lunes, 7 de febrero de 2011

¿Quien sana el saneamiento?

¿Quién sana el saneamiento?

Jesús Castillo More

• A diferencia del servicio de los semáforos, donde ningún empresario privado los ofrece porque no tiene como cobrar; y los usuarios no están dispuestos a pagar, debido a que esperan que sean los otros beneficiaros los que paguen, y el mercado fracasa por falta de oferta y de demanda, convirtiendo a los semáforos en un servicio público que tiene que ser ofrecido por el estado; en el caso del servicio de agua y alcantarillado, si se puede cobrar porque es posible excluir a quien se le da el servicio, garantizando una oferta de agua y los usuarios están dispuestos a pagar porque saben que si no pagan no tendrán el servicio, garantizando una demanda, es decir generando un mercado con un precio y cantidad de equilibrio.
• Queda claro entonces que el servicio de agua y alcantarillado es un servicio estrictamente privado, que sin embargo se considera preferente o meritorio porque la sociedad considera bueno que todos lo tengamos: la demanda social es mayor que la demanda privada sustentada en la capacidad de pago y se justifica un subsidio que aumente la oferta y baje el precio en las zonas de menor poder adquisitivo.
• La administración de un servicio privado por parte del estado, llámese municipio o gobierno regional, es ineficiente, porque la eficiencia se basa en premios y castigos, ganancias y pérdidas, palos y zanahorias que inducen a un manejo eficiente, y muchas veces la administración estatal descuida este aspecto, convirtiendo a la empresa pública en fuente de empleo para sus allegados, donde los empleos y sueldos quedan fijos independientemente de los resultados, sin incentivos ni sanciones para buscar mejoras. Esta es la razón por la que hace tiempo, un distinguido economista llegó a decir que hacer eficiente una empresa estatal es como pretender hacer ladrar a un gato.
• En el caso del servicio de agua y alcantarillado, este es un monopolio natural, donde basta una sola empresa para ofrecer el servicio a toda la ciudad, tiene costos medios decrecientes por debajo del costo adicional del servicio y necesariamente debe ser regulado y vigilado por la autoridad, bajo la supervisión y asesoría de Sunass, para que ofrezca un buen servicio a la comunidad.
• Es de esta forma, como varias ciudades han resuelto el problema, concediendo el servicio a una empresa que previa licitación internacional, demuestre que está en condiciones de realizar las inversiones necesarias y demostrar eficiencia en la provisión de un servicio satisfactorio, sin aprovechar de su poder monopólico. Esta es la tarea del municipio o del gobierno regional: Convocar a una licitación internacional, fijar las reglas del juego y permanecer vigilante para que la ciudad tenga un servicio que beneficie a todos, con tarifas reguladas, inversión para ofrecer servicio a toda la comunidad con el apoyo de las autoridades distritales y regionales, sin desperdicio de agua y sin desabastecimiento.

Sequía, Inundaciones y Alimentos, Paul Krugman

Droughts, Floods and Food
By PAUL KRUGMAN
We’re in the midst of a global food crisis — the second in three years. World food prices hit a record in January, driven by huge increases in the prices of wheat, corn, sugar and oils. These soaring prices have had only a modest effect on U.S. inflation, which is still low by historical standards, but they’re having a brutal impact on the world’s poor, who spend much if not most of their income on basic foodstuffs.

Fred R. Conrad/The New York Times
Paul Krugman
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Blog: The Conscience of a Liberal
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The consequences of this food crisis go far beyond economics. After all, the big question about uprisings against corrupt and oppressive regimes in the Middle East isn’t so much why they’re happening as why they’re happening now. And there’s little question that sky-high food prices have been an important trigger for popular rage.
So what’s behind the price spike? American right-wingers (and the Chinese) blame easy-money policies at the Federal Reserve, with at least one commentator declaring that there is “blood on Bernanke’s hands.” Meanwhile, President Nicolas Sarkozy of France blames speculators, accusing them of “extortion and pillaging.”
But the evidence tells a different, much more ominous story. While several factors have contributed to soaring food prices, what really stands out is the extent to which severe weather events have disrupted agricultural production. And these severe weather events are exactly the kind of thing we’d expect to see as rising concentrations of greenhouse gases change our climate — which means that the current food price surge may be just the beginning.
Now, to some extent soaring food prices are part of a general commodity boom: the prices of many raw materials, running the gamut from aluminum to zinc, have been rising rapidly since early 2009, mainly thanks to rapid industrial growth in emerging markets.
But the link between industrial growth and demand is a lot clearer for, say, copper than it is for food. Except in very poor countries, rising incomes don’t have much effect on how much people eat.
It’s true that growth in emerging nations like China leads to rising meat consumption, and hence rising demand for animal feed. It’s also true that agricultural raw materials, especially cotton, compete for land and other resources with food crops — as does the subsidized production of ethanol, which consumes a lot of corn. So both economic growth and bad energy policy have played some role in the food price surge.
Still, food prices lagged behind the prices of other commodities until last summer. Then the weather struck.
Consider the case of wheat, whose price has almost doubled since the summer. The immediate cause of the wheat price spike is obvious: world production is down sharply. The bulk of that production decline, according to U.S. Department of Agriculture data, reflects a sharp plunge in the former Soviet Union. And we know what that’s about: a record heat wave and drought, which pushed Moscow temperatures above 100 degrees for the first time ever.
The Russian heat wave was only one of many recent extreme weather events, from dry weather in Brazil to biblical-proportion flooding in Australia, that have damaged world food production.
The question then becomes, what’s behind all this extreme weather?
To some extent we’re seeing the results of a natural phenomenon, La Niña — a periodic event in which water in the equatorial Pacific becomes cooler than normal. And La Niña events have historically been associated with global food crises, including the crisis of 2007-8.
But that’s not the whole story. Don’t let the snow fool you: globally, 2010 was tied with 2005 for warmest year on record, even though we were at a solar minimum and La Niña was a cooling factor in the second half of the year. Temperature records were set not just in Russia but in no fewer than 19 countries, covering a fifth of the world’s land area. And both droughts and floods are natural consequences of a warming world: droughts because it’s hotter, floods because warm oceans release more water vapor.
As always, you can’t attribute any one weather event to greenhouse gases. But the pattern we’re seeing, with extreme highs and extreme weather in general becoming much more common, is just what you’d expect from climate change.
The usual suspects will, of course, go wild over suggestions that global warming has something to do with the food crisis; those who insist that Ben Bernanke has blood on his hands tend to be more or less the same people who insist that the scientific consensus on climate reflects a vast leftist conspiracy.
But the evidence does, in fact, suggest that what we’re getting now is a first taste of the disruption, economic and political, that we’ll face in a warming world. And given our failure to act on greenhouse gases, there will be much more, and much worse, to come.
A version of this op-ed appeared in print on February 7, 2011, on page A23 of the New York edition.

domingo, 23 de enero de 2011

Imaginemos una Región Mejor

IMAGINEMOS UNA REGION MEJOR

Por: Jesús Castillo More (*)

En su artículo “Imaginemos un Perú Mejor”, Francisco Sagasti se refiere a la diferencia entre los ilusos y los optimistas, que estriba en que los ilusos confunden sus deseos con la realidad y creen que basta enunciarlos para que se cumplan, mientras que los optimistas aceptan la realidad tal como es, pero no como una restricción para lo que pueda ser.
El desarrollo regional debemos enfocarlo bajo la óptica optimista, lo que implica empezar con un diagnóstico económico y social (¿Cómo estamos?) de nuestra realidad, para fijarnos objetivos de corto, mediano y largo plazo (¿Dónde queremos llegar?), dados los recursos y alternativas disponibles. No podemos repetir el error de quedarnos en lineamientos destinados a los anaqueles, se necesita decisiones y acciones, basadas en las herramientas que nos brindan la planificación estratégica y el presupuesto por resultados, y en la capacidad ejecutiva de quienes tienen a cargo el gobierno regional.
Los proyectos a emprender para el desarrollo regional son públicos y privados, lo que no impide que ambos puedan evaluarse desde el punto de vista de su rentabilidad o conveniencia social, incluyendo su impacto ambiental.
La innovación tecnológica es el aprendizaje continuo y acumulativo para incrementar la productividad y la competitividad interna y externa.
Al analizar este aspecto, no estamos hablando solamente de innovación de productos y de procesos (o de tecnologías duras), sino también de la innovación de gestión y organización (tecnologías blandas) incluyendo la comercialización, considerando al empresario no como único sujeto de la innovación sino también a los trabajadores. En tanto la innovación tecnológica implica la introducción de nuevos productos y procesos, no es tan solo un problema de máquinas, sino también de gestión y organización. Una forma de entender la innovación es que representa un cambio de cómo la gente trabaja y se organiza para producir bienes y servicios.
Este proceso de innovación ha generado una considerable brecha tecnológica o una permanente dicotomía en la economía latinoamericana en general y específicamente en el Perú. Esta dicotomía de la agricultura contrapone a sectores modernos con otros atrasados.
Por una parte, agricultores altamente competitivos, articulados a sistemas productivos dinámicos e insertos en los mercados internacionales y que están incrementando su productividad, competitividad y participación en los negocios. Por otra parte, un conjunto de agricultores que van quedando marginados de este proceso y que enfrentan severos problemas de descapitalización.
En esta brecha tecnológica influyen dos tipos de factores:
a) Macroeconómicos: factores no controlables por el agricultor individual: Política Arancelaria, Tipo de Cambio, Tasa de Interés, otros.
b) Microeconómicos: factores modificables por el agricultor tales como uso de factores de producción, factores de gestión, factores de comunicación.
Más que en ventajas comparativas simples, basadas en materias primas o producción de bananas o limones, la competencia internacional de la agricultura va a estar basada en la capacidad de la agroindustria para introducir conocimiento y requerimientos de los mercados a sus productos. También en la voluntad y capacidad de los productores para organizarse y capturar economías de escala. La innovación tecnológica, así como el reenfoque de la educación y capacitación agropecuaria, serán determinantes más importantes que los aspectos arancelarios, en la mayor productividad y competitividad.
Al referirse a los mercados de exportación, hay que enfatizar la gestión de mercados y agregación de valor para lo cual es necesario pensar en nuevos productos, nutracéuticos y alimentos funcionales, en la diferenciación de productos y en el condicionamiento tecnológico que abarca la mecanización y automatización con la consiguiente disminución del empleo y aumento de la productividad. Además hay que considerar el impacto de la biotecnología a través de la Genómica Funcional y la Ingeniería Genética. Finalmente la importancia de las Alianzas Estratégicas para palanquear proyectos de desarrollo agrícola.
Las nuevas inversiones requieren del apoyo institucional tanto público como privado. El sector público puede ayudar a través de instrumentos de fomento productivo, estudios de mercado, fomento de exportaciones y fomento de innovación. El sector privado lo puede hacer a través del desarrollo de la agricultura de contrato relacionado con el poder de compra, asistencia técnica y financiamiento además de apoyo a la innovación. Los plazos de la innovación serían de riego tecnificado en el corto plazo, capacitación en el mediano plazo y biotecnología en el largo plazo.
Las consideraciones anteriores nos obligan a preguntarnos si es realmente la agricultura el camino hacia el desarrollo, porque como dice Alvin Toffler, la pregunta correcta suele ser más importante que la respuesta correcta a la pregunta equivocada.
Al tener dimensiones técnicas, políticas y sociales, la descentralización es ante todo una Opción Estratégica dirigida a maximizar el desarrollo nacional en las dimensiones territorial, económica y social.
El proceso de descentralización no se agota con la transferencia de atribuciones y responsabilidades a organizaciones e instituciones subnacionales para que éstas ejecuten y administren servicios.
En primer lugar, un gobierno local debe tener facultad y capacidad de formular políticas, planes y orientaciones programáticas para la acción.
Un segundo elemento es la gestión propiamente tal. La traducción de los lineamientos programáticos en acciones, inversiones, incentivos a la inversión privada, programas, proyectos, reglamentos y otros requiere de ciertas capacidades críticas: La de formular y desarrollar estudios, diagnósticos, planes de trabajo, presupuestos, proyectos evaluados, análisis de impacto ambiental y otros; la de informar y seguir el trabajo de gobierno; la de coordinar el accionar local con otras agencias, la comunidad, reparticiones y niveles de gobierno; las de ejecución; las de monitoreo y seguimiento, y las de comunicación.
Un Banco de Proyectos que modifique la unidad presupuestal desde partida hacia proyecto puede ser crucial.
La tercera dimensión de un gobierno regional radica en la gobernabilidad, por lo que se entiende las modalidades de relación que se establecen entre el gobierno local y los gobernados, entre las autoridades y la ciudadanía. Esta apunta, al estilo de gobierno, a la forma de llevar adelante la acción y por ello se trata de una dimensión claramente política en donde la relación esperada es la del gobernante hacia la ciudadanía y viceversa sin interferencias de intereses subalternos.

(*) Profesor de la UDL

martes, 11 de enero de 2011

Los trece del Gallo

LOS TRECE DEL GALLO
Por: Jesús Castillo More (*)
Según cuenta la historia, a fines de 1526, Francisco Pizarro intentó persuadir a sus desanimados expedicionarios, a persistir en la conquista del Perú. Para ello, con su espada trazó una línea sobre la arena: “Por este lado se retorna a Panamá a ser pobres, por este otro se va al Perú a ser ricos; escoja el que fuera buen Castellano, lo que más bien le estuviere”. Solamente trece lo siguieron.
Pizarro y los 13, tuvieron que esperar en la isla del Gallo cinco meses por refuerzos, los cuales llegaron de Panamá enviados por Diego de Almagro y Hernando de Luque, al mando de Bartolomé Ruiz. Ese mismo día, Pizarro ordenó zarpar hacia el sur.
Coincidentemente, trece candidatos disputarán la Presidencia de la República del Perú, en las próximas elecciones generales. La diferencia está en que cada uno de ellos trazará su línea para que seamos los peruanos los que decidamos que rumbo seguir, ya no para enriquecernos conquistando a otro pueblo, sino para vivir en paz con seguridad ciudadana, prosperidad y libertad.
Para elegir a quien seguir, quienes no estamos interesados más que en el bienestar general de nuestro país, y de sus futuras generaciones, debemos examinar hacia donde quieren conducirnos los candidatos, evaluando sus respectivos programas de gobierno y perspectivas, equipos técnicos con que cuentan, ideología, coherencia en sus propuestas.
Los trece candidatos declaran ser de centro, para no asustar a los electores con extremismos de derecha o de izquierda, aunque algunos reconocen un sesgo de centro derecha y otros de centro izquierda. Con esto, las líneas trazadas sobre el piso por los candidatos para elegir qué rumbo seguir, aparentemente no difieren mucho, con lo que se infiere que no es necesario tanto candidato. Aquí está la diferencia entre partido que aglutina ideología y doctrinas y grupo político que las dispersa. Esto también explica por qué en otros países donde no hay grandes partidos, los grupos políticos se asocian en dos grandes bandos para permitir al elector una mayor claridad en su elección.
Para elegir a cuál de los trece candidatos seguir, a los electores independientes no nos queda otro camino que simplificar la lista, agrupando a los trece en dos o tres bandos y luego depurar la lista descartando en cada bando a quienes no consideramos conveniente o no le vemos posibilidades, para tener una mejor visión de las alternativas entre las cuales decidir, dadas sus propuestas para abordar los temas de educación, salud, empleo, seguridad ciudadana, infraestructura, agua, electricidad, inflación, comercio exterior, crecimiento y desarrollo económico y sobre todo libertad, que es el don más preciado por el ser humano, que está muy por encima de las promesas incumplidas de las dictaduras, que muchas veces surgen por la incompetencia de los (mal) elegidos.
Al final, cada pueblo o institución, tiene el gobierno que se merece.
(*) Profesor de la UDL

sábado, 25 de diciembre de 2010

DECISIONES DE AÑO NUEVO
Jesús Castillo More
Al inicio de un nuevo año, siempre es bueno hacer un balance y autocrítica del año que termina, para tomar decisiones que enrumben nuestras acciones hacia una mejora personal en el año que empieza.
La navidad nos enseña que una de las primeras decisiones es perdonar a quienes nos ofendieron gratuitamente y enseguida pedir perdón a quienes ofendimos. De esta manera liberamos nuestro espíritu de un lastre innecesario. El fin de una enemistad es un bien mágico que permite reemplazar miradas y actitudes despectivas por sonrisas y buen trato, lo que significa que ambas partes ganan. La enemistad es una enfermedad cuya cura depende de ti.
Asimismo, el conocimiento es un bien mágico que crece cuando se comparte, lo que ha permitido que millones de personas tengan acceso gratuito a través de internet, a información que antes estaba disponible solamente a los que pagaban por ella. Difunde la información que consideres valiosa para sus destinatarios.
Una segunda decisión consiste en fijarse metas a alcanzar y proponerse lograrlas. Estas metas van desde aquellas muy sencillas hasta otras más complicadas pero que están sujetas a la fuerza de voluntad. Por ejemplo, hacer ejercicio para bajar de peso, mantener ordenado el escritorio, aprender un idioma, aprobar un curso, elegir que carrera seguir y en que universidad. Desempeñar honestamente tu trabajo y ser un profesional que se comporte como tal evitando la disonancia entre lo que dices que eres y lo que haces.
En el aspecto familiar, a los padres les corresponde tomar decisiones de año nuevo respecto a los hijos y a los hijos respecto a los padres. También la familia tomará decisiones respecto al empleo, presupuesto de ingresos y gastos, de modo de evitar endeudamiento innecesario. La preservación de la armonía matrimonial requiere reconocer que el matrimonio es un proyecto para toda la vida, donde ambas partes se comprometieron ante un altar a sacar adelante a una familia, que es un proyecto no pecuniario basado en el amor y no en la plata, donde como en todo proyecto hay costos y beneficios, pero donde lo importante es que al final los beneficios serán superiores a los costos debido precisamente a la capacidad de perdón en dos seres que libremente decidieron formar un hogar para vivir juntos y criar hijos lo más felices posible.
El año que viene nos enfrenta a tener que elegir un nuevo gobierno que tenga capacidad de terminar con la falta de seguridad ciudadana, la corrupción, mejorar el bienestar general de la población mediante educación y salud de calidad que forme capital humano para dar continuidad al crecimiento económico y hacer política económica para aumentar las capacidades de las personas y enrumbar al país hacia el desarrollo económico. Veamos entonces cual es la mejor alternativa y decidamos responsablemente.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Un Niño en la Noche

Un niño en la noche

De pronto vuelvo a mirar el pesebre de mi casa, lo miro como un extraterrestre podría haber mirado esa noche, hace dos mil años, al recién nacido, perplejo al darse cuenta de que el Dios de este hermoso y extraño planeta era un niño. Un niño, sí, un niño. Por pocos pero decisivos años (los más cruciales de cualquier hombre) Dios fue un niño.
¿Y qué hizo y qué sintió ese Dios en la piel de un niño? En sus primeros meses habrá llorado, buscado con sed de mamífero la leche materna, habrá despertado y desvelado a sus padres en las noches. Esa criatura primero no fijó los ojos, luego comenzó a mirar. Y en algún momento rió. ¿Cómo habrá sido la primera sonrisa de este niño-Dios? ¿Tuvo pataletas? ¿Cuál fue la primera canción que aprendió y balbuceó? ¿Jugaba como todos los niños? ¿Hacía esas maldades necesarias que nos hacen ser niños de verdad? Sí, porque era un niño, no un ángel. ¿Cómo dio sus primeros pasos? ¿Quiénes estaban ahí? ¿Se enfermó? Su madre habrá sufrido como todas las madres al verlo abrasado por alguna fiebre de invierno. Le habrá rezado a Dios por él, por su niño expuesto a la intemperie del mundo, como todos los hombres que han nacido en esta tierra. Este niño tuvo uno, dos años. La edad gloriosa. Los primeros balbuceos, las primeras palabras aprendidas con asombro, con sensación de milagro por los sonidos que dicen el mundo. Él, del que se diría más tarde "el Verbo que se hizo carne", él también tuvo que aprender las primeras palabras, repetir con gozo sus primeras rimas. ¿Qué dijeron de él los rabís, sus maestros, cómo enfrentaron su hiperkinesia divina? ¿O creen ustedes que Dios no saltó, no jugó, no bailó cuando fue niño? Yo sospecho de las verdades que no se bailan, de las verdades cansadas y pétreas enunciadas por adultos que mataron al niño que fueron. Por eso creo más en la verdad de "El principito" o en la del pequeño niño que jugaba en el jardín del "Príncipe egoísta" de Wilde que en la de cualquier doctor o administrador solemne de "La Verdad" (así, con pretenciosas mayúsculas).
En la India, Krishna también fue un niño travieso, un bailarín, un Dios que tocaba la flauta y les robaba las ropas a las muchachas que se bañaban en los ríos. Las travesuras de Krishna son deliciosas. Sabemos, en cambio, muy poco de la infancia de Jesús. Los Evangelios son parcos en este punto. Los niños en esos tiempos prácticamente no existían. Tendría que ser el mismo Jesús el que los colocara por primera vez en primer plano, como protagonistas, cuando dijo "dejad que los niños vengan a mí". Nadie nos ha contado la infancia del Dios hecho hombre en esta tierra. Pero habrá jugado y reído mucho, habrá perseguido al viento y a las hojas, les habrá tirado la cola a los gatos, habrá sentido celos y miedo en las noches, habrá llorado alguna vez de impotencia, como casi todos los niños del mundo. ¿Habrá visto ángeles en las copas de los árboles como los vería el niño y después gran poeta William Blake? ¿Qué historia del Antiguo Testamento habrá encendido más su imaginación todavía virgen: la de Jonás tragado por una ballena o la de David derrotando al gigante Goliat con la piedra de su honda? ¿Tuvo la conciencia de ser Dios desde pequeño, o simplemente fue un niño que abrazó la existencia con toda inocencia y espontaneidad, lanzado a lo abierto? Imagino al niño Jesús caminando solo por algún camino polvoriento sin que sus padres se percataran, distraído, subiendo por un cerro, a punto de caerse a un pozo. Unos milímetros lo separan del abismo. ¿Qué hubiera sucedido si ese niño -como millones de niños curiosos de la historia- hubiera muerto en un absurdo accidente en medio del desierto? ¡Qué frágil fue la encarnación de Dios en la Tierra, qué precaria, delicada y azarosa como lo es la infancia!
Por eso me sorprende que el Dios que celebramos sea un niño, tan tierno como un jilguero, y frágil como el rocío. Y a veces cierro los ojos y lo siento en la noche llorar, llorar muy hondo, como llora en la noche un niño perdido.

martes, 7 de diciembre de 2010

Discurso Nobel Mario Vargas Llosa

© FUNDACIÓN NOBEL 2010 Se concede permiso general para la publicación
en periódicos en cualquier lengua desde el 7 de
diciembre de 2010, a las 17:30 (hora sueca).
La publicación en revistas o libros requiere,
a no ser que se trate de versiones resumidas,
el consentimiento de la Fundación.
En todas las publicaciones de la conferencia
en su totalidad o en su mayor parte es obligatoria
la aparición del copyright subrayado arriba.
Mario Vargas Llosa: Elegio de la lectura y la ficción
Discurso Nobel
7 diciembre de 2010
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Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.
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Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la
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sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
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En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.
De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.
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De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.
Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y
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los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con
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toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.
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Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.
Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón,
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en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.
El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme
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libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La
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escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
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Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.
Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.