lunes, 9 de enero de 2012

Keynes tenía Razón

TRIBUNA: PAUL KRUGMAN Keynes tenía razón PAUL KRUGMAN 03/01/2012 "La expansión, no la recesión, es el momento idóneo para la austeridad fiscal". Eso declaraba John Maynard Keynes en 1937, cuando Franklin Delano Roosevelt estaba a punto de darle la razón, al intentar equilibrar el presupuesto demasiado pronto y sumir la economía estadounidense -que había ido recuperándose a ritmo constante hasta ese momento- en una profunda recesión. Recortar el gasto público cuando la economía está deprimida deprime la economía todavía más; la austeridad debe esperar hasta que se haya puesto en marcha una fuerte recuperación. Por desgracia, a finales de 2010 y principios del 2011, los políticos y legisladores en gran parte del mundo occidental creían que eran más listos, que debíamos centrarnos en los déficits, no en los puestos de trabajo, a pesar de que nuestras economías apenas habían empezado a recuperarse de la recesión que siguió a la crisis financiera. Y por actuar de acuerdo con esa creencia antikeynesiana, acabaron dándole la razón a Keynes una vez más. Lógicamente, al reivindicar la economía keynesiana choco con la opinión general. En Washington, en concreto, la mayoría considera que el fracaso del paquete de estímulos de Obama para impulsar el empleo ha demostrado que el gasto público no puede crear puestos de trabajo. Pero aquellos de nosotros que hicimos cálculos, nos percatamos, ya desde el primer momento, de que la Ley de Recuperación y Reinversión de 2009 (más de un tercio de la cual, por cierto, adquirió la relativamente ineficaz forma de recortes de impuestos) se quedaba demasiado corta teniendo en cuenta la gravedad de la recesión. Y también predijimos la violenta reacción política a la que dio lugar. De modo que la verdadera prueba para la economía keynesiana no ha provenido de los tibios esfuerzos del Gobierno federal estadounidense para estimular la economía, que se vieron en buen parte contrarrestados por los recortes a escala estatal y local. En lugar de eso, ha venido de naciones europeas como Grecia e Irlanda que se han visto obligadas a imponer una austeridad fiscal atroz como condición para recibir préstamos de emergencia, y han sufrido recesiones económicas equiparables a la Depresión, con un descenso del PIB real en ambos países de más del 10%. Según la ideología que domina gran parte de nuestra retórica política, esto no debía pasar. En marzo de 2011, el personal republicano del Comité Económico Conjunto del Congreso publicó un informe titulado Gasta menos, debe menos, desarrolla la economía. Se burlaban de las preocupaciones de que un recorte del gasto en tiempos de una recesión empeoraría la recesión, y sostenían que los recortes del gasto mejorarían la confianza del consumidor y de las empresas, y que ello podría perfectamente inducir un crecimiento más rápido, en vez de ralentizarlo. Deberían haber sido más listos, incluso en aquel entonces: los supuestos ejemplos históricos de "austeridad expansionista" que empleaban para justificar su razonamiento ya habían sido rigurosamente desacreditados. Y también estaba el vergonzoso hecho de que mucha gente de la derecha ya había declarado prematuramente, a mediados de 2010, que la de Irlanda era una historia de éxito que demostraba las virtudes de los recortes del gasto, solo para ver cómo se agravaba la recesión irlandesa y se evaporaba cualquier confianza que los inversores pudieran haber sentido. Por cierto que, aunque parezca mentira, este año ha vuelto a suceder lo mismo. Muchos proclamaron que Irlanda había superado el bache, y demostrado que la austeridad funciona (y luego llegaron las cifras, y eran tan deprimentes como antes). Pero la insistencia en recortar inmediatamente el gasto siguió dominando el panorama político, con efectos malignos para la economía estadounidense. Es verdad que no hubo ninguna medida de austeridad nueva digna de mención a escala federal, pero sí hubo mucha austeridad "pasiva" a medida que el estímulo de Obama fue perdiendo fuerza y los Gobiernos estatales y locales con problemas de liquidez siguieron con los recortes. Claro que, se podría argumentar que Grecia e Irlanda no tenían elección en cuanto a imponer la austeridad, o, en cualquier caso, ninguna opción aparte de suspender los pagos de su deuda y abandonar el euro. Pero otra lección que nos ha enseñado 2011 es que Estados Unidos tenía y sigue teniendo elección; puede que Washington esté obsesionado con el déficit, pero los mercados financieros están, en todo caso, indicándonos que deberíamos endeudarnos más. Una vez más, se suponía que esto no debía pasar. Iniciamos 2011 con advertencias funestas sobre una crisis de la deuda al estilo griego que se produciría en cuanto la Reserva Federal dejara de comprar bonos, o las agencias de calificación pusieran fin a nuestra categoría de Triple A, o el superfabuloso comité no consiguiera alcanzar un acuerdo, o algo. Pero la Reserva Federal finalizó su programa de adquisición de bonos en junio; Standard & Poor's rebajó a Estados Unidos en agosto; el supercomité alcanzó un punto muerto en noviembre; y los costes de los préstamos de Estados Unidos no han parado de disminuir. De hecho, a estas alturas, los bonos estadounidenses protegidos de la inflación pagan un interés negativo. Los inversores están dispuestos a pagar a Estados Unidos para que les guarde su dinero. La conclusión es que 2011 ha sido un año en el que nuestra élite política se obsesionó con los déficits a corto plazo que de hecho no son un problema y, de paso, empeoró el verdadero problema: una economía deprimida y un desempleo masivo. La buena noticia, por decirlo así, es que el presidente Barack Obama por fin ha vuelto a luchar contra la austeridad prematura, y parece estar ganando la batalla política. Y es posible que uno de estos años acabemos siguiendo el consejo de Keynes, que sigue siendo tan válido hoy como lo era hace 75 años. © EDICIONES EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 337 8200

miércoles, 7 de diciembre de 2011

CAÑONES O MANTEQUILLA

¿CAÑONES O MANTEQUILLA? Jesús Castillo More Es una de las primeras lecciones de economía del gran maestro Paul Samuelson, donde muestra que toda sociedad dispone de recursos y de un estado de la tecnología, que le permite obtener bienes y servicios, y elegir la combinación óptima, que según sus preferencias, maximice su bienestar económico y social. De esta forma, la sociedad puede optar entre situarse en los extremos de destinar todos sus recursos a producir armamento o en el otro extremo alimentos. Sin embargo, la versatilidad de los recursos permite transformar cañones en mantequilla, retirando capital y trabajo desde la fabricación de cañones a mantequilla o viceversa, logrando una combinación mejor que situarse en los extremos. En Cajamarca, la población ha sido inducida a creer que solamente existen ambos extremos: agua , para la agricultura y ganadería o la explotación minera, que acabaría con la disponibilidad de agua. El agua es un recurso natural que ha sido utilizado como un bien libre, en el sentido que no cuesta producirla, es un regalo de la naturaleza para la agricultura y ganadería. El oro, para su explotación, requiere fuerte inversión proveniente del exterior y pone en peligro la disponibilidad de agua. De aquí surge un conflicto de intereses, cuya raíz está en la propiedad de los recursos : Si los mineros fuesen dueños de las áreas agrícolas y ganaderas, procurarían no contaminarlas demasiado, y si los agricultores fuesen dueños de las concesiones mineras, procurarían sacrificar algo de agua para obtener algo de oro. En este caso, independientemente de quien sea el propietario de toda la zona, la eficiencia económica, requiere una mezcla óptima de oro y agua. Si hubiese solamente dos propietarios, uno de la concesión y otro de los terrenos agrícolas y ganaderos, los costos de lograr un acuerdo serían bajos. El problema se presenta debido a que los propietarios de los terrenos agrícolas y ganaderos son muchos, lo que eleva los costos de lograr acuerdos mutuamente ventajosos. La solución está en lograr un acuerdo previo entre los agricultores y ganaderos dispersos, para que puedan negociar con la minera y llegar a una acuerdo de beneficios mutuos, para lo cual, se requiere que la minera minimice la contaminación mediante el uso de tecnologías limpias, y que los costos sociales que incluyen a los costos privados y los perjuicios sobre los agricultores, sean menores que los beneficios sociales, de modo que el excedente, una vez que cubra los beneficios privados normales, alcance para compensar satisfactoriamente a los perjudicados por la actividad minera. En conclusión, se requiere establecer mecanismos para organizar a los dispersos agricultores y ganaderos afectados por la actividad minera, haciéndoles sentir la conveniencia de aceptar una compensación satisfactoria, establecer mecanismos para obligar a la minera a usar tecnologías limpias que preserven el ambiente, generar beneficios para todos y no solamente para algunos y perjuicios para otros, y finalmente no perder de vista lo que sucederá con la contaminación si se expulsa a la minera y se abre el paso a la minería informal.

martes, 29 de noviembre de 2011

Agua, Oro y Conflicto Social

AGUA, ORO Y CONFLICTO SOCIAL Jesús Castillo More (*) En una conocida obra de teatro, el personaje principal exclama “El oro es una maldición”, enseguida agrega: “Cómo me cayera a mi esa maldición”. Hasta hace pocos años, la región Cajamarca, era apacible, serena y naturalmente bella, donde la población y la naturaleza convivían en una armonía que era el deleite de habitantes y visitantes; donde aparentemente regía el principio de “el que nada tiene contento vive”: sin preocupaciones, sin sobresaltos, con tranquilidad y sin contaminación. Era el tiempo en que los visitantes no nos perdíamos el grato espectáculo del paisaje, del pastorcito solitario, y del llamado de las vaquitas por su nombre. La pobreza era llevadera con el oro bajo tierra. Ahora, debido a la actividad minera, todo está transformado para el bien de unos y malestar de otros, que la evidencia muestra son la mayoría. Es el problema de las externalidades. Una externalidad consiste en que la actividad de alguien, causa perjuicios o beneficios a otros, que no son considerados como costos o beneficios por el causante. Por ejemplo, la instalación de un supermercado en tu barrio puede perjudicarte al congestionar el libre acceso a tu domicilio o puede beneficiarte a través de la revalorización del precio de tu vivienda. Ronald Coase, es un abogado que se especializó en el estudio de este problema y luego se doctoró en economía, logrando el Premio Nobel por el Teorema que lleva su nombre, cuyo enunciado es el siguiente: “Cuando los costos de transacción son reducidos, la asignación de derechos es irrelevante para fines de eficiencia económica”. Para ilustrar su Teorema, Coase utilizó el siguiente ejemplo: “Un dentista instala su consultorio al lado de una panadería establecida hace diez años, a la que no tarda en enjuiciar acusándola de provocar mucho ruido. El juez obviamente da su veredicto a favor de la panadería. Sin embargo, el dentista que gana ocho mil soles al mes en ese lugar, le ofrece dos mil soles mensuales al panadero para que se vaya y éste que gana solo mil al mes acepta irse voluntariamente a otro lugar.” El argumento de Coase es que de esta manera, aunque sea el dentista el perdedor del proceso judicial, será quien se quede, si logra persuadir al panadero con la compensación correspondiente. Es de esta manera, que la asignación de derechos es irrelevante para fines de eficiencia económica, lo que explica que el centro de las ciudades de todo el mundo, esté ocupado por Bancos, Farmacias, Supermercados, que han sabido ofrecer las compensaciones adecuadas a los propietarios de los terrenos, muchos de los cuales tenían un letrerito que decía “no se vende”. Resulta así, que el problema de las externalidades es un problema de sumas y restas, es decir de beneficios y costos, ya no mirados en la perspectiva privada, sino desde el punto de vista social. El hecho es que toda actividad productiva contamina y no por eso hay que prohibirla. Un establo contamina y no por eso se va a dejar de producir leche. Lo que importa es que el beneficio sea mayor que el costo, tanto desde la perspectiva privada, como desde la perspectiva social, donde a los costos privados hay que sumarle los perjuicios sobre otras personas. Si a quienes se perjudica se les ofrece una compensación satisfactoria, el beneficio será mutuo. La labor del gobierno es intervenir para garantizar la minimización de la contaminación, aplicando seriamente las recomendaciones de los estudios de impacto ambiental y exigiendo el uso de tecnologías limpias que minimicen el daño ecológico y las compensaciones correspondientes a los perjudicados por la contaminación, no solo para compensar el perjuicio sino también para participar en los beneficios del proyecto minero. La pregunta de fondo es que pasará en Cajamarca con proyecto o sin proyecto. No sea que se repita la experiencia de otros pueblos que por querer evitar la contaminación cerraron el paso a una empresa que ofrecía tecnologías limpias y compensaciones en empleo y bienestar social, para dar paso a la mayor contaminación de la minería informal sin ninguna compensación y sin ninguna organización, que una vez logrados sus objetivos particulares, te defienda y te vuelva a organizar para defender tus derechos. El ex presidente García cerró y ganó su primera campaña electoral, recitando emotivamente el poema Masa, de César Vallejo. La experiencia mostró al propio García, que hay que estar prevenidos contra las masas dispuestas a seguir irreflexivamente cualquier llamado irracional de un candidato que quiera hacerse grato a la masa, predicando exigencias más allá de las posibilidades y conveniencia del país. La moreleja es lograr acuerdos de beneficios mutuos: reducir los costos de transacción mediante un diálogo sereno e inteligente. (*) jcastillomore@gmail.com

domingo, 27 de noviembre de 2011

Romanticos, Crueles y Aburridos

TRIBUNA: Laboratorio de ideas PAUL KRUGMAN Románticos crueles y aburridos PAUL KRUGMAN 27/11/2011 Hay una palabra que no paro de escuchar últimamente: tecnócrata. A veces se emplea como término para expresar desprecio: los creadores del euro, nos dicen, eran tecnócratas que no tuvieron en cuenta los factores humanos y culturales. A veces es un término de alabanza: los primeros ministros de Grecia e Italia que acaban de tomar posesión son descritos como tecnócratas que no se dejarán influir por la política y harán lo que hay que hacer. Protesto. Conozco a los tecnócratas; a veces hasta pretendo serlo yo mismo. Y estas personas -las personas que intimidaron a Europa para que adoptara una moneda común, las personas que están intimidando a Europa y a EE UU para que impongan la austeridad- no son tecnócratas. Son, más bien, románticos muy poco prácticos. Pero, sin lugar a dudas, son una variedad de románticos especialmente aburridos, que hablan en una prosa pedante en vez de en verso. Y las cosas que exigen en nombre de sus visiones románticas son a menudo crueles, e implican enormes sacrificios para los trabajadores y las familias de a pie. Pero el hecho es que esas visiones están motivadas por sueños sobre cómo deberían ser las cosas en vez de por una fría valoración de cómo están realmente las cosas. Y para salvar la economía mundial tenemos que bajar a esos peligrosos románticos de sus pedestales. Empecemos por la creación del euro. Si piensan que este fue un proyecto impulsado por un minucioso cálculo de los costes y los beneficios, les han informado mal. El hecho es que la marcha de Europa hacia una moneda común fue, desde el principio, un proyecto dudoso según cualquier análisis económico objetivo. Las economías del continente eran demasiado dispares para funcionar sin contratiempos con una política monetaria de talla única, con demasiadas probabilidades de experimentar vaivenes asimétricos en los que algunos países se van a pique mientras que otros van viento en popa. Y, a diferencia de los Estados de EE UU, los países de Europa no eran parte de una nación única con un presupuesto y un mercado laboral unificados y unidos por un lenguaje común. Entonces, ¿por qué insistieron tanto esos tecnócratas en el euro, ignorando muchas advertencias de los economistas? En parte fue el sueño de la unificación europea, que la élite del continente encontraba tan seductor que sus miembros desterraron todas las objeciones prácticas. Y en parte fue un acto de fe económica, la esperanza -motivada por la voluntad de creer, a pesar de las muchas pruebas que demuestran lo contrario- de que todo saldría bien siempre y cuando los países cultivaran las virtudes victorianas de la estabilidad de precios y la prudencia fiscal. Es una pena, pero las cosas no salieron como habían prometido. No obstante, en vez de adaptarse a la realidad, esos supuestos tecnócratas se la jugaron a doble o nada insistiendo, por ejemplo, en que Grecia evitaría la suspensión de pagos mediante una austeridad salvaje, cuando cualquiera que hiciera números sabía que no era así. Permítanme señalar en concreto al Banco Central Europeo (BCE), que se supone que es la institución tecnocrática por excelencia, y que se ha distinguido sobre todo por refugiarse en la fantasía cuando las cosas van mal. El año pasado, por ejemplo, el banco reafirmaba su fe en el hada de la confianza, o sea, la pretensión de que los recortes presupuestarios en una economía deprimida impulsarán de hecho la expansión, al aumentar la confianza de las empresas y los consumidores. Por extraño que parezca, eso no ha sucedido en ninguna parte. Y ahora, con Europa en crisis -una crisis que no puede contenerse a menos que el BCE intervenga para poner fin al círculo vicioso del hundimiento financiero-, sus líderes siguen aferrándose a la idea de que la estabilidad de precios cura todos los males. La semana pasada, Mario Draghi, el nuevo presidente del BCE, declaraba que "anclar las expectativas de inflación" es "la principal aportación que podemos hacer para apoyar el crecimiento sostenible, la creación de puestos de trabajo y la estabilidad financiera". Esta es una afirmación totalmente descabellada en un momento en que la inflación prevista en Europa es, si acaso, demasiado baja, y cuando lo que está trastornando los mercados es el miedo a una catástrofe financiera más o menos inmediata. Y se parece más a una proclamación religiosa que a una valoración tecnocrática. Quiero dejar claro que no pretendo despotricar contra Europa, puesto que nosotros también tenemos a nuestros seudotecnócratas desvirtuando el debate político. En concreto, los grupos de expertos supuestamente no partidistas -el Comité para un Presupuesto Federal Responsable, la Coalición Concord y otros por el estilo- han sabido secuestrar el debate sobre política económica, centrándolo en el déficit en lugar de en los puestos de trabajo. Los verdaderos tecnócratas habrían preguntado por qué tiene esto sentido en un momento en que la tasa de desempleo en EE UU es del 9% y cuando el tipo de interés de la deuda estadounidense es de solo un 2%. Pero, al igual que el BCE, nuestros cascarrabias fiscales tienen su versión de lo que es importante y se ciñen a ella digan lo que digan los datos. ¿Que si estoy contra los tecnócratas? Ni muchísimo menos. Me gustan los tecnócratas, los tecnócratas son amigos míos. Y necesitamos experiencia técnica para enfrentarnos a nuestros males económicos. Pero nuestro discurso se está viendo muy distorsionado por ideólogos e ilusos -románticos crueles y aburridos- que se hacen pasar por tecnócratas. Y ya es hora de bajarles las ínfulas. © EDICIONES EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 337 8200

sábado, 1 de octubre de 2011

El Viaje Mortal de la Eurozona Paul Krugman

TRIBUNA: PAUL KRUGMAN El viaje mortal de la eurozona PAUL KRUGMAN 02/10/2011 Es posible estar aterrorizado y aburrido al mismo tiempo? Así es como me siento respecto a las negociaciones que están teniendo lugar ahora sobre la forma de responder a la crisis económica de Europa, y sospecho que otros observadores comparten este sentimiento. Por una parte, la situación de Europa es realmente, realmente, alarmante: con países que representan un tercio de la economía de la zona euro sometidos ahora a un ataque especulativo, la existencia misma de la moneda única se ve amenazada; y un fracaso del euro podría causar un daño enorme al mundo. Por otro lado, los responsables políticos europeos parecen dispuestos a ofrecer más de lo mismo. Probablemente encontrarán un modo de proporcionar más crédito a los países en apuros, que puede que escapen al desastre inminente, o no. Pero no parecen nada dispuestos a admitir un hecho crucial; concretamente, que sin políticas fiscales y monetarias más expansivas en las economías más fuertes de Europa, todos sus intentos de rescate fracasarán. Esta es la historia hasta la fecha: la introducción del euro en 1999 provocó un enorme incremento de los préstamos a las economías periféricas de Europa, porque los inversores creían (erróneamente) que la moneda compartida hacía que la deuda griega o española fuese igual de segura que la alemana. Contrariamente a lo que se suele oír, este incremento de los préstamos no sirvió en su mayoría para financiar los derroches en el gasto gubernamental; de hecho, España e Irlanda registraban superávits presupuestarios justo antes de la crisis y tenían un grado de endeudamiento bajo. En vez de eso, las entradas de dinero sirvieron principalmente para alimentar un crecimiento enorme del gasto privado, especialmente en vivienda. Pero cuando el boom de los préstamos terminó de golpe, la consecuencia fue una crisis económica y fiscal. Las recesiones salvajes provocaron un descenso de la recaudación fiscal, lo que esquiló los presupuestos, llevándolos a números rojos; mientras tanto, el coste de los rescates bancarios condujo a un aumento repentino de la deuda pública. Y una de las consecuencias fue el derrumbamiento de la confianza de los inversores en los bonos de los países periféricos. ¿Y ahora, qué? La respuesta de Europa ha sido exigir una estricta austeridad fiscal, especialmente unos recortes drásticos en el gasto público, por parte de unos deudores con problemas, ofreciendo, por otro lado, una financiación provisional hasta que se recupere la confianza de los inversores privados. ¿Puede funcionar esta estrategia? No para Grecia, que realmente cometió derroches fiscales durante los años de vacas gordas y debe más de lo que es factible que pueda devolver. Probablemente no para Irlanda y Portugal, que por motivos diferentes tienen también unas pesadas cargas de deuda. Pero con un entorno externo favorable -concretamente, una economía europea en general fuerte, con una inflación moderada- es posible que España, que incluso ahora tiene una deuda relativamente baja, e Italia, que tiene un alto nivel de deuda, pero unos déficits sorprendentemente bajos, puedan salir adelante. Desgraciadamente, los responsables políticos europeos parecen decididos a negar a esos deudores el entorno que necesitan. Mírenlo de esta forma: la demanda privada en los países deudores se ha desplomado con el final del boom financiado por la deuda. Mientras tanto, el gasto del sector público también se está reduciendo drásticamente a causa de los programas de austeridad. Así que, ¿de dónde se supone que van a llegar el empleo y el crecimiento? La respuesta tiene que estar en las exportaciones, principalmente a otros países europeos. Pero las exportaciones no pueden crecer mucho si los países acreedores también ponen en práctica políticas de austeridad, lo cual es bastante posible que lleve a Europa en su conjunto a una nueva recesión. Además, los países deudores tienen que rebajar los precios y los costes respecto a los países acreedores como Alemania, lo cual no sería demasiado difícil si Alemania tuviese una inflación del 3% o del 4%, lo que permitiría a los deudores ganar terreno simplemente teniendo una inflación baja o nula. Pero el Banco Central Europeo tiene un sesgo deflacionista; cometió un terrible error subiendo los tipos de interés en 2008 justo cuando la crisis financiera cobraba fuerza y ha demostrado que no ha aprendido nada al repetir ese error este año. En consecuencia, el mercado prevé ahora una inflación muy baja en Alemania -alrededor del 1% durante los próximos cinco años-, lo que conlleva una deflación considerable en los países deudores. Esto agravará sus crisis y aumentará la carga real de sus deudas, prácticamente garantizando el fracaso de todos los esfuerzos de rescate. Y no veo el más mínimo indicio de que las élites políticas europeas estén dispuestas a replantearse su dogma de la moneda fuerte y la austeridad. Puede que una parte del problema sea que esas élites políticas tienen una memoria histórica selectiva. Les encanta hablar de la inflación alemana de principios de los años veinte (una historia que resulta que no tiene nada que ver con nuestra situación actual). Pero casi nunca hablan de un ejemplo mucho más pertinente: las políticas de Heinrich Bruening, el canciller de Alemania entre 1930 y 1932, cuya insistencia en equilibrar los presupuestos y mantener el patrón oro hizo que la Gran Depresión fuese aún peor en Alemania que en el resto de Europa (y sentó las bases de lo que ustedes ya saben). Bueno, yo no espero que algo tan terrible ocurra en la Europa del siglo XXI. Pero hay una distancia muy grande entre lo que el euro necesita para sobrevivir y lo que los dirigentes europeos están dispuestos a hacer o, incluso, a considerar. Y dada esa distancia, es difícil encontrar motivos para el optimismo. © EDICIONES EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 337 8200

domingo, 25 de septiembre de 2011

Un Desastre Impecable, Paul Krugman

UN DESASTRE IMPECABLE Por Paul Krugman: El jueves, Jean-Claude Trichet, el presidente del Banco Central Europeo -el equivalente europeo a Ben Bernanke- perdió su sangre fría. En respuesta a una pregunta sobre si el BCE se está convirtiendo en un "banco malo" gracias a su compra de deuda de países con problemas, Trichet, levantando la voz, insistió en que su institución ha actuado de manera "¡impecable, impecable!" como guardiana de la estabilidad de los precios. Desde luego que lo ha hecho. Y por eso es por lo que el euro corre ahora el riesgo de hundirse. La agitación financiera en Europa ya no es un problema de las pequeñas economías periféricas como la de Grecia. Lo que está en marcha ahora mismo es un ataque a gran escala de los mercados contra las economías mucho más grandes de España e Italia. En este momento, los países en crisis representan alrededor de un tercio del PIB de la eurozona, así que la propia moneda común europea está bajo una amenaza existencial. Y todos los indicios apuntan a que los dirigentes europeos no están siquiera dispuestos a reconocer la naturaleza de esa amenaza, por no hablar ya de hacerle frente de manera efectiva. Me he quejado mucho de la "fiscalización" del discurso económico aquí en Estados Unidos, el modo en que la atención prematura a los déficits presupuestarios desvió la atención de Washington del actual desastre del empleo. Pero no somos únicos en ese sentido y, de hecho, los europeos han sido mucho, mucho peores. Escuchen a muchos dirigentes europeos -especialmente, aunque no sean ni mucho menos los únicos, los alemanes- y pensarán que los problemas de su continente son una simple fábula sobre la deuda y el castigo: los Gobiernos se endeudaron demasiado, ahora están pagando el precio y la austeridad fiscal es la única respuesta. Sin embargo, esta historia es válida, en todo caso, para Grecia y nadie más. España en concreto tenía superávit presupuestario y una deuda baja antes de la crisis financiera de 2008; se podría decir que su historial fiscal era impecable. Y aunque fue golpeada duramente por el fin de su boom inmobiliario, sigue siendo un país con una deuda relativamente baja y resulta difícil defender el argumento de que la situación fiscal subyacente del Gobierno de España sea peor que la de, por ejemplo, el Gobierno británico. Entonces, ¿por qué tiene España -junto con Italia, que tiene una deuda más alta pero déficits más bajos- tantos problemas? La respuesta es que estos países se enfrentan a algo muy parecido a una espantada masiva bancaria, excepto por el hecho de que la retirada masiva de fondos afecta a los Gobiernos, en vez de -o más exactamente así como a- a sus instituciones financieras. Así es como funciona dicha retirada masiva: los inversores, por la razón que sea, tienen miedo de que un país no sea capaz de pagar sus deudas. Esto hace que no estén dispuestos a comprar los bonos del país o, al menos, no salvo que se les ofrezca un tipo de interés muy alto. Y el hecho de que el país deba refinanciar su deuda a tipos de interés altos empeora sus perspectivas fiscales, lo que hace el impago más probable, de modo que la crisis de confianza se convierte en una profecía que acaba cumpliéndose. Y a medida que esto sucede, se convierte también en una crisis bancaria, puesto que los bancos de un país suelen invertir grandes cantidades en deuda pública. Ahora bien, un país con su propia moneda, como Reino Unido, puede eludir este proceso: si es necesario, el Banco de Inglaterra puede intervenir para comprar deuda gubernamental con dinero recién creado. Esto podría conducir a la inflación (aunque incluso eso es improbable cuando la economía está deprimida); pero la inflación plantea una amenaza mucho menor para los inversores que una suspensión de pagos total. España e Italia, sin embargo, han adoptado el euro y ya no tienen sus propias monedas. Como consecuencia, la amenaza de una crisis autocumplida es muy real (y los intereses sobre la deuda española e italiana son más del doble que los de la deuda británica). Y eso nos lleva de nuevo al impecable BCE. Lo que Trichet y sus compañeros deberían estar haciendo ahora mismo es comprar deuda española e italiana; es decir, hacer lo que estos países estarían haciendo por sí mismos si todavía tuviesen sus propias monedas. De hecho, el BCE empezó a hacer exactamente eso hace unas semanas y les dio un respiro temporal. Pero el BCE se vio inmediatamente bajo la extrema presión de los moralizadores, que odian la idea de permitir que los países se libren del castigo por sus supuestos pecados fiscales. Y la percepción de que los moralizadores bloquearán cualquier acción futura de rescate ha desencadenado un nuevo pánico en los mercados. Al problema se suma la obsesión del BCE por mantener su "impecable" historial en relación con la estabilidad de los precios: en un momento en el que Europa necesita desesperadamente una recuperación sólida, y una inflación moderada sería realmente de ayuda, el banco ha estado restringiendo el dinero en lugar de hacer lo contrario, tratando de evitar un riesgo de inflación que solo existe en su imaginación. Y ahora la situación está llegando a un punto crítico. No estamos hablando de una crisis que tendrá lugar a lo largo de un año o dos; esto podría venirse abajo en cuestión de días. Y si lo hace, el mundo entero sufrirá. Así que, ¿hará el BCE lo que hay que hacer, que es prestar sin restricciones y rebajar los tipos? ¿O seguirán los dirigentes europeos demasiado centrados en castigar a los deudores para salvarse a sí mismos? El mundo entero está observando.

lunes, 8 de agosto de 2011

Carta Abierta al Presidente Humala

CARTA ABIERTA AL PRESIDENTE HUMALA

Waldo Mendoza Bellido
Jefe del Departamento de Economía de la PUCP

Presidente, sus retos son más complejos que los que encontró Garcia en 2006. El García converso se presentó claramente como de derecha, por lo que su relación con Wall Street fue amorosa; la economía ya había alcanzado velocidad de crucero- 8 por ciento de crecimiento en julio de ese año-, y él no se había comprometido a grandes políticas contra la desigualdad. Usted, en cambio, con un programa de centro izquierda, tiene que lidiar con Wall Street, encuentra una economía al borde de la recesión y está obligado a cumplir con el electorado.

Las vacaciones de García

Dado el punto de partida, García pudo tomarse un descanso de 5 años sin hacer prácticamente nada. Su método consistió en replicar lo que había hecho Toledo. La política monetaria es la misma que nació en 2002; la política fiscal, salvo fallas humanas del ministro Benavides, es un calco de la de Toledo; los nuevos Tratados de Libre Comercio son simples adendas a los que ya se había hecho con los Estados Unidos.


García tuvo además muy buena suerte. Durante su gobierno, el precio mundial de las exportaciones se elevó en casi 60 por ciento. El crecimiento heredado de Toledo y los altos precios de los minerales le permitieron a Garcia contar con más recursos fiscales que cualquier otro presidente. La recaudación subió en más S/. 35 000 millones en los últimos 5 años. Con estos recursos caídos del cielo, Garcia hizo un montón de obras que las mostró como prueba inobjetable de su éxito.

El tema de la confianza

Para no interrumpir el crecimiento económico, se dice que bastaría que usted genere “confianza” entre los agentes económicos. Dar confianza implica, en nuestro Wall Street cholo, que usted garantice que nada va a cambiar, que todo va a seguir igual.
La tesis de la confianza parece explicar el nombramiento de los titulares del Ministerio de Economia y Finanzas y del Banco Central de Reserva (BCRP), desde donde se decide el 90 por ciento de la política económica. Según usted, sin embargo, eso tiene remedio, pues usted es quien “pone la receta en el Gobierno”. Quiero creerle.

La amenaza de la recesión

Usted encontrará una economía amenazada por la recesión. Según los indicadores desestacionalizados del BCRP, los dos sectores que generan más empleo, la industria y la construcción, están en franca caída. El PBI de la manufactura no primaria ha descendido en el segundo trimestre de este año y el PBI del sector construcción, medido por el consumo interno de cemento, ha caído durante los dos primeros trimestres de este año









Esta amenaza de recesión se presenta en un contexto muy especial. En primer lugar, la actual situación de la economía mundial es grave. En segundo lugar, según las encuestas recientes del BCRP, las expectativas del sector privado (sobre las ventas, la demanda, la contratación de mano de obra), lucen cada vez más deprimentes. Por último, el ritmo anual de crecimiento del crédito total al sector privado ha empezado a caer en junio, debido a la política monetaria restrictiva del BCRP.

La lucha contra la desigualdad

El camino para reducir la desigualdad es más o menos claro. Hay que elevar por lo menos en un par de puntos porcentuales la presión tributaria e inyectar parte de esos recursos allí donde se necesite. (Su Ministro Castilla ha anunciado que la presión tributaria de 2016 alcanzará el 20 por ciento del PBI. ¿Está hablando en serio?).


Existen sobradas razones para que el principal aporte de los dos puntos de presión tributaria venga de la minería. Existen sobradas razones también para hacer una reforma de la política social que actualmente está en manos de los que no tienen ni poder ni calificación. Hay que darle a la política social poder y calificación.


¿Quién está a cargo de la política social? Todos, o sea, nadie. ¿Quién podría encargarse? Me parece que el MEF.


Uno, porque en el MEF está la gente más calificada y estable. Dos, porque es el MEF quien asigna el presupuesto. Tres, en Chile, el SNIP y los programas sociales están concentrados en el MIDEPLAN, y funciona muy bien. Cuatro, el Presidente tendría un solo un interlocutor, el Ministro de Economía, a quien cortará el cuello si la política fracasa.


En términos prácticos, un Vice Ministerio en Asuntos Sociales sería suficiente para poner en práctica estas políticas. No tiene sentido crear un nuevo Ministerio, por costoso e innecesario. El costo de armar un nuevo ministerio puede tener 100 mejores usos alternativos

En resumen

Usted tiene el reto de corto plazo de recuperar el ritmo de crecimiento económico de los últimos años y, además, reducir la desigualdad. En estos días, deberá dictar las políticas apropiadas para alejar la amenaza de la recesión. No se le vaya a ocurrir aplicar la receta de un conjunto grande de despistados para quienes basta con restaurar la confianza.


Al mismo tiempo, la receta deberá contener las políticas que inauguren un estilo de gobierno en el que el candidato cumple, por primera vez en la historia contemporánea, con las promesas electorales.

Suerte, presidente.