enseñaron que conversar es una manera más civilizada de
convivir
Maravilla que un pueblo tan pequeño y tan poco cohesionado políticamente,
hecho de unas cuantas ciudades y colonias repartidas por Europa y el Asia
Menor, que conservaban un enorme margen de autonomía entre ellas, un pueblo tan
instintivamente reticente a conformar un imperio, a practicar el imperialismo y
a someterse a la prepotencia de un tirano (como hicieron todos los otros) haya
sido capaz de dejar en la historia de la humanidad una huella tan honda, tan
presente todavía tantos siglos después, en tanto que casi todos los otros
grandes imperios o civilizaciones —los persas y los egipcios, por ejemplo— sean
ahora sobre todo, sin olvidar ninguna de sus maravillas, piezas de museo.
No fue un accidente, ni obra del azar, hubo razones para ello y el libro
de Jacqueline de Romilly las hace desfilar ante nuestros ojos con la misma
desenvoltura, belleza y elegancia con que su conversación me hechizó a mí
aquella noche. Los diálogos socráticos y platónicos, además de una manera de
filosofar, nos explica, enseñaron a los seres humanos que conversar, hablar en
grupo, es una manera más civilizada y ética de convivir que dando órdenes u
obedeciéndolas, una forma de la comunicación que reconoce o establece de
entrada una igualdad de base, una reciprocidad de derechos, entre los
interlocutores. Así fue surgiendo la libertad, desanimalizándose el hombre,
naciendo de verdad la humanidad del ser humano.
Esta demostración en Pourquoi la Grèce? no aparece como
un discurso abstracto, sino a través de comentarios y de citas literarias,
porque, como su autora no se cansa de repetirlo, todo aquello que constituye
una cultura está esencialmente representado en sus obras literarias, y la
verdadera crítica es aquella que escudriña la poesía, la narrativa, el drama,
los ensayos que una sociedad produce en busca de esas verdades recónditas que alimentan
su imaginación e impregnan las aventuras y los personajes a que sus artistas
dieron vida para aplacar la sed de absoluto, de vivir otras vidas, de sus
gentes.
“Sin saberlo, respiramos el aire de Grecia a cada instante”, dice en una
de sus páginas. No es la menor de las paradojas que los griegos, que nunca
conquistaron a pueblo alguno y sólo combatieron en defensa de su libertad,
hayan dominado luego discretamente al mundo entero, empezando por Roma, cuyas
legiones creyeron apoderarse de Grecia sin esfuerzo, cuando, en verdad, sería
el pueblo vencido el que terminaría por infiltrarse en la mente, el espíritu y
hasta la lengua del conquistador. (El ensayo revela que, durante buen tiempo,
fue de buen gusto entre las familias romanas contemporáneas de Cicerón y de
Virgilio hablar en lengua griega).
Es verdad que la Grecia de nuestros días es muy distinta de aquella
donde se construyó el Partenón, en la que peroraba Solón y esculpía Fidias sus
estatuas. En los 25 siglos intermedios su pueblo ha experimentado acaso más
infortunios y catástrofes que la mayoría de los otros: guerras externas e
internas, ocupaciones que por siglos acabaron con su libertad, tiranías y segregaciones
que varias veces amenazaron con desintegrarla. Esta mañana leo en el International
Herald Tribune una espeluznante descripción del estado de su economía,
los grotescos privilegios de que han gozado en todos estos años sus armadores,
banqueros y empresarios más prósperos, exonerados de pagar impuestos, y las
fortunas que han fugado y siguen fugando del país hacia Suiza y los paraísos
fiscales más seguros del planeta, en tanto que el pueblo griego se sigue
empobreciendo, viendo encogerse sus salarios o pasando al paro, a la mendicidad
y al hambre.
Ante este panorama, lo que debería sorprender no es que muchos griegos
hayan votado en las últimas elecciones por nazis y extremistas de izquierda;
sino, más bien, que haya todavía tantos griegos que sigan creyendo en la
democracia, y que las encuestas para la próxima elección señalen que los
partidos de centro izquierda, centro y centro derecha, que defienden la opción
europea y aceptan las condiciones que ha impuesto Bruselas para el rescate
griego, podrían obtener la mayoría y formar gobierno.
Mi esperanza es que así sea porque, simplemente, Grecia no puede dejar
de formar parte integral de Europa sin que ésta se vuelva una caricatura
grotesca de sí misma, condenada al más estrepitoso fracaso. Europa nació allá,
al pie de la Acrópolis, hace 25 siglos, y todo lo mejor que hay en ella, lo que
más aprecia y admira de sí misma, incluyendo la religión de Cristo —una de las
páginas más hermosas del ensayo de Jacqueline de Romilly explica por qué buena
parte de los Evangelios se escribieron en lengua griega—, así como las
instituciones democráticas, la libertad y los derechos humanos tienen su lejana
raíz en ese pequeño rincón del viejo continente, a orillas del Egeo, donde la
luz del sol es más potente y el mar es más azul. Grecia es el símbolo de Europa
y los símbolos no pueden desaparecer sin que lo que ellos encarnan se desmorone
y deshaga en esa confusión bárbara de irracionalidad y violencia de la que la
civilización griega nos sacó.
© Mario Vargas Llosa, 2012.
© Derechos
mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL,
2012.
EL PROGRAMA DE LA AUSTERIDAD
PAUL KRUGMAN
EL PAÍS, 3 de Junio de 2012
"El auge económico, y no la crisis, es el momento adecuado para la austeridad”. Eso afirmaba John Maynard Keynes hace 75 años, y tenía razón. Aun cuando se tenga un problema de déficit a largo plazo —¿y quién no lo tiene?—, recortar drásticamente el gasto mientras la economía está profundamente deprimida es una estrategia contraproducente porque no hace más que agravar la depresión.
¿Y por qué el Reino Unido está haciendo exactamente lo que no debería hacer? A diferencia de los Gobiernos de, por ejemplo, España o California, el Gobierno británico puede adquirir préstamos con total libertad a unos tipos de interés más bajos que nunca. Así que, ¿por qué el Gobierno está reduciendo drásticamente la inversión y eliminando cientos de miles de puestos de trabajo en el sector público en vez de esperar a que la economía sea más fuerte?
En los últimos días he planteado esa pregunta a algunos defensores del Gobierno del primer ministro David Cameron, unas veces, en privado, y otras, en la televisión. Y todas esas conversaciones han seguido la misma pauta: han empezado con una mala metáfora y han terminado con la revelación de los motivos ocultos.
La mala metáfora —que seguramente habrán escuchado muchas veces— equipara los problemas de deuda de una economía nacional con los problemas de deuda de una familia individual. Una familia que ha asumido una deuda excesiva, cuenta la historia, debe apretarse el cinturón. De modo que si el Reino Unido en su conjunto ha asumido una deuda excesiva (cosa que ha hecho, aunque es, en su mayoría, deuda privada, más que pública), ¿no debería hacer lo mismo? ¿Qué tiene de malo esta comparación?
La respuesta es que una economía no es como una familia endeudada. Nuestra deuda es en su mayoría dinero que nos debemos unos a otros; y lo que es aún más importante, nuestros ingresos provienen principalmente de lo que nos vendemos unos a otros. Sus gastos son mis ingresos y mis gastos son sus ingresos.
¿Y qué pasa si todo el mundo simultáneamente reduce drásticamente el gasto en un intento de pagar lo que debe? La respuesta es que los ingresos de todo el mundo se reducen; mis ingresos disminuyen porque ustedes están gastando menos, y sus ingresos disminuyen porque yo estoy gastando menos. Y, a medida que nuestros ingresos se hunden, nuestro problema de deuda se agrava, no mejora.
Esto no es nada nuevo. El gran economista estadounidense Irving Fisher ya lo explicó allá por 1933, y resumió lo que él llamaba “deflación de la deuda” con el conciso y expresivo eslogan: “Cuanto más pagan los deudores, más deben”. Los acontecimientos recientes, sobre todo la mortal espiral de la austeridad en Europa, han ilustrado de manera trágica la verdad de las ideas de Fisher.
Y hay una moraleja clara en esta historia: cuando el sector privado intenta desesperadamente pagar lo que debe, el sector público debería hacer lo contrario, y gastar cuando el sector privado no puede o no quiere. Desde luego que debemos equilibrar nuestro presupuesto una vez que la economía se haya recuperado, pero no ahora. La expansión, y no la crisis, es el momento adecuado para la austeridad.
Como ya he dicho, esto no es nada nuevo. Así que ¿por qué tantos políticos insisten en aplicar medidas de austeridad durante la crisis? ¿Y por qué no cambian de estrategia ni siquiera cuando la experiencia confirma las lecciones de la teoría y la historia?
Bueno, aquí es donde la cosa se pone interesante. Porque cuando uno presiona a los defensores de la austeridad haciéndoles ver lo malo de su metáfora, casi siempre se refugian en afirmaciones como: “Pero es esencial que reduzcamos el tamaño del Estado”.
Ahora bien, estas afirmaciones suelen ir acompañadas de aseveraciones sobre que la propia crisis económica demuestra la necesidad de reducir el Estado. Pero eso es manifiestamente falso. Fíjense en los países europeos que han capeado mejor el temporal y, en lo alto de la lista, encontrarán naciones con grandes Estados como Suecia o Austria.
Y si se fijan, por otro lado, en los conservadores del país admirados antes de la crisis, encontrarán que George Osborne, ministro de Economía y Hacienda del Reino Unido y arquitecto de la actual política económica del país, describe Irlanda como “un magnífico ejemplo del arte de lo posible”. Mientras tanto, el Instituto Cato elogia los bajos impuestos de Islandia y espera que otros países industrializados “aprendan del éxito de Islandia”.
Así que la defensa de la austeridad en el Reino Unido no tiene en realidad nada que ver con los déficits; tiene que ver con usar el pánico al déficit como excusa para desmantelar programas sociales. Y esto es, por supuesto, exactamente lo mismo que ha estado pasando en EE UU.
Para ser justos con los conservadores del Reino Unido, no son tan toscos como sus homólogos estadounidenses. No claman contra los males de los déficits para, acto seguido, exigir enormes reducciones de impuestos para los ricos (aunque, de hecho, el Gobierno de Cameron ha rebajado considerablemente los tipos impositivos más altos). Y, en general, parecen menos decididos que la derecha estadounidense a ayudar a los ricos y castigar a los pobres. Aun así, la dirección de la política es la misma; y también la esencial falta de sinceridad de los llamamientos a favor de la austeridad.
La gran pregunta aquí es si la evidente incapacidad de la austeridad para producir una recuperación económica conducirá a un plan B. Es posible. Pero sospecho que, aun cuando se anuncie dicho plan, no supondrá gran cosa. Porque la recuperación económica nunca ha sido el objetivo; la defensa de la austeridad siempre ha pretendido utilizar la crisis, no resolverla. Y sigue siendo así. J
Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y Premio Nobel 2008.
(c) New York Times Service 2012.
Traducción de News Clips.
EL EURO Y LA TRAGEDIA GRIEGA
Jesús Castillo More
El
Producto Bruto Interno (PBI) de un país es
igual a la Demanda Agregada, que es la suma del gasto en consumo, más
inversión, más gasto público, más la
Balanza Comercial, (diferencia entre exportaciones e importaciones). La suma de los tres primeros componentes se
conocen como gasto interno. De esta manera, podemos ver fácilmente, que el PBI
menos el gasto interno es igual a la Balanza Comercial.
La
interpretación económica de esta aritmética elemental, es que si un país está
importando más de lo que exporta, está gastando internamente más de lo que
produce. Para que esto sea posible, el país debe contar con suficientes
reservas internacionales para financiar su exceso de importaciones, o tener
acceso al endeudamiento externo, recibir donaciones o privatizar sus empresas
públicas.
Durante
muchos años, los países europeos han vivido bajo el predominio del Estado de
Bienestar, donde se deja al Estado la tarea de garantizar altos niveles de vida
para la población, para lo cual se contaba con una alta presión tributaria y
con el endeudamiento externo como mecanismo de financiamiento del exceso de
gasto del país. El nacimiento del Euro como moneda única para todos los países
de la Unión Europea, significó acatar acuerdos respecto a limitar sus déficits
y niveles de endeudamiento, para quedar todos bajo la dirección monetaria del
Banco Central Europeo, lo que significa que cada país pierde la capacidad de
emitir moneda. Si el país agota sus reservas, y no tiene acceso a endeudamiento
externo, por aritmética simple, ya no puede importar más de lo que exporta, y
en consecuencia debe reducir el gasto interno: consumo, inversión y gasto
público.
En
un reciente artículo (Los Griegos lo apuestan todo), el Economista Xavier Sala
y Martin, se refiere a la situación actual en Europa, donde Grecia puede
gatillar una catástrofe económica no solo para Europa sino para el mundo. Si
Grecia debe el 165% de su PBI, para recibir crédito debe estar dispuesto a
pagar tasas de interés más altas y ve que los acreedores se le ausentan incluso
sus socios comerciales europeos.
Dice
Sala y Martin que si la Eurozona decide cortar la ayuda, pasarían dos cosas:
Primero, Grecia se queda sin Euros, lo que llevaría a algunos Bancos a la
quiebra. Esto da lugar a un retiro masivo de los depositantes Griegos. Para
controlar el pánico, el gobierno Griego crearía un “corralito” como el
Argentino, con el consiguiente caos y malestar. Segundo, el gobierno se verá
obligado a reducir su déficit fiscal desde el 10% del PBI actual, no ya al 5%
que le exige Europa, sino al 0%.
Estos
recortes más drásticos empeorarían la crisis: El consumo, la inversión y el PBI
caerían 30%.
El
gobierno tendría que recurrir a pagarés
para salarios y proveedores (gretacones, como los patacones de
Argentina). Estos gretacones a falta de Euros, se convertirían en la moneda
Griega.
El
poder adquisitivo de los gretacones y por lo tanto de los salarios, caería un
70% por la falta de confianza en el gobierno. Para salvar la situación, el
gobierno griego introduciría un nuevo Dracma. Esto obligaría a que todos los
contratos en Euros pasen a Dracmas. Los ahorros en Euros se devolverían en
Dracmas desvalorizados en un 50 o 70%. Si el Dracma se abarata, también lo
harían las exportaciones y el turismo griegos y esto empezaría la recuperación
económica. Pero si el gobierno no logra reducir el déficit fiscal, seguiría
imprimiendo Dracmas, lo que dispararía la inflación hasta 70, 100% o desembocar
en hiperinflación. Por tanto, el abandono del Euro, concluye Sala y Martin
puede ser beneficioso si se da el primer caso de alentar el turismo, o llevar a
una catástrofe hiperinflacionaria.
Sala
y Martin se pregunta por qué se arriesgan tanto los griegos al rechazar el
ajuste, y responde que es porque saben que si bien los costos para ellos son
graves, lo son más para la Eurozona. Una vez que se diera la señal que el Euro
se puede romper, el pánico y la especulación podrían invadir países como
Portugal, Italia, España e incluso Francia, donde la gente pensaría que les
puede pasar lo que a los Griegos. Eso quebraría bancos, generaría corralitos,
pobreza, emigración y un cataclismo económico sobre Europa y el mundo. De
hecho, el pánico ya empezó y mucha gente demanda ahora dólares para asegurarse,
lo que está haciendo subir el precio del dólar. Ante este panorama, a la
Canciller Alemana Ángela Merkel, no le va quedando más que seguir dando ayuda sin condiciones; el
problema es que esto no puede durar indefinidamente.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)