DECISIONES DE AÑO NUEVO
Jesús Castillo More
Al inicio de un nuevo año, siempre es bueno hacer un balance y autocrítica del año que termina, para tomar decisiones que enrumben nuestras acciones hacia una mejora personal en el año que empieza.
La navidad nos enseña que una de las primeras decisiones es perdonar a quienes nos ofendieron gratuitamente y enseguida pedir perdón a quienes ofendimos. De esta manera liberamos nuestro espíritu de un lastre innecesario. El fin de una enemistad es un bien mágico que permite reemplazar miradas y actitudes despectivas por sonrisas y buen trato, lo que significa que ambas partes ganan. La enemistad es una enfermedad cuya cura depende de ti.
Asimismo, el conocimiento es un bien mágico que crece cuando se comparte, lo que ha permitido que millones de personas tengan acceso gratuito a través de internet, a información que antes estaba disponible solamente a los que pagaban por ella. Difunde la información que consideres valiosa para sus destinatarios.
Una segunda decisión consiste en fijarse metas a alcanzar y proponerse lograrlas. Estas metas van desde aquellas muy sencillas hasta otras más complicadas pero que están sujetas a la fuerza de voluntad. Por ejemplo, hacer ejercicio para bajar de peso, mantener ordenado el escritorio, aprender un idioma, aprobar un curso, elegir que carrera seguir y en que universidad. Desempeñar honestamente tu trabajo y ser un profesional que se comporte como tal evitando la disonancia entre lo que dices que eres y lo que haces.
En el aspecto familiar, a los padres les corresponde tomar decisiones de año nuevo respecto a los hijos y a los hijos respecto a los padres. También la familia tomará decisiones respecto al empleo, presupuesto de ingresos y gastos, de modo de evitar endeudamiento innecesario. La preservación de la armonía matrimonial requiere reconocer que el matrimonio es un proyecto para toda la vida, donde ambas partes se comprometieron ante un altar a sacar adelante a una familia, que es un proyecto no pecuniario basado en el amor y no en la plata, donde como en todo proyecto hay costos y beneficios, pero donde lo importante es que al final los beneficios serán superiores a los costos debido precisamente a la capacidad de perdón en dos seres que libremente decidieron formar un hogar para vivir juntos y criar hijos lo más felices posible.
El año que viene nos enfrenta a tener que elegir un nuevo gobierno que tenga capacidad de terminar con la falta de seguridad ciudadana, la corrupción, mejorar el bienestar general de la población mediante educación y salud de calidad que forme capital humano para dar continuidad al crecimiento económico y hacer política económica para aumentar las capacidades de las personas y enrumbar al país hacia el desarrollo económico. Veamos entonces cual es la mejor alternativa y decidamos responsablemente.
Difusión de artículos de actualidad nacional e internacional, además comentarios y presentaciones de artículos de teoría económica.
sábado, 25 de diciembre de 2010
viernes, 24 de diciembre de 2010
Un Niño en la Noche
Un niño en la noche
De pronto vuelvo a mirar el pesebre de mi casa, lo miro como un extraterrestre podría haber mirado esa noche, hace dos mil años, al recién nacido, perplejo al darse cuenta de que el Dios de este hermoso y extraño planeta era un niño. Un niño, sí, un niño. Por pocos pero decisivos años (los más cruciales de cualquier hombre) Dios fue un niño.
¿Y qué hizo y qué sintió ese Dios en la piel de un niño? En sus primeros meses habrá llorado, buscado con sed de mamífero la leche materna, habrá despertado y desvelado a sus padres en las noches. Esa criatura primero no fijó los ojos, luego comenzó a mirar. Y en algún momento rió. ¿Cómo habrá sido la primera sonrisa de este niño-Dios? ¿Tuvo pataletas? ¿Cuál fue la primera canción que aprendió y balbuceó? ¿Jugaba como todos los niños? ¿Hacía esas maldades necesarias que nos hacen ser niños de verdad? Sí, porque era un niño, no un ángel. ¿Cómo dio sus primeros pasos? ¿Quiénes estaban ahí? ¿Se enfermó? Su madre habrá sufrido como todas las madres al verlo abrasado por alguna fiebre de invierno. Le habrá rezado a Dios por él, por su niño expuesto a la intemperie del mundo, como todos los hombres que han nacido en esta tierra. Este niño tuvo uno, dos años. La edad gloriosa. Los primeros balbuceos, las primeras palabras aprendidas con asombro, con sensación de milagro por los sonidos que dicen el mundo. Él, del que se diría más tarde "el Verbo que se hizo carne", él también tuvo que aprender las primeras palabras, repetir con gozo sus primeras rimas. ¿Qué dijeron de él los rabís, sus maestros, cómo enfrentaron su hiperkinesia divina? ¿O creen ustedes que Dios no saltó, no jugó, no bailó cuando fue niño? Yo sospecho de las verdades que no se bailan, de las verdades cansadas y pétreas enunciadas por adultos que mataron al niño que fueron. Por eso creo más en la verdad de "El principito" o en la del pequeño niño que jugaba en el jardín del "Príncipe egoísta" de Wilde que en la de cualquier doctor o administrador solemne de "La Verdad" (así, con pretenciosas mayúsculas).
En la India, Krishna también fue un niño travieso, un bailarín, un Dios que tocaba la flauta y les robaba las ropas a las muchachas que se bañaban en los ríos. Las travesuras de Krishna son deliciosas. Sabemos, en cambio, muy poco de la infancia de Jesús. Los Evangelios son parcos en este punto. Los niños en esos tiempos prácticamente no existían. Tendría que ser el mismo Jesús el que los colocara por primera vez en primer plano, como protagonistas, cuando dijo "dejad que los niños vengan a mí". Nadie nos ha contado la infancia del Dios hecho hombre en esta tierra. Pero habrá jugado y reído mucho, habrá perseguido al viento y a las hojas, les habrá tirado la cola a los gatos, habrá sentido celos y miedo en las noches, habrá llorado alguna vez de impotencia, como casi todos los niños del mundo. ¿Habrá visto ángeles en las copas de los árboles como los vería el niño y después gran poeta William Blake? ¿Qué historia del Antiguo Testamento habrá encendido más su imaginación todavía virgen: la de Jonás tragado por una ballena o la de David derrotando al gigante Goliat con la piedra de su honda? ¿Tuvo la conciencia de ser Dios desde pequeño, o simplemente fue un niño que abrazó la existencia con toda inocencia y espontaneidad, lanzado a lo abierto? Imagino al niño Jesús caminando solo por algún camino polvoriento sin que sus padres se percataran, distraído, subiendo por un cerro, a punto de caerse a un pozo. Unos milímetros lo separan del abismo. ¿Qué hubiera sucedido si ese niño -como millones de niños curiosos de la historia- hubiera muerto en un absurdo accidente en medio del desierto? ¡Qué frágil fue la encarnación de Dios en la Tierra, qué precaria, delicada y azarosa como lo es la infancia!
Por eso me sorprende que el Dios que celebramos sea un niño, tan tierno como un jilguero, y frágil como el rocío. Y a veces cierro los ojos y lo siento en la noche llorar, llorar muy hondo, como llora en la noche un niño perdido.
De pronto vuelvo a mirar el pesebre de mi casa, lo miro como un extraterrestre podría haber mirado esa noche, hace dos mil años, al recién nacido, perplejo al darse cuenta de que el Dios de este hermoso y extraño planeta era un niño. Un niño, sí, un niño. Por pocos pero decisivos años (los más cruciales de cualquier hombre) Dios fue un niño.
¿Y qué hizo y qué sintió ese Dios en la piel de un niño? En sus primeros meses habrá llorado, buscado con sed de mamífero la leche materna, habrá despertado y desvelado a sus padres en las noches. Esa criatura primero no fijó los ojos, luego comenzó a mirar. Y en algún momento rió. ¿Cómo habrá sido la primera sonrisa de este niño-Dios? ¿Tuvo pataletas? ¿Cuál fue la primera canción que aprendió y balbuceó? ¿Jugaba como todos los niños? ¿Hacía esas maldades necesarias que nos hacen ser niños de verdad? Sí, porque era un niño, no un ángel. ¿Cómo dio sus primeros pasos? ¿Quiénes estaban ahí? ¿Se enfermó? Su madre habrá sufrido como todas las madres al verlo abrasado por alguna fiebre de invierno. Le habrá rezado a Dios por él, por su niño expuesto a la intemperie del mundo, como todos los hombres que han nacido en esta tierra. Este niño tuvo uno, dos años. La edad gloriosa. Los primeros balbuceos, las primeras palabras aprendidas con asombro, con sensación de milagro por los sonidos que dicen el mundo. Él, del que se diría más tarde "el Verbo que se hizo carne", él también tuvo que aprender las primeras palabras, repetir con gozo sus primeras rimas. ¿Qué dijeron de él los rabís, sus maestros, cómo enfrentaron su hiperkinesia divina? ¿O creen ustedes que Dios no saltó, no jugó, no bailó cuando fue niño? Yo sospecho de las verdades que no se bailan, de las verdades cansadas y pétreas enunciadas por adultos que mataron al niño que fueron. Por eso creo más en la verdad de "El principito" o en la del pequeño niño que jugaba en el jardín del "Príncipe egoísta" de Wilde que en la de cualquier doctor o administrador solemne de "La Verdad" (así, con pretenciosas mayúsculas).
En la India, Krishna también fue un niño travieso, un bailarín, un Dios que tocaba la flauta y les robaba las ropas a las muchachas que se bañaban en los ríos. Las travesuras de Krishna son deliciosas. Sabemos, en cambio, muy poco de la infancia de Jesús. Los Evangelios son parcos en este punto. Los niños en esos tiempos prácticamente no existían. Tendría que ser el mismo Jesús el que los colocara por primera vez en primer plano, como protagonistas, cuando dijo "dejad que los niños vengan a mí". Nadie nos ha contado la infancia del Dios hecho hombre en esta tierra. Pero habrá jugado y reído mucho, habrá perseguido al viento y a las hojas, les habrá tirado la cola a los gatos, habrá sentido celos y miedo en las noches, habrá llorado alguna vez de impotencia, como casi todos los niños del mundo. ¿Habrá visto ángeles en las copas de los árboles como los vería el niño y después gran poeta William Blake? ¿Qué historia del Antiguo Testamento habrá encendido más su imaginación todavía virgen: la de Jonás tragado por una ballena o la de David derrotando al gigante Goliat con la piedra de su honda? ¿Tuvo la conciencia de ser Dios desde pequeño, o simplemente fue un niño que abrazó la existencia con toda inocencia y espontaneidad, lanzado a lo abierto? Imagino al niño Jesús caminando solo por algún camino polvoriento sin que sus padres se percataran, distraído, subiendo por un cerro, a punto de caerse a un pozo. Unos milímetros lo separan del abismo. ¿Qué hubiera sucedido si ese niño -como millones de niños curiosos de la historia- hubiera muerto en un absurdo accidente en medio del desierto? ¡Qué frágil fue la encarnación de Dios en la Tierra, qué precaria, delicada y azarosa como lo es la infancia!
Por eso me sorprende que el Dios que celebramos sea un niño, tan tierno como un jilguero, y frágil como el rocío. Y a veces cierro los ojos y lo siento en la noche llorar, llorar muy hondo, como llora en la noche un niño perdido.
martes, 7 de diciembre de 2010
Discurso Nobel Mario Vargas Llosa
© FUNDACIÓN NOBEL 2010 Se concede permiso general para la publicación
en periódicos en cualquier lengua desde el 7 de
diciembre de 2010, a las 17:30 (hora sueca).
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Mario Vargas Llosa: Elegio de la lectura y la ficción
Discurso Nobel
7 diciembre de 2010
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Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.
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Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la
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sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
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En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.
De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.
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De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.
Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y
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los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con
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toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.
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Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.
Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón,
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en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.
El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme
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libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La
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escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
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Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.
Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.
en periódicos en cualquier lengua desde el 7 de
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Mario Vargas Llosa: Elegio de la lectura y la ficción
Discurso Nobel
7 diciembre de 2010
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Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.
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Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la
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sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
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En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.
De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.
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De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.
Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y
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los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con
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toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.
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Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.
Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón,
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en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.
El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme
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libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La
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escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
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Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.
Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.
lunes, 29 de noviembre de 2010
Los jóvenes, población y economía
LOS JÓVENES, POBLACIÓN Y ECONOMÍA
Jesús Castillo More (*)
Según el reloj de la población mundial, cada minuto nacen 264 personas y mueren 107, con lo que el crecimiento natural de la población mundial es de 157 personas por minuto.
China, con 1,347 millones, e India con 1,184, son los dos países más poblados de la tierra y las proyecciones indican que en el año 2025 India, con 1,807.9 millones tendrá mayor población que China, que para ese entonces tendrá 1,424.2 millones. La población mundial pasará en este período, de 6,866.9 a 9,539 millones de habitantes.
La población mundial se envejece y la proporción de jóvenes es cada vez menor debido a la disminución en la tasa de natalidad y al aumento en la esperanza de vida.
En el Perú, los ocho millones y medio de jóvenes son el 30% de la población, y en 2025 aunque en términos absolutos aumentarán a ocho millones novecientos mil, en términos porcentuales caerán a 24%.
Estas tendencias afectan directamente a los jóvenes, que tradicionalmente han cargado con la deuda externa contraída para que sea pagada por las futuras generaciones y con los sistemas de seguridad social desfinanciados. Esto explica las modificaciones legales para aumentar la edad de jubilación en los países europeos, la eliminación de la cédula viva en el Perú, el diseño de nuevos sistemas privados, pues el sistema estatal se hace cada vez más insostenible.
Por su propia naturaleza, los jóvenes son fervientes partidarios de la justicia social y desean soluciones rápidas a los problemas de pobreza, desigualdad y desempleo. Sin embargo, este noble propósito muchas veces es fuente de aprovechamiento para que esta efervescencia juvenil sea desviada hacia fines de política partidaria que se concentran en influir exclusivamente en la formación ideológica de los jóvenes, sin darles la oportunidad de adoptar decisiones propias, responsables, fruto de su análisis razonado de la solución más eficaz para los problemas sociales, dada la lógica del funcionamiento de los sistemas económicos y sus implicancias políticas sobre la democracia y libertad.
Es necesario entonces que los jóvenes estén adecuadamente preparados para adoptar decisiones responsables en la elección de las autoridades locales, regionales y nacionales; formación personal para que, ampliando su horizonte de decisiones, sepan elegir su futuro empleo y profesión con madurez y participar activamente en los programas que requieren su valioso apoyo en los programas sociales.
Los nuevos desafíos que enfrentan los jóvenes: avance tecnológico, y las tecnologías de la información y la comunicación, el crecimiento económico y la globalización, que son fenómenos contemporáneos que afectan sustancialmente la productividad del trabajo, al empleo y las remuneraciones a nivel interno y externo; la carga cada vez más pesada de los programas sociales; falta de oportunidades, las madres soleteras; enfermedades infecciosas como el sida, desempleo, drogadicción y violencia juvenil, hacen indispensable que las familias, la escuela, la universidad, los gobiernos locales, regionales y nacional, los candidatos a gobernantes, incluyan obligatoriamente programas que ayuden a los jóvenes a enfrentarlos: eliminación de la desnutrición infantil, mayores oportunidades de educación de calidad y empleo, actividades deportivas, programas sociales con participación juvenil, organizaciones de apoyo a la solución de los problemas de los jóvenes, donde ellos participen como directamente interesados.
(*) Profesor de la Universidad de Lambayeque
Jesús Castillo More (*)
Según el reloj de la población mundial, cada minuto nacen 264 personas y mueren 107, con lo que el crecimiento natural de la población mundial es de 157 personas por minuto.
China, con 1,347 millones, e India con 1,184, son los dos países más poblados de la tierra y las proyecciones indican que en el año 2025 India, con 1,807.9 millones tendrá mayor población que China, que para ese entonces tendrá 1,424.2 millones. La población mundial pasará en este período, de 6,866.9 a 9,539 millones de habitantes.
La población mundial se envejece y la proporción de jóvenes es cada vez menor debido a la disminución en la tasa de natalidad y al aumento en la esperanza de vida.
En el Perú, los ocho millones y medio de jóvenes son el 30% de la población, y en 2025 aunque en términos absolutos aumentarán a ocho millones novecientos mil, en términos porcentuales caerán a 24%.
Estas tendencias afectan directamente a los jóvenes, que tradicionalmente han cargado con la deuda externa contraída para que sea pagada por las futuras generaciones y con los sistemas de seguridad social desfinanciados. Esto explica las modificaciones legales para aumentar la edad de jubilación en los países europeos, la eliminación de la cédula viva en el Perú, el diseño de nuevos sistemas privados, pues el sistema estatal se hace cada vez más insostenible.
Por su propia naturaleza, los jóvenes son fervientes partidarios de la justicia social y desean soluciones rápidas a los problemas de pobreza, desigualdad y desempleo. Sin embargo, este noble propósito muchas veces es fuente de aprovechamiento para que esta efervescencia juvenil sea desviada hacia fines de política partidaria que se concentran en influir exclusivamente en la formación ideológica de los jóvenes, sin darles la oportunidad de adoptar decisiones propias, responsables, fruto de su análisis razonado de la solución más eficaz para los problemas sociales, dada la lógica del funcionamiento de los sistemas económicos y sus implicancias políticas sobre la democracia y libertad.
Es necesario entonces que los jóvenes estén adecuadamente preparados para adoptar decisiones responsables en la elección de las autoridades locales, regionales y nacionales; formación personal para que, ampliando su horizonte de decisiones, sepan elegir su futuro empleo y profesión con madurez y participar activamente en los programas que requieren su valioso apoyo en los programas sociales.
Los nuevos desafíos que enfrentan los jóvenes: avance tecnológico, y las tecnologías de la información y la comunicación, el crecimiento económico y la globalización, que son fenómenos contemporáneos que afectan sustancialmente la productividad del trabajo, al empleo y las remuneraciones a nivel interno y externo; la carga cada vez más pesada de los programas sociales; falta de oportunidades, las madres soleteras; enfermedades infecciosas como el sida, desempleo, drogadicción y violencia juvenil, hacen indispensable que las familias, la escuela, la universidad, los gobiernos locales, regionales y nacional, los candidatos a gobernantes, incluyan obligatoriamente programas que ayuden a los jóvenes a enfrentarlos: eliminación de la desnutrición infantil, mayores oportunidades de educación de calidad y empleo, actividades deportivas, programas sociales con participación juvenil, organizaciones de apoyo a la solución de los problemas de los jóvenes, donde ellos participen como directamente interesados.
(*) Profesor de la Universidad de Lambayeque
lunes, 8 de noviembre de 2010
Economía Positiva y Normativa
ECONOMÍA POSITIVA Y NORMATIVA
Jesús Castillo More
La escasez de bienes y servicios y el bienestar social tienen aspectos positivos y normativos al momento de abordar el tema de distribución, mejorar el bienestar y solucionar los problemas sociales.
La Economía se ocupa tanto de los aspectos positivos, a través del análisis económico, como de los aspectos normativos de la escasez y del bienestar social, a través de la política económica.
Los aspectos positivos se refieren a lo que es o será, a la explicación y predicción en base a datos, información y evidencia empírica, para proponer una relación de causa y efecto, es decir una teoría, estableciendo el por qué de las cosas observadas, en base a un razonamiento lógico a partir de ciertas premisas o axiomas, con el cual se puede predecir el resultado esperado de un cambio en la variable independiente sobre la variable dependiente o variable problema. La teoría puede ser así desmentida si al contrastarla con la realidad, los hechos observados no cuadran con las predicciones de la teoría; mientras que los aspectos normativos se refieren a lo que debería ser según las concepciones ideológicas, religiosas, morales, éticas y juicios de valor de cada persona. Así, una discusión entre dos personas sobre un aspecto positivo puede terminar en acuerdo, a la luz del veredicto de los hechos observados, mientras que una discusión sobre un aspecto normativo puede durar indefinidamente. Sin embargo, la economía puede ayudar a aclarar las disyuntivas, esclarecer el problema y encontrar consensos.
El premio Nobel en medicina, ha sido otorgado este año al fisiólogo Robert Edwards, por desarrollar la técnica de fecundación in vitro, que permitió que cinco millones de parejas no fértiles hayan logrado tener un hijo. Louise Brown, nacida con fecundación in vitro, ha dado a luz dos gemelos con parto natural. Esto es evidencia de un éxito científico, pero también es evidencia el número de embriones sacrificados por cada nacimiento: para obtener un niño, es necesario en el mejor de los casos, haber empleado un promedio de 24 embriones. Surge aquí un asunto normativo, que hace que la sociedad en conjunto no encuentre consenso debido a la presencia de juicios de valor, y la economía, como ciencia, no puede decir cuál es la mejor política.
En un reciente artículo titulado “Avatares de la marihuana”, Mario Vargas Llosa sostiene que el Estado debería tratar las drogas igual que el alcohol y el tabaco, dando libertad al individuo y sancionando el daño a terceros. Lo que se busca, es una solución eficaz al problema de la delincuencia vinculada al narcotráfico, que ha causado en lo que va del año solo en México la suma de 10,035 muertos. “Esta solución, pasa por la descriminalización de las drogas, idea que hasta hace relativamente poco tiempo era inaceptable para el grueso de una opinión pública convencida de que la represión policial de productores, vendedores y usuarios de estupefacientes era el único método legítimo para acabar con semejante plaga. La realidad ha ido revelando lo ilusorio de esta idea, a medida que todos los estudios señalaban que, pese a las astronómicas sumas invertidas y la gigantesca movilización de efectivos para combatirla, el mercado de la droga ha seguido creciendo, extendiéndose por el mundo y creando unos carteles mafiosos de inmenso poder económico y militar que, como se está viendo en México, desde que el presidente Calderón decidió enfrentarse, con el ejército como punta de lanza, a los jefes narcos y sus pandillas de mercenarios, pueden combatir de igual a igual, gracias a su poderío, con los estados a los que tienen infiltrados mediante la corrupción y el terror”……”Este es un camino que conduce, tarde o temprano, al suicidio de la democracia”. “Como ocurrió con las pandillas de gánsteres que se volvieron todopoderosas y llenaron de sangre y muertos a Chicago, Nueva York y otras ciudades norteamericanas en los años de la prohibición del alcohol, un mercado legal acabará con los grandes carteles, privándolos de su cuantioso negocio y arruinándolos. Como el problema de la droga es fundamentalmente económico, económica tiene también que ser su solución”.
La prohibición de las drogas genera carteles ilegales que elevan el precio e incentivan el cultivo de coca. Este es un asunto verificado por la economía positiva. Falta evaluar bien si la legalización hará reducir o aumentar el área de cultivo en países como el nuestro, que cuentan con las condiciones climáticas para su cultivo. Nuevamente, éste es un asunto de economía positiva, que una vez determinado, deberá enfrentar consideraciones de carácter normativo.
Jesús Castillo More
La escasez de bienes y servicios y el bienestar social tienen aspectos positivos y normativos al momento de abordar el tema de distribución, mejorar el bienestar y solucionar los problemas sociales.
La Economía se ocupa tanto de los aspectos positivos, a través del análisis económico, como de los aspectos normativos de la escasez y del bienestar social, a través de la política económica.
Los aspectos positivos se refieren a lo que es o será, a la explicación y predicción en base a datos, información y evidencia empírica, para proponer una relación de causa y efecto, es decir una teoría, estableciendo el por qué de las cosas observadas, en base a un razonamiento lógico a partir de ciertas premisas o axiomas, con el cual se puede predecir el resultado esperado de un cambio en la variable independiente sobre la variable dependiente o variable problema. La teoría puede ser así desmentida si al contrastarla con la realidad, los hechos observados no cuadran con las predicciones de la teoría; mientras que los aspectos normativos se refieren a lo que debería ser según las concepciones ideológicas, religiosas, morales, éticas y juicios de valor de cada persona. Así, una discusión entre dos personas sobre un aspecto positivo puede terminar en acuerdo, a la luz del veredicto de los hechos observados, mientras que una discusión sobre un aspecto normativo puede durar indefinidamente. Sin embargo, la economía puede ayudar a aclarar las disyuntivas, esclarecer el problema y encontrar consensos.
El premio Nobel en medicina, ha sido otorgado este año al fisiólogo Robert Edwards, por desarrollar la técnica de fecundación in vitro, que permitió que cinco millones de parejas no fértiles hayan logrado tener un hijo. Louise Brown, nacida con fecundación in vitro, ha dado a luz dos gemelos con parto natural. Esto es evidencia de un éxito científico, pero también es evidencia el número de embriones sacrificados por cada nacimiento: para obtener un niño, es necesario en el mejor de los casos, haber empleado un promedio de 24 embriones. Surge aquí un asunto normativo, que hace que la sociedad en conjunto no encuentre consenso debido a la presencia de juicios de valor, y la economía, como ciencia, no puede decir cuál es la mejor política.
En un reciente artículo titulado “Avatares de la marihuana”, Mario Vargas Llosa sostiene que el Estado debería tratar las drogas igual que el alcohol y el tabaco, dando libertad al individuo y sancionando el daño a terceros. Lo que se busca, es una solución eficaz al problema de la delincuencia vinculada al narcotráfico, que ha causado en lo que va del año solo en México la suma de 10,035 muertos. “Esta solución, pasa por la descriminalización de las drogas, idea que hasta hace relativamente poco tiempo era inaceptable para el grueso de una opinión pública convencida de que la represión policial de productores, vendedores y usuarios de estupefacientes era el único método legítimo para acabar con semejante plaga. La realidad ha ido revelando lo ilusorio de esta idea, a medida que todos los estudios señalaban que, pese a las astronómicas sumas invertidas y la gigantesca movilización de efectivos para combatirla, el mercado de la droga ha seguido creciendo, extendiéndose por el mundo y creando unos carteles mafiosos de inmenso poder económico y militar que, como se está viendo en México, desde que el presidente Calderón decidió enfrentarse, con el ejército como punta de lanza, a los jefes narcos y sus pandillas de mercenarios, pueden combatir de igual a igual, gracias a su poderío, con los estados a los que tienen infiltrados mediante la corrupción y el terror”……”Este es un camino que conduce, tarde o temprano, al suicidio de la democracia”. “Como ocurrió con las pandillas de gánsteres que se volvieron todopoderosas y llenaron de sangre y muertos a Chicago, Nueva York y otras ciudades norteamericanas en los años de la prohibición del alcohol, un mercado legal acabará con los grandes carteles, privándolos de su cuantioso negocio y arruinándolos. Como el problema de la droga es fundamentalmente económico, económica tiene también que ser su solución”.
La prohibición de las drogas genera carteles ilegales que elevan el precio e incentivan el cultivo de coca. Este es un asunto verificado por la economía positiva. Falta evaluar bien si la legalización hará reducir o aumentar el área de cultivo en países como el nuestro, que cuentan con las condiciones climáticas para su cultivo. Nuevamente, éste es un asunto de economía positiva, que una vez determinado, deberá enfrentar consideraciones de carácter normativo.
domingo, 10 de octubre de 2010
Catorce minutos de reflexión, Vargas Llosa
TRIBUNA: MARIO VARGAS LLOSA
Catorce minutos de reflexión
El Nobel de Literatura relata cómo tras recibir la llamada de la Academia Sueca dudó, y mientras esperaba la confirmación desfilaron los recuerdos de una vida dedicada a las letras
MARIO VARGAS LLOSA 10/10/2010
Ese día, como todos los días desde que, hace tres semanas, llegamos a Nueva York, me levanté a las cinco de la mañana y, procurando no despertar a Patricia, me fui a la salita a leer. Era noche cerrada todavía y las luces de los rascacielos del contorno tenían la apariencia inquietante de una gigantesca bandada de cocuyos invadiendo la ciudad. Dentro de una hora más o menos comenzaría a amanecer y, si estaba despejado el cielo, las primeras luces irían iluminando el río Hudson y la esquina de Central Park con sus árboles que el otoño comienza a dorar, un lindo espectáculo que me regalan cada mañana las ventanas del departamento (vivimos en el piso cuarenta y seis).
Tenía el día planificado con toda precisión. Trabajaría un par de horas preparando la clase del próximo lunes en Princeton, en la que ilustraría el tema del punto de vista con ejemplos tomados de El reino de este mundo de Alejo Carpentier, media hora de ejercicios para la espalda, una hora de caminata en Central Park, periódicos, desayuno, ducha, y a la Public Library de New York, donde escribiría mi Piedra de Toque para EL PAÍS sobre el suicidio, tirándose del puente George Washington, en la Universidad de Rutgers, de Tylor Clementi, violinista y joven estudiante al que dos compañeros homófobos habían denunciado como gay, difundiendo en la Red un vídeo en el que aparecía besándose con un hombre.
Inmediatamente fui absorbido por la magia de El reino de este mundo y la transfiguración mítica que la prosa de Carpentier hace de los primeros intentos independentistas en Haití. El narrador omnisciente de la historia es una astuta ausencia erudita, libresca, barroca y rebuscada que narra desde muy cerca de la sensibilidad del esclavo Ti Noel, quien cree en los Grandes Loas del vodú y que los hechiceros del culto, como Mackandal, gozan del don de la licantropía, es decir, pueden transformarse en animales a voluntad. Hacía por lo menos veinte años que no la releía y su poder de persuasión seguía siendo irresistible.
De pronto advertí la presencia de Patricia en la salita. Se acercaba con el teléfono en la mano y una cara que me asustó. "Una tragedia en la familia", pensé. Cogí el aparato y escuché, entre silbidos, ecos y eructos eléctricos, una voz que hablaba en inglés. En el instante en que alcancé a distinguir las palabras Swedish Academy la comunicación se cortó. Estuvimos callados, mirándonos sin decir nada, hasta que el teléfono repicó otra vez. Ahora sí se oía bien. El caballero me dijo que era el secretario de la Academia Sueca, que me habían concedido el Premio Nobel de Literatura y que la noticia se haría pública dentro de catorce minutos. Que podía escucharla en la televisión, la radio y el Internet.
-Hay que avisar a Álvaro, Gonzalo y Morgana -dijo Patricia.
-Mejor esperemos que sea oficial -le contesté.
Y le recordé que, hacía muchos años, en Roma, nos habían contado la broma pesada que le jugaron unos amigos (o más bien enemigos) a Alberto Moravia, haciéndose pasar por funcionarios de la Academia Sueca y felicitándolo por el galardón. Él alertó a la prensa y la noticia resultó un embrollo de mal gusto.
-Si es cierto, esta casa se va a volver un loquerío -dijo Patricia-. Mejor dúchate de una vez.
Pero, en vez de hacerlo, me quedé en la salita, viendo asomar entre los rascacielos las primeras luces de la mañana neoyorquina. Pensé en la casa de la calle Ladislao Cabrera, en Cochabamba, donde pasé mi infancia, y en el libro de Neruda Veinte poemas de amor y una canción desesperada, que mi madre me había prohibido leer y que tenía escondido en su velador (el primer libro prohibido que leí). Pensé en lo mucho que le hubiera alegrado la noticia, si era cierta. Pensé en la gran nariz y la calva reluciente del abuelo Pedro, que escribía versos festivos y explicaba a la familia, cuando yo me negaba a comer: "Para el poeta la comida es prosa". Pensé en el tío Lucho, que, en ese año feliz que pasé en su casa de Piura, el último del colegio, escribiendo artículos, cuentecitos y poemas que publicaba a veces en La Industria, me animaba incansablemente a perseverar y ser un escritor, porque, acaso hablando de sí mismo, me aseguraba que no seguir la propia vocación es traicionarse y condenarse a la infelicidad. Pensé en el estreno, ese mismo año, en el Teatro Variedades de Piura, de mi obrita La huida del Inca, que mi amigo Javier Silva publicitaba a voz en cuello por las calles con una gran bocina, desde el techo de un camión, y en la bella Ruth Rojas, la Vestal de la obra, de la que yo estaba enamorado en secreto.
-Es una tontería pensar que esto puede ser una broma -dijo Patricia-. Llamemos a Álvaro, Gonzalo y Morgana de una vez.
Llamamos a Álvaro a Washington, a Gonzalo a Santo Domingo y a Morgana a Lima, y todavía faltaban siete u ocho minutos para la hora señalada. Yo pensé en Lucho Loayza y Abelardo Oquendo, los amigos de adolescencia y en la revista Literatura, de la que sacamos apenas tres números, de nuestro manifiesto contra la pena de muerte, del homenaje a César Moro, y de las feroces discusiones que a veces teníamos sobre si Borges era más importante que Sartre o éste que aquél. Yo sostenía lo último y ellos lo primero y eran ellos, por supuesto, quienes llevaban la razón. Fue entonces cuando me pusieron el apodo (que a mí me encantaba): "El sartrecillo valiente".
Pensé en el concurso de La Revue Francaise que gané el año 1957, con mi cuento El desafío, que me deparó un viaje a París, donde pasé un mes de total felicidad, viviendo en el Hotel Napoleón, en las cuatro palabras que cambié con Albert Camus y María Casares en las puertas de un teatro de los Grandes Bulevares, y mis desesperados y estériles esfuerzos para ser recibido por Sartre aunque fuera sólo un minuto para verle la cara y estrecharle la mano. Recordé mi primer año en Madrid y las dudas que tuve antes de decidirme a enviar los cuentos de Los jefes al Premio Leopoldo Alas, creado por un grupo de médicos de Barcelona, encabezado por el doctor Rocas y asesorado por el poeta Enrique Badosa, gracias a los cuales tuve la enorme alegría de ver mi primer libro impreso.
Pensé que, si la noticia era cierta, tenía que agradecer públicamente a España lo mucho que le debía, pues, sin el extraordinario apoyo de personas como Carlos Barral, Carmen Balcells y tantas otras, editores, críticos, lectores, jamás hubieran alcanzado mis libros la difusión que han tenido.
Y pensé lo increíblemente afortunado que yo he sido en la vida por seguir el consejo del tío Lucho y haber decidido, a mis veintidós años, en aquella pensión madrileña de la calle del Doctor Castelo, en algún momento de agosto de 1958, que no sería abogado sino escritor, y que, desde entonces, aunque tuviera que vivir a tres dobles y un repique, organizaría mi vida de tal manera que la mayor parte de mi tiempo y energía se volcaran en la literatura, y que sólo buscaría trabajos que me dejaran tiempo libre para escribir. Fue una decisión algo quimérica, pero me ayudó mucho, por lo menos psicológicamente, y creo que, en sus grandes rasgos, la cumplí en mis años de París, pues los trabajos en la Escuela Berlitz, la Agence France Presse y la Radio Televisión Francesa, me dejaron siempre algunas horitas del día para leer y escribir.
Y pensé en la extraña paradoja de haber recibido tantos reconocimientos, como éste (si la noticia no era una broma de mal gusto), por dedicar mi vida a un quehacer que me ha hecho gozar infinitamente, en la que cada libro ha sido una aventura llena de sorpresas, de descubrimientos, de ilusiones y de exaltación, que compensaban siempre con creces las dificultades, dolores de cabeza, depresiones y estreñimientos. Y pensé en lo maravillosa que es la vida que los hombres y las mujeres inventamos, cuando todavía andábamos en taparrabos y comiéndonos los unos a los otros, para romper las fronteras tan estrechas de la vida verdadera, y trasladarnos a otra, más rica, más intensa, más libre, a través de la ficción.
A las seis en punto de la mañana las radios, la televisión y el Internet confirmaron que la noticia era cierta. Como predijo Patricia, la casa se volvió un loquerío y desde entonces yo dejé de pensar y, casi casi, hasta de respirar.
New York, octubre de 2010
© EDICIONES EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 337 8200
Catorce minutos de reflexión
El Nobel de Literatura relata cómo tras recibir la llamada de la Academia Sueca dudó, y mientras esperaba la confirmación desfilaron los recuerdos de una vida dedicada a las letras
MARIO VARGAS LLOSA 10/10/2010
Ese día, como todos los días desde que, hace tres semanas, llegamos a Nueva York, me levanté a las cinco de la mañana y, procurando no despertar a Patricia, me fui a la salita a leer. Era noche cerrada todavía y las luces de los rascacielos del contorno tenían la apariencia inquietante de una gigantesca bandada de cocuyos invadiendo la ciudad. Dentro de una hora más o menos comenzaría a amanecer y, si estaba despejado el cielo, las primeras luces irían iluminando el río Hudson y la esquina de Central Park con sus árboles que el otoño comienza a dorar, un lindo espectáculo que me regalan cada mañana las ventanas del departamento (vivimos en el piso cuarenta y seis).
Tenía el día planificado con toda precisión. Trabajaría un par de horas preparando la clase del próximo lunes en Princeton, en la que ilustraría el tema del punto de vista con ejemplos tomados de El reino de este mundo de Alejo Carpentier, media hora de ejercicios para la espalda, una hora de caminata en Central Park, periódicos, desayuno, ducha, y a la Public Library de New York, donde escribiría mi Piedra de Toque para EL PAÍS sobre el suicidio, tirándose del puente George Washington, en la Universidad de Rutgers, de Tylor Clementi, violinista y joven estudiante al que dos compañeros homófobos habían denunciado como gay, difundiendo en la Red un vídeo en el que aparecía besándose con un hombre.
Inmediatamente fui absorbido por la magia de El reino de este mundo y la transfiguración mítica que la prosa de Carpentier hace de los primeros intentos independentistas en Haití. El narrador omnisciente de la historia es una astuta ausencia erudita, libresca, barroca y rebuscada que narra desde muy cerca de la sensibilidad del esclavo Ti Noel, quien cree en los Grandes Loas del vodú y que los hechiceros del culto, como Mackandal, gozan del don de la licantropía, es decir, pueden transformarse en animales a voluntad. Hacía por lo menos veinte años que no la releía y su poder de persuasión seguía siendo irresistible.
De pronto advertí la presencia de Patricia en la salita. Se acercaba con el teléfono en la mano y una cara que me asustó. "Una tragedia en la familia", pensé. Cogí el aparato y escuché, entre silbidos, ecos y eructos eléctricos, una voz que hablaba en inglés. En el instante en que alcancé a distinguir las palabras Swedish Academy la comunicación se cortó. Estuvimos callados, mirándonos sin decir nada, hasta que el teléfono repicó otra vez. Ahora sí se oía bien. El caballero me dijo que era el secretario de la Academia Sueca, que me habían concedido el Premio Nobel de Literatura y que la noticia se haría pública dentro de catorce minutos. Que podía escucharla en la televisión, la radio y el Internet.
-Hay que avisar a Álvaro, Gonzalo y Morgana -dijo Patricia.
-Mejor esperemos que sea oficial -le contesté.
Y le recordé que, hacía muchos años, en Roma, nos habían contado la broma pesada que le jugaron unos amigos (o más bien enemigos) a Alberto Moravia, haciéndose pasar por funcionarios de la Academia Sueca y felicitándolo por el galardón. Él alertó a la prensa y la noticia resultó un embrollo de mal gusto.
-Si es cierto, esta casa se va a volver un loquerío -dijo Patricia-. Mejor dúchate de una vez.
Pero, en vez de hacerlo, me quedé en la salita, viendo asomar entre los rascacielos las primeras luces de la mañana neoyorquina. Pensé en la casa de la calle Ladislao Cabrera, en Cochabamba, donde pasé mi infancia, y en el libro de Neruda Veinte poemas de amor y una canción desesperada, que mi madre me había prohibido leer y que tenía escondido en su velador (el primer libro prohibido que leí). Pensé en lo mucho que le hubiera alegrado la noticia, si era cierta. Pensé en la gran nariz y la calva reluciente del abuelo Pedro, que escribía versos festivos y explicaba a la familia, cuando yo me negaba a comer: "Para el poeta la comida es prosa". Pensé en el tío Lucho, que, en ese año feliz que pasé en su casa de Piura, el último del colegio, escribiendo artículos, cuentecitos y poemas que publicaba a veces en La Industria, me animaba incansablemente a perseverar y ser un escritor, porque, acaso hablando de sí mismo, me aseguraba que no seguir la propia vocación es traicionarse y condenarse a la infelicidad. Pensé en el estreno, ese mismo año, en el Teatro Variedades de Piura, de mi obrita La huida del Inca, que mi amigo Javier Silva publicitaba a voz en cuello por las calles con una gran bocina, desde el techo de un camión, y en la bella Ruth Rojas, la Vestal de la obra, de la que yo estaba enamorado en secreto.
-Es una tontería pensar que esto puede ser una broma -dijo Patricia-. Llamemos a Álvaro, Gonzalo y Morgana de una vez.
Llamamos a Álvaro a Washington, a Gonzalo a Santo Domingo y a Morgana a Lima, y todavía faltaban siete u ocho minutos para la hora señalada. Yo pensé en Lucho Loayza y Abelardo Oquendo, los amigos de adolescencia y en la revista Literatura, de la que sacamos apenas tres números, de nuestro manifiesto contra la pena de muerte, del homenaje a César Moro, y de las feroces discusiones que a veces teníamos sobre si Borges era más importante que Sartre o éste que aquél. Yo sostenía lo último y ellos lo primero y eran ellos, por supuesto, quienes llevaban la razón. Fue entonces cuando me pusieron el apodo (que a mí me encantaba): "El sartrecillo valiente".
Pensé en el concurso de La Revue Francaise que gané el año 1957, con mi cuento El desafío, que me deparó un viaje a París, donde pasé un mes de total felicidad, viviendo en el Hotel Napoleón, en las cuatro palabras que cambié con Albert Camus y María Casares en las puertas de un teatro de los Grandes Bulevares, y mis desesperados y estériles esfuerzos para ser recibido por Sartre aunque fuera sólo un minuto para verle la cara y estrecharle la mano. Recordé mi primer año en Madrid y las dudas que tuve antes de decidirme a enviar los cuentos de Los jefes al Premio Leopoldo Alas, creado por un grupo de médicos de Barcelona, encabezado por el doctor Rocas y asesorado por el poeta Enrique Badosa, gracias a los cuales tuve la enorme alegría de ver mi primer libro impreso.
Pensé que, si la noticia era cierta, tenía que agradecer públicamente a España lo mucho que le debía, pues, sin el extraordinario apoyo de personas como Carlos Barral, Carmen Balcells y tantas otras, editores, críticos, lectores, jamás hubieran alcanzado mis libros la difusión que han tenido.
Y pensé lo increíblemente afortunado que yo he sido en la vida por seguir el consejo del tío Lucho y haber decidido, a mis veintidós años, en aquella pensión madrileña de la calle del Doctor Castelo, en algún momento de agosto de 1958, que no sería abogado sino escritor, y que, desde entonces, aunque tuviera que vivir a tres dobles y un repique, organizaría mi vida de tal manera que la mayor parte de mi tiempo y energía se volcaran en la literatura, y que sólo buscaría trabajos que me dejaran tiempo libre para escribir. Fue una decisión algo quimérica, pero me ayudó mucho, por lo menos psicológicamente, y creo que, en sus grandes rasgos, la cumplí en mis años de París, pues los trabajos en la Escuela Berlitz, la Agence France Presse y la Radio Televisión Francesa, me dejaron siempre algunas horitas del día para leer y escribir.
Y pensé en la extraña paradoja de haber recibido tantos reconocimientos, como éste (si la noticia no era una broma de mal gusto), por dedicar mi vida a un quehacer que me ha hecho gozar infinitamente, en la que cada libro ha sido una aventura llena de sorpresas, de descubrimientos, de ilusiones y de exaltación, que compensaban siempre con creces las dificultades, dolores de cabeza, depresiones y estreñimientos. Y pensé en lo maravillosa que es la vida que los hombres y las mujeres inventamos, cuando todavía andábamos en taparrabos y comiéndonos los unos a los otros, para romper las fronteras tan estrechas de la vida verdadera, y trasladarnos a otra, más rica, más intensa, más libre, a través de la ficción.
A las seis en punto de la mañana las radios, la televisión y el Internet confirmaron que la noticia era cierta. Como predijo Patricia, la casa se volvió un loquerío y desde entonces yo dejé de pensar y, casi casi, hasta de respirar.
New York, octubre de 2010
© EDICIONES EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 337 8200
jueves, 7 de octubre de 2010
El sueño del Celta, Mario Vargas Llosa
Mario Vargas Llosa
El sueño del celta
ALFAGUARA HISPANICA
Para Álvaro, Gonzalo y Morgana.
Y para Josefina, Leandro,
Ariadna, Aitana, Isabella y Anaís.
Cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno,
sino muchos. Y estas personalidades sucesivas, que
emergen las unas de las otras, suelen ofrecer entre sí
los más raros y asombrosos contrastes.
josé enrique rodó
Motivos de Proteo
El Congo
I
Cuando abrieron la puerta de la celda, con el chorro
de luz y un golpe de viento entró también el ruido de
la calle que los muros de piedra apagaban y Roger se despertó,
asustado. Pestañeando, confuso todavía, luchando
por serenarse, divisó, recostada en el vano de la puerta, la
silueta del sheriff. Su cara flácida, de rubios bigotes y ojillos
maledicentes, lo contemplaba con la antipatía que nunca
había tratado de disimular. He aquí alguien que sufriría si
el Gobierno inglés le concedía el pedido de clemencia.
—Visita —murmuró el sheriff, sin quitarle los ojos
de encima.
Se puso de pie, frotándose los brazos. ¿Cuánto había
dormido? Uno de los suplicios de Pentonville Prison era no
saber la hora. En la cárcel de Brixton y en la Torre de Londres
escuchaba las campanadas que marcaban las medias
horas y las horas; aquí, las espesas paredes no dejaban llegar
al interior de la prisión el revuelo de las campanas de las
iglesias de Caledonian Road ni el bullicio del mercado de
Islington y los guardias apostados en la puerta cumplían
estrictamente la orden de no dirigirle la palabra. El sheriff
le puso las esposas y le indicó que saliera delante de él. ¿Le
traería su abogado alguna buena noticia? ¿Se habría reunido
el gabinete y tomado una decisión? Acaso la mirada del
sheriff, más cargada que nunca del disgusto que le inspiraba,
se debía a que le habían conmutado la pena. Iba caminando
por el largo pasillo de ladrillos rojos ennegrecidos por la
suciedad, entre las puertas metálicas de las celdas y unos
muros descoloridos en los que cada veinte o veinticinco
pasos había una alta ventana enrejada por la que alcanzaba
14
a divisar un pedacito de cielo grisáceo. ¿Por qué tenía tanto
frío? Era julio, el corazón del verano, no había razón para
ese hielo que le erizaba la piel.
Al entrar al estrecho locutorio de las visitas, se afligió.
Quien lo esperaba allí no era su abogado, maître George
Gavan Duffy, sino uno de sus ayudantes, un joven rubio
y desencajado, de pómulos salientes, vestido como un petimetre,
a quien había visto durante los cuatro días del
juicio llevando y trayendo papeles a los abogados de la
defensa. ¿Por qué maître Gavan Duffy, en vez de venir en
persona, mandaba a uno de sus pasantes?
El joven le echó una mirada fría. En sus pupilas
había enojo y asco. ¿Qué le ocurría a este imbécil? «Me
mira como si yo fuera una alimaña», pensó Roger.
—¿Alguna novedad?
El joven negó con la cabeza. Tomó aire antes de
hablar:
—Sobre el pedido de indulto, todavía —murmuró,
con sequedad, haciendo una mueca que lo desencajaba
aún más—. Hay que esperar que se reúna el Consejo de
Ministros.
A Roger le molestaba la presencia del sheriff y del
otro guardia en el pequeño locutorio. Aunque permanecían
silenciosos e inmóviles, sabía que estaban pendientes
de todo lo que decían. Esa idea le oprimía el pecho y dificultaba
su respiración.
—Pero, teniendo en cuenta los últimos acontecimientos
—añadió el joven rubio, pestañeando por primera
vez y abriendo y cerrando la boca con exageración—,
todo se ha vuelto ahora más difícil.
—A Pentonville Prison no llegan las noticias de
afuera. ¿Qué ha ocurrido?
¿Y si el Almirantazgo alemán se había decidido por
fin a atacar a Gran Bretaña desde las costas de Irlanda?
¿Y si la soñada invasión tenía lugar y los cañones del Káiser
vengaban en estos mismos momentos a los patriotas
15
irlandeses fusilados por los ingleses en el Alzamiento de
Semana Santa? Si la guerra había tomado ese rumbo, sus
planes se realizaban, pese a todo.
—Ahora se ha vuelto difícil, acaso imposible, tener
éxito —repitió el pasante. Estaba pálido, contenía su indignación
y Roger adivinaba bajo la piel blancuzca de su tez su
calavera. Presintió que, a sus espaldas, el sheriff sonreía.
—¿De qué habla usted? El señor Gavan Duffy estaba
optimista respecto a la petición. ¿Qué ha sucedido
para que cambiara de opinión?
—Sus diarios —silabeó el joven, con otra mueca
de disgusto. Había bajado la voz y a Roger le costaba trabajo
escucharlo—. Los descubrió Scotland Yard, en su
casa de Ebury Street.
Hizo una larga pausa, esperando que Roger dijera
algo. Pero como éste había enmudecido, dio rienda suelta
a su indignación y torció la boca:
—Cómo pudo ser tan insensato, hombre de Dios
—hablaba con una lentitud que hacía más patente su rabia—.
Cómo pudo usted poner en tinta y papel semejantes
cosas, hombre de Dios. Y, si lo hizo, cómo no tomó la
precaución elemental de destruir esos diarios antes de ponerse
a conspirar contra el Imperio británico.
«Es un insulto que este imberbe me llame “hombre
de Dios”», pensó Roger. Era un maleducado, porque a
este mozalbete amanerado él, cuando menos, le doblaba
la edad.
—Fragmentos de esos diarios circulan ahora por
todas partes —añadió el pasante, más sereno, aunque siempre
disgustado, ahora sin mirarlo—. En el Almirantazgo,
el vocero del ministro, el capitán de navío Reginald Hall
en persona, ha entregado copias a decenas de periodistas.
Están por todo Londres. En el Parlamento, en la Cámara
de los Lores, en los clubes liberales y conservadores, en las
redacciones, en las iglesias. No se habla de otra cosa en la
ciudad.
16
Roger no decía nada. No se movía. Tenía, otra vez,
esa extraña sensación que se había apoderado de él muchas
veces en los últimos meses, desde aquella mañana gris y
lluviosa de abril de 1916 en que, aterido de frío, fue arrestado
entre las ruinas de McKenna’s Fort, en el sur de Irlanda:
no se trataba de él, era otro de quien hablaban, otro
a quien le ocurrían estas cosas.
—Ya sé que su vida privada no es asunto mío, ni del
señor Gavan Duffy ni de nadie —añadió el joven pasante,
esforzándose por rebajar la cólera que impregnaba su voz—.
Se trata de un asunto estrictamente profesional. El señor
Gavan Duffy ha querido ponerlo al corriente de la situación.
Y prevenirlo. La petición de clemencia puede verse comprometida.
Esta mañana, en algunos periódicos ya hay protestas,
infidencias, rumores sobre el contenido de sus diarios. La
opinión pública favorable a la petición podría verse afectada.
Una mera suposición, desde luego. El señor Gavan Duffy lo
tendrá informado. ¿Desea que le transmita algún mensaje?
El prisionero negó, con un movimiento casi imperceptible
de la cabeza. En el acto, giró sobre sí mismo, encarando
la puerta del locutorio. El sheriff hizo una indicación
con su cara mofletuda al guardia. Éste corrió el pesado
cerrojo y la puerta se abrió. El regreso a la celda le resultó
interminable. Durante el recorrido por el largo pasillo de
pétreas paredes de ladrillos rojinegros tuvo la sensación
de que en cualquier momento tropezaría y caería de bruces
sobre esas piedras húmedas y no volvería a levantarse.
Al llegar a la puerta metálica de la celda, recordó: el día
que lo trajeron a Pentonville Prison el sheriff le dijo que
todos los reos que ocuparon esta celda, sin una excepción,
habían terminado en el patíbulo.
—¿Podré tomar un baño, hoy? —preguntó, antes
de entrar.
El obeso carcelero negó con la cabeza, mirándolo
a los ojos con la misma repugnancia que Roger había advertido
en la mirada del pasante.
17
—No podrá bañarse hasta el día de la ejecución
—dijo el sheriff, saboreando cada palabra—. Y, ese día,
sólo si es su última voluntad. Otros, en vez del baño, prefieren
una buena comida. Mal negocio para Mr. Ellis,
porque entonces, cuando sienten la soga, se cagan. Y dejan
el lugar hecho una mugre. Mr. Ellis es el verdugo, por si
no lo sabe.
Cuando sintió cerrarse la puerta a sus espaldas, fue
a tumbarse boca arriba en el pequeño camastro. Cerró los
ojos. Hubiera sido bueno sentir el agua fría de ese caño
enervándole la piel y azulándola de frío. En Pentonville
Prison, los reos, con excepción de los condenados a muerte,
podían bañarse con jabón una vez por semana en ese
chorro de agua fría. Y las condiciones de las celdas eran
pasables. En cambio, recordó con un escalofrío la suciedad
de la cárcel de Brixton, donde se había llenado de piojos
y pulgas que pululaban en el colchón de su camastro y le
habían cubierto de picaduras la espalda, las piernas y los
brazos. Procuraba pensar en eso, pero una y otra vez volvían
a su memoria la cara disgustada y la voz odiosa del
rubio pasante ataviado como un figurín que le había enviado
maître Gavan Duffy en vez de venir él en persona
a darle las malas noticias.
El sueño del celta
ALFAGUARA HISPANICA
Para Álvaro, Gonzalo y Morgana.
Y para Josefina, Leandro,
Ariadna, Aitana, Isabella y Anaís.
Cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno,
sino muchos. Y estas personalidades sucesivas, que
emergen las unas de las otras, suelen ofrecer entre sí
los más raros y asombrosos contrastes.
josé enrique rodó
Motivos de Proteo
El Congo
I
Cuando abrieron la puerta de la celda, con el chorro
de luz y un golpe de viento entró también el ruido de
la calle que los muros de piedra apagaban y Roger se despertó,
asustado. Pestañeando, confuso todavía, luchando
por serenarse, divisó, recostada en el vano de la puerta, la
silueta del sheriff. Su cara flácida, de rubios bigotes y ojillos
maledicentes, lo contemplaba con la antipatía que nunca
había tratado de disimular. He aquí alguien que sufriría si
el Gobierno inglés le concedía el pedido de clemencia.
—Visita —murmuró el sheriff, sin quitarle los ojos
de encima.
Se puso de pie, frotándose los brazos. ¿Cuánto había
dormido? Uno de los suplicios de Pentonville Prison era no
saber la hora. En la cárcel de Brixton y en la Torre de Londres
escuchaba las campanadas que marcaban las medias
horas y las horas; aquí, las espesas paredes no dejaban llegar
al interior de la prisión el revuelo de las campanas de las
iglesias de Caledonian Road ni el bullicio del mercado de
Islington y los guardias apostados en la puerta cumplían
estrictamente la orden de no dirigirle la palabra. El sheriff
le puso las esposas y le indicó que saliera delante de él. ¿Le
traería su abogado alguna buena noticia? ¿Se habría reunido
el gabinete y tomado una decisión? Acaso la mirada del
sheriff, más cargada que nunca del disgusto que le inspiraba,
se debía a que le habían conmutado la pena. Iba caminando
por el largo pasillo de ladrillos rojos ennegrecidos por la
suciedad, entre las puertas metálicas de las celdas y unos
muros descoloridos en los que cada veinte o veinticinco
pasos había una alta ventana enrejada por la que alcanzaba
14
a divisar un pedacito de cielo grisáceo. ¿Por qué tenía tanto
frío? Era julio, el corazón del verano, no había razón para
ese hielo que le erizaba la piel.
Al entrar al estrecho locutorio de las visitas, se afligió.
Quien lo esperaba allí no era su abogado, maître George
Gavan Duffy, sino uno de sus ayudantes, un joven rubio
y desencajado, de pómulos salientes, vestido como un petimetre,
a quien había visto durante los cuatro días del
juicio llevando y trayendo papeles a los abogados de la
defensa. ¿Por qué maître Gavan Duffy, en vez de venir en
persona, mandaba a uno de sus pasantes?
El joven le echó una mirada fría. En sus pupilas
había enojo y asco. ¿Qué le ocurría a este imbécil? «Me
mira como si yo fuera una alimaña», pensó Roger.
—¿Alguna novedad?
El joven negó con la cabeza. Tomó aire antes de
hablar:
—Sobre el pedido de indulto, todavía —murmuró,
con sequedad, haciendo una mueca que lo desencajaba
aún más—. Hay que esperar que se reúna el Consejo de
Ministros.
A Roger le molestaba la presencia del sheriff y del
otro guardia en el pequeño locutorio. Aunque permanecían
silenciosos e inmóviles, sabía que estaban pendientes
de todo lo que decían. Esa idea le oprimía el pecho y dificultaba
su respiración.
—Pero, teniendo en cuenta los últimos acontecimientos
—añadió el joven rubio, pestañeando por primera
vez y abriendo y cerrando la boca con exageración—,
todo se ha vuelto ahora más difícil.
—A Pentonville Prison no llegan las noticias de
afuera. ¿Qué ha ocurrido?
¿Y si el Almirantazgo alemán se había decidido por
fin a atacar a Gran Bretaña desde las costas de Irlanda?
¿Y si la soñada invasión tenía lugar y los cañones del Káiser
vengaban en estos mismos momentos a los patriotas
15
irlandeses fusilados por los ingleses en el Alzamiento de
Semana Santa? Si la guerra había tomado ese rumbo, sus
planes se realizaban, pese a todo.
—Ahora se ha vuelto difícil, acaso imposible, tener
éxito —repitió el pasante. Estaba pálido, contenía su indignación
y Roger adivinaba bajo la piel blancuzca de su tez su
calavera. Presintió que, a sus espaldas, el sheriff sonreía.
—¿De qué habla usted? El señor Gavan Duffy estaba
optimista respecto a la petición. ¿Qué ha sucedido
para que cambiara de opinión?
—Sus diarios —silabeó el joven, con otra mueca
de disgusto. Había bajado la voz y a Roger le costaba trabajo
escucharlo—. Los descubrió Scotland Yard, en su
casa de Ebury Street.
Hizo una larga pausa, esperando que Roger dijera
algo. Pero como éste había enmudecido, dio rienda suelta
a su indignación y torció la boca:
—Cómo pudo ser tan insensato, hombre de Dios
—hablaba con una lentitud que hacía más patente su rabia—.
Cómo pudo usted poner en tinta y papel semejantes
cosas, hombre de Dios. Y, si lo hizo, cómo no tomó la
precaución elemental de destruir esos diarios antes de ponerse
a conspirar contra el Imperio británico.
«Es un insulto que este imberbe me llame “hombre
de Dios”», pensó Roger. Era un maleducado, porque a
este mozalbete amanerado él, cuando menos, le doblaba
la edad.
—Fragmentos de esos diarios circulan ahora por
todas partes —añadió el pasante, más sereno, aunque siempre
disgustado, ahora sin mirarlo—. En el Almirantazgo,
el vocero del ministro, el capitán de navío Reginald Hall
en persona, ha entregado copias a decenas de periodistas.
Están por todo Londres. En el Parlamento, en la Cámara
de los Lores, en los clubes liberales y conservadores, en las
redacciones, en las iglesias. No se habla de otra cosa en la
ciudad.
16
Roger no decía nada. No se movía. Tenía, otra vez,
esa extraña sensación que se había apoderado de él muchas
veces en los últimos meses, desde aquella mañana gris y
lluviosa de abril de 1916 en que, aterido de frío, fue arrestado
entre las ruinas de McKenna’s Fort, en el sur de Irlanda:
no se trataba de él, era otro de quien hablaban, otro
a quien le ocurrían estas cosas.
—Ya sé que su vida privada no es asunto mío, ni del
señor Gavan Duffy ni de nadie —añadió el joven pasante,
esforzándose por rebajar la cólera que impregnaba su voz—.
Se trata de un asunto estrictamente profesional. El señor
Gavan Duffy ha querido ponerlo al corriente de la situación.
Y prevenirlo. La petición de clemencia puede verse comprometida.
Esta mañana, en algunos periódicos ya hay protestas,
infidencias, rumores sobre el contenido de sus diarios. La
opinión pública favorable a la petición podría verse afectada.
Una mera suposición, desde luego. El señor Gavan Duffy lo
tendrá informado. ¿Desea que le transmita algún mensaje?
El prisionero negó, con un movimiento casi imperceptible
de la cabeza. En el acto, giró sobre sí mismo, encarando
la puerta del locutorio. El sheriff hizo una indicación
con su cara mofletuda al guardia. Éste corrió el pesado
cerrojo y la puerta se abrió. El regreso a la celda le resultó
interminable. Durante el recorrido por el largo pasillo de
pétreas paredes de ladrillos rojinegros tuvo la sensación
de que en cualquier momento tropezaría y caería de bruces
sobre esas piedras húmedas y no volvería a levantarse.
Al llegar a la puerta metálica de la celda, recordó: el día
que lo trajeron a Pentonville Prison el sheriff le dijo que
todos los reos que ocuparon esta celda, sin una excepción,
habían terminado en el patíbulo.
—¿Podré tomar un baño, hoy? —preguntó, antes
de entrar.
El obeso carcelero negó con la cabeza, mirándolo
a los ojos con la misma repugnancia que Roger había advertido
en la mirada del pasante.
17
—No podrá bañarse hasta el día de la ejecución
—dijo el sheriff, saboreando cada palabra—. Y, ese día,
sólo si es su última voluntad. Otros, en vez del baño, prefieren
una buena comida. Mal negocio para Mr. Ellis,
porque entonces, cuando sienten la soga, se cagan. Y dejan
el lugar hecho una mugre. Mr. Ellis es el verdugo, por si
no lo sabe.
Cuando sintió cerrarse la puerta a sus espaldas, fue
a tumbarse boca arriba en el pequeño camastro. Cerró los
ojos. Hubiera sido bueno sentir el agua fría de ese caño
enervándole la piel y azulándola de frío. En Pentonville
Prison, los reos, con excepción de los condenados a muerte,
podían bañarse con jabón una vez por semana en ese
chorro de agua fría. Y las condiciones de las celdas eran
pasables. En cambio, recordó con un escalofrío la suciedad
de la cárcel de Brixton, donde se había llenado de piojos
y pulgas que pululaban en el colchón de su camastro y le
habían cubierto de picaduras la espalda, las piernas y los
brazos. Procuraba pensar en eso, pero una y otra vez volvían
a su memoria la cara disgustada y la voz odiosa del
rubio pasante ataviado como un figurín que le había enviado
maître Gavan Duffy en vez de venir él en persona
a darle las malas noticias.
Un Peruano Universal, The Economist
A universal Peruvian
Oct 7th 2010, 17:02 by M.R. | LONDON
IT HAD seemed inevitable that Mario Vargas Llosa was condemned to join the list of great writers never to receive the Nobel prize, while many of lesser talent but more fashionable views were honoured. So this year’s award is welcome, if overdue, recognition for the most accomplished living Latin American novelist and writer.
In its citation, the committee commends Mr Vargas Llosa for “his cartography of structures of power and his trenchant images of the individual’s resistance, revolt, and defeat.” These themes are treated most powerfully in what are perhaps his two finest novels, written more than three decades apart. “Conversation in the Cathedral”, an early work of astonishing maturity, is set in Peru in the 1950s during a military dictatorship. “The Feast of the Goat”, published in 2000 (and reviewed by The Economist), explores the cruel regime of General Trujillo in the Dominican Republic. While novels about dictators are a staple of Latin American literature, Mr Vargas Llosa took the genre beyond political denunciation, crafting subtle studies of the psychology of absolute power and its corruption of human integrity. These are themes he returns to in his latest book, "El Sueño del Celta" (“The Dream of the Celt”), a novel about Roger Casement, an Anglo-Irish diplomat and early crusader for human rights, which is published in Spanish this month.
Born in Arequipa in southern Peru in 1936, Mr Vargas Llosa’s early works are rich with the flavours and injustices of his native country. “La Ciudad y los Perros”, whose poorly chosen title in English is “The Time of the Hero”, is a clammily claustrophobic fictional account of the author’s unhappy experience as a teenager in Lima’s Military College. His complex and contradictory feelings about Peru are a constant strand in his work, but his themes and increasingly his subjects are universal. Another recurring theme is the search for utopia, and its often tragic consequnces, political or personal, which he explores in different ways in “The War of the End of the World”, “The Real Life of Alejandro Mayta” and “The Way to Paradise”, a study in counterpoint of the lives of Paul Gauguin, a painter, and his Franco-Peruvian grandmother, Flora Tristán, an early feminist (reviewed by The Economist).
Mr Vargas Llosa’s prose lacks the poetic intensity of Gabriel Garcia Marquez, his Colombian near-contemporary (and the last South American* writer to win the Nobel, in 1982). But he more than makes up for this with his greater intellectual depth, subtlety and authorial rigour. His books are meticulously researched and carefully crafted. He writes every morning, and corrects his manuscripts three times, using different coloured ink. His style shows the influence of Flaubert and Sartre, but also the Spanish picaresque tradition. He is extraordinarily versatile and prolific. His novels include lighter, comic works, such as the autobiographical “Aunt Julia and the Scriptwriter” and the recent “The Bad Girl”. But he has also written plays, works of literary criticism and political essays, as well as a longstanding fortnightly column in Spain’s El País newspaper.
A youthful enthusiasm for the Cuban revolution quickly gave way in Mr Vargas Llosa to a trenchant liberalism. This often made him unpopular in Latin America. He was equally critical of Fidel Castro and of Peru’s conservative strongman, Alberto Fujimori. He abhors the nationalism that is the default tool of so many Latin American politicians, and espouses a universal humanism. His passionate belief in the cause of liberty led him into active politics. In 1990 he ran for president of Peru. Fortunately for the cause of literature, he lost. Once a polarising national figure, he is now universally respected as the country’s moral conscience. As well as a great novelist, Mr Vargas Llosa has become Latin America’s most influential liberal thinker. Now 74, he shows no sign of slowing down.
Oct 7th 2010, 17:02 by M.R. | LONDON
IT HAD seemed inevitable that Mario Vargas Llosa was condemned to join the list of great writers never to receive the Nobel prize, while many of lesser talent but more fashionable views were honoured. So this year’s award is welcome, if overdue, recognition for the most accomplished living Latin American novelist and writer.
In its citation, the committee commends Mr Vargas Llosa for “his cartography of structures of power and his trenchant images of the individual’s resistance, revolt, and defeat.” These themes are treated most powerfully in what are perhaps his two finest novels, written more than three decades apart. “Conversation in the Cathedral”, an early work of astonishing maturity, is set in Peru in the 1950s during a military dictatorship. “The Feast of the Goat”, published in 2000 (and reviewed by The Economist), explores the cruel regime of General Trujillo in the Dominican Republic. While novels about dictators are a staple of Latin American literature, Mr Vargas Llosa took the genre beyond political denunciation, crafting subtle studies of the psychology of absolute power and its corruption of human integrity. These are themes he returns to in his latest book, "El Sueño del Celta" (“The Dream of the Celt”), a novel about Roger Casement, an Anglo-Irish diplomat and early crusader for human rights, which is published in Spanish this month.
Born in Arequipa in southern Peru in 1936, Mr Vargas Llosa’s early works are rich with the flavours and injustices of his native country. “La Ciudad y los Perros”, whose poorly chosen title in English is “The Time of the Hero”, is a clammily claustrophobic fictional account of the author’s unhappy experience as a teenager in Lima’s Military College. His complex and contradictory feelings about Peru are a constant strand in his work, but his themes and increasingly his subjects are universal. Another recurring theme is the search for utopia, and its often tragic consequnces, political or personal, which he explores in different ways in “The War of the End of the World”, “The Real Life of Alejandro Mayta” and “The Way to Paradise”, a study in counterpoint of the lives of Paul Gauguin, a painter, and his Franco-Peruvian grandmother, Flora Tristán, an early feminist (reviewed by The Economist).
Mr Vargas Llosa’s prose lacks the poetic intensity of Gabriel Garcia Marquez, his Colombian near-contemporary (and the last South American* writer to win the Nobel, in 1982). But he more than makes up for this with his greater intellectual depth, subtlety and authorial rigour. His books are meticulously researched and carefully crafted. He writes every morning, and corrects his manuscripts three times, using different coloured ink. His style shows the influence of Flaubert and Sartre, but also the Spanish picaresque tradition. He is extraordinarily versatile and prolific. His novels include lighter, comic works, such as the autobiographical “Aunt Julia and the Scriptwriter” and the recent “The Bad Girl”. But he has also written plays, works of literary criticism and political essays, as well as a longstanding fortnightly column in Spain’s El País newspaper.
A youthful enthusiasm for the Cuban revolution quickly gave way in Mr Vargas Llosa to a trenchant liberalism. This often made him unpopular in Latin America. He was equally critical of Fidel Castro and of Peru’s conservative strongman, Alberto Fujimori. He abhors the nationalism that is the default tool of so many Latin American politicians, and espouses a universal humanism. His passionate belief in the cause of liberty led him into active politics. In 1990 he ran for president of Peru. Fortunately for the cause of literature, he lost. Once a polarising national figure, he is now universally respected as the country’s moral conscience. As well as a great novelist, Mr Vargas Llosa has become Latin America’s most influential liberal thinker. Now 74, he shows no sign of slowing down.
sábado, 25 de septiembre de 2010
David Fischman en Chiclayo
DAVID FISCHMAN EN CHICLAYO
Por: Jesús Castillo More
Profesor de la Universidad de Lambayeque.
“El verdadero líder es aquél que tiene un poder interno generado por su propio desarrollo emocional y espiritual. No busca liderar para obtener el poder; por el contrario, usa su propio poder interno para liderar con sabiduría y servir a los demás.”
Esta es la carta de presentación de David Fischman, autor de los libros El Camino del Líder, El Espejo del Líder, El Secreto de las Siete Semillas, El Líder Transformador y El Líder Interior; que invitado por la Universidad de Lambayeque, estará en Chiclayo el viernes 22 de Octubre próximo, para ofrecernos la Conferencia Taller “La Alta Rentabilidad de la Felicidad”.
En El Camino del Líder, publicado hace una década, Fischman ya nos enseñaba que el líder debe hacer explícito lo que es importante para él; debe manifestar cuáles son sus valores y actuar basado en ellos. Los valores son absolutos y relativos. Los primeros son inherentes al ser humano: no cambian y son los principios universales. Rigen la interrelación de las personas: Honestidad, Respeto, Justicia y Amor. Los valores relativos varían de persona a persona. Cambian en el tiempo según la situación: Eficiencia, Ahorro, Orden. En un territorio cambiante, los mapas devienen obsoletos. En cambio, una brújula, nos da la dirección correcta para cada decisión. Los valores relativos son como el mapa; los valores absolutos o principios, son como la brújula. Son los principios los que señalan siempre el verdadero norte, para evitar disonancias entre lo que se dice y lo que se hace. Para formar personas, obviamente hay que actuar como personas!
En el epílogo de El Camino del Líder, Fischman concluye que servir a los demás es un camino para encontrar a Dios. “Cuando servimos, nos llenamos de alegría. Cuando servimos, estamos actuando como si no hubiera separación entre nosotros. Servir nos conecta con Dios, nos da felicidad y salud”
En El Líder Transformador, Fischman sostiene que éste orienta sus esfuerzos precisamente hacia causas trascendentales: el desarrollo de las personas y de su entorno. “Lo notable del liderazgo transformador consiste en movilizar a las personas hacia causas que tienen un significado mayor que uno mismo, hacia principios que mejoren el mundo”. En “El Líder Interior”, Fischman aborda el liderazgo personal; pues “No podemos ser verdaderos líderes transformadores si, primero, nosotros mismos no evolucionamos como personas”. “En mis anteriores escritos, he comentado sobre la importancia del liderazgo personal, enfatizando en temas como la autoestima, la creatividad, la ética, entre otros. En El Líder Interior profundizo, además, en los temas del conocimiento de uno mismo, del poder de la actitud en la vida, de la inteligencia espiritual y de la comunicación.”
Esperemos que reflexiones nos trae el experto en liderazgo David Fischman, en su Conferencia Taller “La Alta Rentabilidad de la Felicidad”, que tendrá lugar, previa inscripción, en la explanada de la Universidad de Lambayeque, el viernes 22 de Octubre a las 7pm.
Por: Jesús Castillo More
Profesor de la Universidad de Lambayeque.
“El verdadero líder es aquél que tiene un poder interno generado por su propio desarrollo emocional y espiritual. No busca liderar para obtener el poder; por el contrario, usa su propio poder interno para liderar con sabiduría y servir a los demás.”
Esta es la carta de presentación de David Fischman, autor de los libros El Camino del Líder, El Espejo del Líder, El Secreto de las Siete Semillas, El Líder Transformador y El Líder Interior; que invitado por la Universidad de Lambayeque, estará en Chiclayo el viernes 22 de Octubre próximo, para ofrecernos la Conferencia Taller “La Alta Rentabilidad de la Felicidad”.
En El Camino del Líder, publicado hace una década, Fischman ya nos enseñaba que el líder debe hacer explícito lo que es importante para él; debe manifestar cuáles son sus valores y actuar basado en ellos. Los valores son absolutos y relativos. Los primeros son inherentes al ser humano: no cambian y son los principios universales. Rigen la interrelación de las personas: Honestidad, Respeto, Justicia y Amor. Los valores relativos varían de persona a persona. Cambian en el tiempo según la situación: Eficiencia, Ahorro, Orden. En un territorio cambiante, los mapas devienen obsoletos. En cambio, una brújula, nos da la dirección correcta para cada decisión. Los valores relativos son como el mapa; los valores absolutos o principios, son como la brújula. Son los principios los que señalan siempre el verdadero norte, para evitar disonancias entre lo que se dice y lo que se hace. Para formar personas, obviamente hay que actuar como personas!
En el epílogo de El Camino del Líder, Fischman concluye que servir a los demás es un camino para encontrar a Dios. “Cuando servimos, nos llenamos de alegría. Cuando servimos, estamos actuando como si no hubiera separación entre nosotros. Servir nos conecta con Dios, nos da felicidad y salud”
En El Líder Transformador, Fischman sostiene que éste orienta sus esfuerzos precisamente hacia causas trascendentales: el desarrollo de las personas y de su entorno. “Lo notable del liderazgo transformador consiste en movilizar a las personas hacia causas que tienen un significado mayor que uno mismo, hacia principios que mejoren el mundo”. En “El Líder Interior”, Fischman aborda el liderazgo personal; pues “No podemos ser verdaderos líderes transformadores si, primero, nosotros mismos no evolucionamos como personas”. “En mis anteriores escritos, he comentado sobre la importancia del liderazgo personal, enfatizando en temas como la autoestima, la creatividad, la ética, entre otros. En El Líder Interior profundizo, además, en los temas del conocimiento de uno mismo, del poder de la actitud en la vida, de la inteligencia espiritual y de la comunicación.”
Esperemos que reflexiones nos trae el experto en liderazgo David Fischman, en su Conferencia Taller “La Alta Rentabilidad de la Felicidad”, que tendrá lugar, previa inscripción, en la explanada de la Universidad de Lambayeque, el viernes 22 de Octubre a las 7pm.
viernes, 24 de septiembre de 2010
Los doce pilares de la competitividad I
LOS DOCE PILARES DE LA COMPETITIVIDAD (I)
Por: Jesús Castillo More
Profesor de la Universidad de Lambayeque (UDL)
Bajo la conducción del renombrado economista Español Xavier Sala-i-Martin, de la Universidad de Columbia, The World Economic Forum acaba de publicar el Informe de Competitividad Global 2010-2011, donde tras el análisis de 100 indicadores para 139 países, se ofrece información detallada del potencial productivo de las naciones y se establece un ranking mundial de competitividad encabezado por Suiza y Suecia.
El informe, contribuye al entendimiento de los factores clave que determinan el crecimiento económico, ayuda a explicar por qué algunos países son más exitosos que otros en elevar los niveles de ingreso y oportunidades para sus respectivas poblaciones, y ofrece a los que toman decisiones políticas y líderes empresariales, una importante herramienta en la formulación de mejores políticas económicas y reformas institucionales.
Por más de 30 años, el Foro Económico Mundial ha brindado esta información, y desde el año 2005, ha basado su análisis en el Índice Global de Competitividad (GCI), que es un índice altamente exhaustivo para medir la competitividad nacional, que captura los fundamentos micro y macroeconómicos de la competitividad nacional.
El Foro, define competitividad como el conjunto de instituciones políticas y factores que determinan el nivel de productividad de un país.
El nivel de productividad, a su vez, establece el nivel sustentable de prosperidad que puede ser ganada por la economía de un país. En otras palabras, economías más competitivas, tienden a ser capaces de generar niveles de ingreso más altos para sus habitantes.
El nivel de productividad también determina las tasas de retorno obtenidas por inversiones (física, humana y tecnológica) en un país. Debido a que estas tasas de retorno son las determinantes fundamentales de la tasa de crecimiento de la economía, una economía más competitiva es aquella que crece más rápido en el mediano y largo plazo.
El concepto de competitividad involucra así componentes estáticos y dinámicos: aunque la productividad de un país, claramente determina su capacidad para sostener un alto nivel de ingreso, es también una de las determinantes centrales de los retornos de la inversión, que es uno de los factores clave que explican un crecimiento potencial de la economía.
La economía peruana creció en promedio 6.7% entre los años 2002 y 2009 y se espera crezca 6,3% el presente año. El Foro, considera que este buen resultado es consecuencia de una acertada política macroeconómica seguida en la última década, liberalización de sus mercados de bienes y servicios, esfuerzos por alentar el comercio interno y externo, lo que le ha permitido escalar en el ranking desde el puesto 78 del año pasado al 73 ahora. Sin embargo, señala el Foro, el Perú enfrenta desafíos a la competitividad que deben ser enfrentados mediante mejoras en el pobre ambiente institucional, mejorando la calidad y acceso al sistema educativo en todos los niveles, reformar la capacidad para absorber tecnología y generar innovación.
El Foro, clasifica los países en tres etapas del desarrollo. En la primera están países como Etiopía, Bangladesh, Ghana, Nigeria, Uganda, India, Pakistán, Bolivia y Nicaragua. En la segunda etapa está Perú junto con Argentina, Brasil, China, Colombia, Ecuador, México, Sudáfrica y Panamá. Chile, que se mantiene en el puesto 30 del ranking, está en transición de la etapa 2 a la 3 junto con Uruguay y Portugal.
En la etapa 3 están posesionados Suiza, Suecia, Canadá, Francia, Alemania, Japón, Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos, que con la reciente crisis mundial sufrió un bajón en su ubicación al pasar del puesto 2 al 4. España pasó del puesto 33 al 42. Entre los países menos competitivos, Venezuela ha pasado del puesto 113 al 122, Ecuador está en el 105, Bolivia 108 y Nicaragua en el 112.
Hay muchos determinantes de la productividad y competitividad de un país que son capturados por el GCI y agrupados en doce pilares básicos. En el próximo artículo abordaré cada uno de éstos, que precisamente serán discutidos ampliamente bajo el título “Economía Mundial, Integración Subregional y Competitividad Nacional” en el XIX Congreso Nacional de Economistas del Perú, que organizado por el Colegio de Economistas de Piura y Tumbes, tendrá lugar del jueves 14 al sábado 16 de Octubre en el Club Grau de Piura.
Por: Jesús Castillo More
Profesor de la Universidad de Lambayeque (UDL)
Bajo la conducción del renombrado economista Español Xavier Sala-i-Martin, de la Universidad de Columbia, The World Economic Forum acaba de publicar el Informe de Competitividad Global 2010-2011, donde tras el análisis de 100 indicadores para 139 países, se ofrece información detallada del potencial productivo de las naciones y se establece un ranking mundial de competitividad encabezado por Suiza y Suecia.
El informe, contribuye al entendimiento de los factores clave que determinan el crecimiento económico, ayuda a explicar por qué algunos países son más exitosos que otros en elevar los niveles de ingreso y oportunidades para sus respectivas poblaciones, y ofrece a los que toman decisiones políticas y líderes empresariales, una importante herramienta en la formulación de mejores políticas económicas y reformas institucionales.
Por más de 30 años, el Foro Económico Mundial ha brindado esta información, y desde el año 2005, ha basado su análisis en el Índice Global de Competitividad (GCI), que es un índice altamente exhaustivo para medir la competitividad nacional, que captura los fundamentos micro y macroeconómicos de la competitividad nacional.
El Foro, define competitividad como el conjunto de instituciones políticas y factores que determinan el nivel de productividad de un país.
El nivel de productividad, a su vez, establece el nivel sustentable de prosperidad que puede ser ganada por la economía de un país. En otras palabras, economías más competitivas, tienden a ser capaces de generar niveles de ingreso más altos para sus habitantes.
El nivel de productividad también determina las tasas de retorno obtenidas por inversiones (física, humana y tecnológica) en un país. Debido a que estas tasas de retorno son las determinantes fundamentales de la tasa de crecimiento de la economía, una economía más competitiva es aquella que crece más rápido en el mediano y largo plazo.
El concepto de competitividad involucra así componentes estáticos y dinámicos: aunque la productividad de un país, claramente determina su capacidad para sostener un alto nivel de ingreso, es también una de las determinantes centrales de los retornos de la inversión, que es uno de los factores clave que explican un crecimiento potencial de la economía.
La economía peruana creció en promedio 6.7% entre los años 2002 y 2009 y se espera crezca 6,3% el presente año. El Foro, considera que este buen resultado es consecuencia de una acertada política macroeconómica seguida en la última década, liberalización de sus mercados de bienes y servicios, esfuerzos por alentar el comercio interno y externo, lo que le ha permitido escalar en el ranking desde el puesto 78 del año pasado al 73 ahora. Sin embargo, señala el Foro, el Perú enfrenta desafíos a la competitividad que deben ser enfrentados mediante mejoras en el pobre ambiente institucional, mejorando la calidad y acceso al sistema educativo en todos los niveles, reformar la capacidad para absorber tecnología y generar innovación.
El Foro, clasifica los países en tres etapas del desarrollo. En la primera están países como Etiopía, Bangladesh, Ghana, Nigeria, Uganda, India, Pakistán, Bolivia y Nicaragua. En la segunda etapa está Perú junto con Argentina, Brasil, China, Colombia, Ecuador, México, Sudáfrica y Panamá. Chile, que se mantiene en el puesto 30 del ranking, está en transición de la etapa 2 a la 3 junto con Uruguay y Portugal.
En la etapa 3 están posesionados Suiza, Suecia, Canadá, Francia, Alemania, Japón, Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos, que con la reciente crisis mundial sufrió un bajón en su ubicación al pasar del puesto 2 al 4. España pasó del puesto 33 al 42. Entre los países menos competitivos, Venezuela ha pasado del puesto 113 al 122, Ecuador está en el 105, Bolivia 108 y Nicaragua en el 112.
Hay muchos determinantes de la productividad y competitividad de un país que son capturados por el GCI y agrupados en doce pilares básicos. En el próximo artículo abordaré cada uno de éstos, que precisamente serán discutidos ampliamente bajo el título “Economía Mundial, Integración Subregional y Competitividad Nacional” en el XIX Congreso Nacional de Economistas del Perú, que organizado por el Colegio de Economistas de Piura y Tumbes, tendrá lugar del jueves 14 al sábado 16 de Octubre en el Club Grau de Piura.
Los doce pilares de la competitividad
LOS DOCE PILARES DE LA COMPETITIVIDAD (II)
Jesús Castillo More
Profesor de la Universidad de Lambayeque (UDL)
El Índice Global de Competitividad (GCI) considera cien indicadores para medir la competitividad de un país, agrupados en doce pilares que a su vez clasifica en: Requerimientos Básicos, claves para movilizar los factores de producción de la economía: Instituciones, Infraestructura, Ambiente Macroeconómico y Salud con educación primaria.
Impulsores de Eficiencia: Educación superior, Eficiencia de bienes y mercados, Eficiencia en el mercado de trabajo, Desarrollo de mercados financieros, Capacidad tecnológica, Tamaño del mercado.
Factores de Innovación y Modernización: Modernización empresarial, Innovación.
Estos doce pilares no son independientes: tienden a reforzarse entre si y la debilidad de un área a menudo tiene impacto negativo en otras áreas.
El ambiente institucional está determinado por el entorno legal y administrativo, dentro del cual los individuos, empresas y gobierno interactúan para generar ingreso y riqueza en la sociedad. La calidad de las instituciones tiene un fuerte peso sobre la competitividad y el crecimiento, esto influye las decisiones de inversión y la organización de la producción y juega un rol clave en las formas en que las sociedades distribuyen los beneficios y asumen los costos de desarrollar estrategias y políticas.
Contar con una Infraestructura extensiva y eficiente es crucial para asegurar el funcionamiento efectivo de la economía. Una infraestructura bien desarrollada reduce el efecto de la distancia entre regiones, integrando el mercado nacional, conectándolo a bajo costo a otros mercados en otras regiones y países. Modos efectivos de transporte, incluyendo la calidad de las carreteras, ferrocarriles, puertos, aeropuertos ayudan a los empresarios a lograr que sus bienes y servicios lleguen a mercados en forma segura y rápida y facilitan la movilidad de los trabajadores.
Aunque es cierto que la estabilidad macroeconómica por si sola no puede incrementar la productividad de un país, también es cierto que un descalabro macroeconómico perjudica la economía. Un déficit fiscal limita la capacidad futura del gobierno para reaccionar y prevenir un ciclo o crisis económica, asimismo la inflación es un estorbo.
Respecto a la salud y educación primaria, la educación básica aumenta la eficiencia de cada trabajador. La ausencia de educación básica puede convertirse en una restricción a los negocios y al desarrollo, haciendo difícil para las empresas movilizar la cadena de valor para producir bienes más sofisticados por falta de mano de obra calificada.
La economía globalizada de hoy, requiere que los países cuenten con trabajadores bien entrenados con educación y adiestramiento superior, que sean capaces de adaptarse rápidamente a un ambiente cambiante y a las necesidades del sistema de producción.
Se necesita eficiencia en la producción de bienes y en el mercado, las medidas proteccionistas devienen contraproducentes porque reducen la actividad económica agregada.
La eficiencia y flexibilidad del mercado de trabajo son cruciales para asegurar que los trabajadores sean asignados a su uso más eficiente en la economía, con las remuneraciones que les corresponde de acuerdo a su aporte a la producción de bienes y servicios, con los incentivos necesarios para motivarlos y dar su mejor esfuerzo en el trabajo. En consecuencia, los mercados de trabajo deben tener flexibilidad para desplazar trabajadores de una actividad a otra rápidamente.
Un sector financiero eficiente, asigna los recursos ahorrados interna y externamente a su uso más productivo. El sistema bancario debe ser transparente, los mercados financieros requieren regulación adecuada para proteger a los ahorristas e inversionistas.
En el mundo globalizado de hoy, la tecnología se ha convertido en un importante elemento para que las empresas compitan y prosperen. Las tecnologías de información y comunicación (TIC), se han convertido en el adalid de nuestro tiempo. Que la tecnología usada haya sido desarrollada o no en el país, es irrelevante para el objetivo de elevar la productividad. Es importante señalar que el nivel de tecnología disponible en un país necesita distinguirse de la capacidad del país para innovar y expandir las fronteras del conocimiento.
El tamaño del mercado afecta la productividad porque los grandes mercados permiten a las empresas aprovechar las economías de producción a gran escala.
Cuando los oferentes de un sector productivo están interconectados en grupos geográficamente vecinos, (Clusters), la eficiencia se eleva, se crean mayores oportunidades de innovación y se reducen las barreras para la entrada de nuevas empresas.
Finalmente, en el largo plazo, los estándares de vida pueden ser impulsados solo por la innovación tecnológica. Aunque los países menos desarrollados pueden todavía mejorar su productividad adaptando tecnologías existentes, o haciendo mejoras, para aquellos que han alcanzado la etapa de innovación del desarrollo, esto ya no es suficiente para aumentar la productividad. Esto significa invertir lo suficiente en investigación y desarrollo (I&D), especialmente en el sector privado; la presencia de instituciones de investigación de alta calidad científica, colaboración extensiva en investigación entre las universidades y la industria, que incluya la protección de la propiedad intelectual como única forma de mantener a los genios trabajando.
Jesús Castillo More
Profesor de la Universidad de Lambayeque (UDL)
El Índice Global de Competitividad (GCI) considera cien indicadores para medir la competitividad de un país, agrupados en doce pilares que a su vez clasifica en: Requerimientos Básicos, claves para movilizar los factores de producción de la economía: Instituciones, Infraestructura, Ambiente Macroeconómico y Salud con educación primaria.
Impulsores de Eficiencia: Educación superior, Eficiencia de bienes y mercados, Eficiencia en el mercado de trabajo, Desarrollo de mercados financieros, Capacidad tecnológica, Tamaño del mercado.
Factores de Innovación y Modernización: Modernización empresarial, Innovación.
Estos doce pilares no son independientes: tienden a reforzarse entre si y la debilidad de un área a menudo tiene impacto negativo en otras áreas.
El ambiente institucional está determinado por el entorno legal y administrativo, dentro del cual los individuos, empresas y gobierno interactúan para generar ingreso y riqueza en la sociedad. La calidad de las instituciones tiene un fuerte peso sobre la competitividad y el crecimiento, esto influye las decisiones de inversión y la organización de la producción y juega un rol clave en las formas en que las sociedades distribuyen los beneficios y asumen los costos de desarrollar estrategias y políticas.
Contar con una Infraestructura extensiva y eficiente es crucial para asegurar el funcionamiento efectivo de la economía. Una infraestructura bien desarrollada reduce el efecto de la distancia entre regiones, integrando el mercado nacional, conectándolo a bajo costo a otros mercados en otras regiones y países. Modos efectivos de transporte, incluyendo la calidad de las carreteras, ferrocarriles, puertos, aeropuertos ayudan a los empresarios a lograr que sus bienes y servicios lleguen a mercados en forma segura y rápida y facilitan la movilidad de los trabajadores.
Aunque es cierto que la estabilidad macroeconómica por si sola no puede incrementar la productividad de un país, también es cierto que un descalabro macroeconómico perjudica la economía. Un déficit fiscal limita la capacidad futura del gobierno para reaccionar y prevenir un ciclo o crisis económica, asimismo la inflación es un estorbo.
Respecto a la salud y educación primaria, la educación básica aumenta la eficiencia de cada trabajador. La ausencia de educación básica puede convertirse en una restricción a los negocios y al desarrollo, haciendo difícil para las empresas movilizar la cadena de valor para producir bienes más sofisticados por falta de mano de obra calificada.
La economía globalizada de hoy, requiere que los países cuenten con trabajadores bien entrenados con educación y adiestramiento superior, que sean capaces de adaptarse rápidamente a un ambiente cambiante y a las necesidades del sistema de producción.
Se necesita eficiencia en la producción de bienes y en el mercado, las medidas proteccionistas devienen contraproducentes porque reducen la actividad económica agregada.
La eficiencia y flexibilidad del mercado de trabajo son cruciales para asegurar que los trabajadores sean asignados a su uso más eficiente en la economía, con las remuneraciones que les corresponde de acuerdo a su aporte a la producción de bienes y servicios, con los incentivos necesarios para motivarlos y dar su mejor esfuerzo en el trabajo. En consecuencia, los mercados de trabajo deben tener flexibilidad para desplazar trabajadores de una actividad a otra rápidamente.
Un sector financiero eficiente, asigna los recursos ahorrados interna y externamente a su uso más productivo. El sistema bancario debe ser transparente, los mercados financieros requieren regulación adecuada para proteger a los ahorristas e inversionistas.
En el mundo globalizado de hoy, la tecnología se ha convertido en un importante elemento para que las empresas compitan y prosperen. Las tecnologías de información y comunicación (TIC), se han convertido en el adalid de nuestro tiempo. Que la tecnología usada haya sido desarrollada o no en el país, es irrelevante para el objetivo de elevar la productividad. Es importante señalar que el nivel de tecnología disponible en un país necesita distinguirse de la capacidad del país para innovar y expandir las fronteras del conocimiento.
El tamaño del mercado afecta la productividad porque los grandes mercados permiten a las empresas aprovechar las economías de producción a gran escala.
Cuando los oferentes de un sector productivo están interconectados en grupos geográficamente vecinos, (Clusters), la eficiencia se eleva, se crean mayores oportunidades de innovación y se reducen las barreras para la entrada de nuevas empresas.
Finalmente, en el largo plazo, los estándares de vida pueden ser impulsados solo por la innovación tecnológica. Aunque los países menos desarrollados pueden todavía mejorar su productividad adaptando tecnologías existentes, o haciendo mejoras, para aquellos que han alcanzado la etapa de innovación del desarrollo, esto ya no es suficiente para aumentar la productividad. Esto significa invertir lo suficiente en investigación y desarrollo (I&D), especialmente en el sector privado; la presencia de instituciones de investigación de alta calidad científica, colaboración extensiva en investigación entre las universidades y la industria, que incluya la protección de la propiedad intelectual como única forma de mantener a los genios trabajando.
domingo, 15 de agosto de 2010
RENTABILIDAD EN SOLES, DÓLARES, O EUROS
Jesús Castillo More (*)
El tipo de cambio es el precio en moneda nacional de una moneda extranjera. Este precio se establece por fuerzas de demanda y oferta de moneda extranjera, que están determinadas a su vez por la cuenta corriente (Balanza Comercial: exportaciones menos importaciones), y la cuenta de capital o financiera de la Balanza de Pagos (entrada o salida de activos financieros y dinero extranjero).
Bajo un sistema de tipo de cambio fijo, el Banco Central está dispuesto a comprar o vender la moneda extranjera que sea necesaria para mantener el precio establecido, a costa de aumento o pérdida de sus reservas internacionales. Si éstas se le agotan, el Banco Central decreta un tipo de cambio más alto, con lo que la moneda nacional se devalúa. En el caso contrario, se puede decretar una revaluación de la moneda nacional.
Con tipo de cambio flexible, el mercado de divisas es libre, con lo que la moneda nacional se puede apreciar o depreciar según lo que suceda con el tipo de cambio. Un alza en el tipo de cambio, es decir en el precio de la moneda extranjera, es una depreciación de la moneda nacional. Lo que está pasando ahora en el Perú es lo contrario: el sol se está apreciando respecto al dólar y al euro, como consecuencia de una mayor oferta de moneda extranjera.
El Banco Central de Reserva del Perú (BCR), sigue una política de tipo de cambio flexible con intervención, para evitar que éste sobrepase un techo o un piso. Si el tipo de cambio cae en exceso, el BCR entra a comprar dólares y si sube en exceso entra a vender. Su objetivo es mantener estable el tipo de cambio dentro de los límites establecidos.
Además de un superávit en la Balanza Comercial, el ingreso de moneda extranjera al Perú tiene lugar vía la cuenta de Capitales, originada en las diferentes tasas de interés determinadas en los mercados monetarios de Estados Unidos y Europa, respecto a la tasa de interés vigente en el Perú.
Si la tasa de interés del exterior es mayor que la nacional, hay una presión para la salida de moneda extranjera del país en busca de esa mayor rentabilidad. La situación actual es al revés, lo que explica la llegada masiva de dinero extranjero, que presiona para una apreciación del sol, que el BCR intenta impedir comprando moneda extranjera, con lo que la cantidad de soles en circulación aumenta, provocando presiones inflacionarias que tratan de ser absorbidas elevando las tasas de encaje.
Para comparar la rentabilidad de los depósitos en soles, dólares o euros, se necesitan dos datos: Primero, la tasa de interés en soles, dólares y en euros. Segundo, la variación esperada del tipo de cambio del sol respecto al dólar y al euro. Para saber si conviene depositar en soles, en dólares o en euros, la pregunta es: Si usamos soles para tener un depósito en soles, dólares o euros ¿Cuántos soles tendremos dentro de un año? Esto nos permite comparar el monto en soles hoy con el monto en soles dentro de un año.
El procedimiento para responder esta pregunta es: En primer lugar usamos el tipo de cambio actual del dólar y del euro, para calcular el precio en soles de un depósito en dólares o en euros. En segundo lugar, usamos la tasa de interés en soles, dólares o en euros, para determinar la cantidad de soles, dólares o euros que obtendremos después de un año de nuestro depósito inicial medido en soles. Finalmente, usamos el tipo de cambio esperado dentro de un año para calcular el valor en soles de los depósitos en dólares o euros, para poder apreciar la diferencia.
Dado el tipo de cambio actual de S/.2.8 soles por dólar, este es el precio en soles de un depósito de un dólar. Después de un año, el depósito en dólares al 2% de interés dará $1.02 dólares. Como no sabemos cuál será el tipo de cambio vigente dentro de un año, aquí entra a tallar el riesgo. Si se espera que el sol se aprecie respecto al dólar, de modo que dentro de un año el tipo de cambio sea de 2.7, estamos anticipando que dentro de un año el valor en soles del depósito en dólares será de 2.7 soles multiplicado por 1.02 dólares igual 2.754 soles. En este caso tenemos una rentabilidad negativa por ahorrar en dólares que resulta ser de (2.754 – 2.8)/2.8 = - 1.64% al año. La rentabilidad en soles es mayor vía mayor tasa de interés del sol y vía depreciación del dólar y apreciación del sol. Solo restaría que usted ubique cual de los intermediarios financieros le ofrece la más alta tasa de interés en soles por su dinero. Igual procedimiento se sigue para el euro.
(*) Profesor de la Universidad de Lambayeque (UDL).
Jesús Castillo More (*)
El tipo de cambio es el precio en moneda nacional de una moneda extranjera. Este precio se establece por fuerzas de demanda y oferta de moneda extranjera, que están determinadas a su vez por la cuenta corriente (Balanza Comercial: exportaciones menos importaciones), y la cuenta de capital o financiera de la Balanza de Pagos (entrada o salida de activos financieros y dinero extranjero).
Bajo un sistema de tipo de cambio fijo, el Banco Central está dispuesto a comprar o vender la moneda extranjera que sea necesaria para mantener el precio establecido, a costa de aumento o pérdida de sus reservas internacionales. Si éstas se le agotan, el Banco Central decreta un tipo de cambio más alto, con lo que la moneda nacional se devalúa. En el caso contrario, se puede decretar una revaluación de la moneda nacional.
Con tipo de cambio flexible, el mercado de divisas es libre, con lo que la moneda nacional se puede apreciar o depreciar según lo que suceda con el tipo de cambio. Un alza en el tipo de cambio, es decir en el precio de la moneda extranjera, es una depreciación de la moneda nacional. Lo que está pasando ahora en el Perú es lo contrario: el sol se está apreciando respecto al dólar y al euro, como consecuencia de una mayor oferta de moneda extranjera.
El Banco Central de Reserva del Perú (BCR), sigue una política de tipo de cambio flexible con intervención, para evitar que éste sobrepase un techo o un piso. Si el tipo de cambio cae en exceso, el BCR entra a comprar dólares y si sube en exceso entra a vender. Su objetivo es mantener estable el tipo de cambio dentro de los límites establecidos.
Además de un superávit en la Balanza Comercial, el ingreso de moneda extranjera al Perú tiene lugar vía la cuenta de Capitales, originada en las diferentes tasas de interés determinadas en los mercados monetarios de Estados Unidos y Europa, respecto a la tasa de interés vigente en el Perú.
Si la tasa de interés del exterior es mayor que la nacional, hay una presión para la salida de moneda extranjera del país en busca de esa mayor rentabilidad. La situación actual es al revés, lo que explica la llegada masiva de dinero extranjero, que presiona para una apreciación del sol, que el BCR intenta impedir comprando moneda extranjera, con lo que la cantidad de soles en circulación aumenta, provocando presiones inflacionarias que tratan de ser absorbidas elevando las tasas de encaje.
Para comparar la rentabilidad de los depósitos en soles, dólares o euros, se necesitan dos datos: Primero, la tasa de interés en soles, dólares y en euros. Segundo, la variación esperada del tipo de cambio del sol respecto al dólar y al euro. Para saber si conviene depositar en soles, en dólares o en euros, la pregunta es: Si usamos soles para tener un depósito en soles, dólares o euros ¿Cuántos soles tendremos dentro de un año? Esto nos permite comparar el monto en soles hoy con el monto en soles dentro de un año.
El procedimiento para responder esta pregunta es: En primer lugar usamos el tipo de cambio actual del dólar y del euro, para calcular el precio en soles de un depósito en dólares o en euros. En segundo lugar, usamos la tasa de interés en soles, dólares o en euros, para determinar la cantidad de soles, dólares o euros que obtendremos después de un año de nuestro depósito inicial medido en soles. Finalmente, usamos el tipo de cambio esperado dentro de un año para calcular el valor en soles de los depósitos en dólares o euros, para poder apreciar la diferencia.
Dado el tipo de cambio actual de S/.2.8 soles por dólar, este es el precio en soles de un depósito de un dólar. Después de un año, el depósito en dólares al 2% de interés dará $1.02 dólares. Como no sabemos cuál será el tipo de cambio vigente dentro de un año, aquí entra a tallar el riesgo. Si se espera que el sol se aprecie respecto al dólar, de modo que dentro de un año el tipo de cambio sea de 2.7, estamos anticipando que dentro de un año el valor en soles del depósito en dólares será de 2.7 soles multiplicado por 1.02 dólares igual 2.754 soles. En este caso tenemos una rentabilidad negativa por ahorrar en dólares que resulta ser de (2.754 – 2.8)/2.8 = - 1.64% al año. La rentabilidad en soles es mayor vía mayor tasa de interés del sol y vía depreciación del dólar y apreciación del sol. Solo restaría que usted ubique cual de los intermediarios financieros le ofrece la más alta tasa de interés en soles por su dinero. Igual procedimiento se sigue para el euro.
(*) Profesor de la Universidad de Lambayeque (UDL).
sábado, 17 de julio de 2010
Panorama Economico Internacional y del Peru, por Ricardo Lago
Panorama económico internacional y del Perú
17 de Julio del 2010
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LIMA | Panorama internacional. Desde que estalló la crisis, el periodismo económico ha venido focalizando secuencialmente problemas concretos: primero la contaminación planetaria de las hipotecas basura de EE.UU.; luego los pánicos bancarios y bursátiles y posteriores rescates con dinero público; a continuación la inyección monetaria contra la deflación y el neo-keynesianismo contra la recesión; ahora la crisis de solvencia soberana de los países europeos. En definitiva, vivimos en un continuo apagafuegos corriendo de un árbol a otro y a veces perdemos la perspectiva del devenir en el bosque entero.
El problema de fondo es el mal estado de las hojas de balance del sector público, familias e intermediarios financieros en casi todos los países desarrollados. Crisis típicas en la fase final de periodos prolongados de innovación y prosperidad. En el mejor de los casos, recomponer las hojas de balance llevará tiempo y requiere menos consumo, más ahorro privado, más impuestos y menos gasto público. Y en el peor de los casos, suspensiones de pagos e inflación alta. Los indicadores y las bolsas nos dicen que se está agotando la recuperación raquítica y renqueante de los últimos 12 meses. No hay salida fácil ni rápida. Estamos en la fase contractiva de uno de esos ciclos largos que describieron los economistas Schumpeter y Kuznets.
Bolsas. Nos "leen las cartas". La Bolsa de Shanghái no ha levantado cabeza desde la corrección de agosto del 2009. Mal presagio, pues es la economía china la que tira del carro. Las bolsas de EE.UU. y europeas parecen haber entrado en un nuevo mercado del Oso (o bajista), al haber caído ambos índices Dow-Jones industrial y Dow-Jones Transporte debajo de los niveles mínimos registrados en la corrección de principios de junio (la señal que propuso Charles Dow a principios del siglo XX). Es decir, el mercado alcista reciente habría durado 15 meses desde marzo del 2009. El analista Mark Hulbert nos recordaba hace unas semanas que desde 1900 han habido 33 mercados alcistas de ciclo corto (y tan sólo 3 de ciclo largo). De los 33, 13 han durado no más de 15 meses. Si analizamos los 20 que han excedido los 15 meses y comparamos el promedio de las valoraciones (relación de precio-utilidad o PE ratio), la bolsa de EE.UU. estaría ya sobrevaluada entre 15% y 20%. Seguimos en un mercado bajista de ciclo largo. La caída de las bolsas arrastrará al cobre y otros metales no preciosos. Mi pronóstico para el cobre es de 2 a 2.5 dólares la libra antes de junio del 2011.
Monedas. Hoy el dinero huye de Europa por temor a que se resquebraje la Zona Euro y se va a bonos del Tesoro de EE.UU., pero el aterrizaje en dólares no es final de viaje sino sólo "parada y fonda". La razón es que la deuda pública bruta de EE.UU. ya está en el entorno del 100% del PBI, y dados los déficits presupuestales actuales y previsibles, en pocos años se acercaría al nivel máximo histórico de 120% del PBI de la segunda post-guerra. Japón, con una deuda de 200% del PBI, tampoco es destino atractivo. A la larga no puede haber moneda fuerte emitida por país alguno sobreendeudado y con finanzas públicas débiles. Así que ni euro, ni dólar, ni yen, ni la libra. ¿Y qué queda? Pues el oro y otros metales preciosos y el estrechísimo mercado de los dólares canadiense, australiano y neozelandés, la corona noruega, el franco suizo y algunas monedas de emergentes: el yuan chino -que no es convertible-, el real brasileño, el sol peruano, el peso chileno, etc. Conclusión: el oro seguirá subiendo. Mi pronóstico es que lo veremos a 1,500 la onza antes de finales del 2010 y a 2,000 antes de finales del 2011.
Perú. La fortaleza del sol frente al dólar se ha intensificado: en julio, las compras han ascendido a un promedio diario de casi 90 millones de dólares. El Perú está importando presiones inflacionarias del exterior en la forma de entradas de divisas secuela del superávit en cuenta corriente y del ingreso de capitales. Proceso que anticipé en esta columna hace 15 meses. El BCR está haciendo lo imposible para neutralizar la monetización de los dólares, subiendo los encajes, las tasas de interés, y tomando prestado de los bancos. Pero ante la implacable avalancha de dólares, los instrumentos de política monetaria son insuficientes; sólo una caída mayor del dólar y/o un superávit presupuestal podrían hacer el trabajo. Por eso la inflación vuelve a ser problema. Después de dos semestres de inflación cero en el 2009, hemos pasado a una tasa semestral (anualizada) de 2.9% en el primero del 2010, ya superior al 2.7% en el último semestre del gobierno de Toledo.
El PBI de mayo creció a una tasa interanual de 9.2% y estimo que la tasa de junio estaría por encima del 10%. Me mantengo por tanto en mi pronóstico de hace varios meses de que la economía crecerá 8% en el 2010, pero no más del 5% en el 2011, pues anticipo que habrá desaceleración a partir de agosto. Mi pronóstico revisado de inflación para el 2010 es no menos de 4%.
Aráoz. Leo con agrado la posible postulación de la ministra Mercedes Aráoz a la Presidencia. Su desempeño en los tres ministerios económicos clave ha sido muy eficaz y honesto; sabe explicar al público temas difíciles con claridad y sosiego; tiene extraordinarias dotes gerenciales; combina bien la sencillez con una razonable y sana ambición política. Además, amén de conducir con indudable éxito los TLC, tuvo los pantalones para plantarse y renegociar Olmos, subir las gasolinas; para recortar algo el gasto público; no ceder ante presiones salariales excesivas, etc. Aráoz enriquece el paisaje de las presidenciales, eleva el listón, y mi pronóstico es que probablemente pasaría a la segunda vuelta.
Si su candidatura se materializa, la gran pregunta es si su sucesor(a) tendría la visión e inspiraría la confianza suficiente para primar la lucha contra la naciente inflación frente a las inevitables presiones de gasto pre-electorales. Y sin duda si mantendría la aureola de honestidad que ha mostrado Aráoz en su carrera.
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17 de Julio del 2010
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El problema de fondo es el mal estado de las hojas de balance del sector público, familias e intermediarios financieros en casi todos los países desarrollados. Crisis típicas en la fase final de periodos prolongados de innovación y prosperidad. En el mejor de los casos, recomponer las hojas de balance llevará tiempo y requiere menos consumo, más ahorro privado, más impuestos y menos gasto público. Y en el peor de los casos, suspensiones de pagos e inflación alta. Los indicadores y las bolsas nos dicen que se está agotando la recuperación raquítica y renqueante de los últimos 12 meses. No hay salida fácil ni rápida. Estamos en la fase contractiva de uno de esos ciclos largos que describieron los economistas Schumpeter y Kuznets.
Bolsas. Nos "leen las cartas". La Bolsa de Shanghái no ha levantado cabeza desde la corrección de agosto del 2009. Mal presagio, pues es la economía china la que tira del carro. Las bolsas de EE.UU. y europeas parecen haber entrado en un nuevo mercado del Oso (o bajista), al haber caído ambos índices Dow-Jones industrial y Dow-Jones Transporte debajo de los niveles mínimos registrados en la corrección de principios de junio (la señal que propuso Charles Dow a principios del siglo XX). Es decir, el mercado alcista reciente habría durado 15 meses desde marzo del 2009. El analista Mark Hulbert nos recordaba hace unas semanas que desde 1900 han habido 33 mercados alcistas de ciclo corto (y tan sólo 3 de ciclo largo). De los 33, 13 han durado no más de 15 meses. Si analizamos los 20 que han excedido los 15 meses y comparamos el promedio de las valoraciones (relación de precio-utilidad o PE ratio), la bolsa de EE.UU. estaría ya sobrevaluada entre 15% y 20%. Seguimos en un mercado bajista de ciclo largo. La caída de las bolsas arrastrará al cobre y otros metales no preciosos. Mi pronóstico para el cobre es de 2 a 2.5 dólares la libra antes de junio del 2011.
Monedas. Hoy el dinero huye de Europa por temor a que se resquebraje la Zona Euro y se va a bonos del Tesoro de EE.UU., pero el aterrizaje en dólares no es final de viaje sino sólo "parada y fonda". La razón es que la deuda pública bruta de EE.UU. ya está en el entorno del 100% del PBI, y dados los déficits presupuestales actuales y previsibles, en pocos años se acercaría al nivel máximo histórico de 120% del PBI de la segunda post-guerra. Japón, con una deuda de 200% del PBI, tampoco es destino atractivo. A la larga no puede haber moneda fuerte emitida por país alguno sobreendeudado y con finanzas públicas débiles. Así que ni euro, ni dólar, ni yen, ni la libra. ¿Y qué queda? Pues el oro y otros metales preciosos y el estrechísimo mercado de los dólares canadiense, australiano y neozelandés, la corona noruega, el franco suizo y algunas monedas de emergentes: el yuan chino -que no es convertible-, el real brasileño, el sol peruano, el peso chileno, etc. Conclusión: el oro seguirá subiendo. Mi pronóstico es que lo veremos a 1,500 la onza antes de finales del 2010 y a 2,000 antes de finales del 2011.
Perú. La fortaleza del sol frente al dólar se ha intensificado: en julio, las compras han ascendido a un promedio diario de casi 90 millones de dólares. El Perú está importando presiones inflacionarias del exterior en la forma de entradas de divisas secuela del superávit en cuenta corriente y del ingreso de capitales. Proceso que anticipé en esta columna hace 15 meses. El BCR está haciendo lo imposible para neutralizar la monetización de los dólares, subiendo los encajes, las tasas de interés, y tomando prestado de los bancos. Pero ante la implacable avalancha de dólares, los instrumentos de política monetaria son insuficientes; sólo una caída mayor del dólar y/o un superávit presupuestal podrían hacer el trabajo. Por eso la inflación vuelve a ser problema. Después de dos semestres de inflación cero en el 2009, hemos pasado a una tasa semestral (anualizada) de 2.9% en el primero del 2010, ya superior al 2.7% en el último semestre del gobierno de Toledo.
El PBI de mayo creció a una tasa interanual de 9.2% y estimo que la tasa de junio estaría por encima del 10%. Me mantengo por tanto en mi pronóstico de hace varios meses de que la economía crecerá 8% en el 2010, pero no más del 5% en el 2011, pues anticipo que habrá desaceleración a partir de agosto. Mi pronóstico revisado de inflación para el 2010 es no menos de 4%.
Aráoz. Leo con agrado la posible postulación de la ministra Mercedes Aráoz a la Presidencia. Su desempeño en los tres ministerios económicos clave ha sido muy eficaz y honesto; sabe explicar al público temas difíciles con claridad y sosiego; tiene extraordinarias dotes gerenciales; combina bien la sencillez con una razonable y sana ambición política. Además, amén de conducir con indudable éxito los TLC, tuvo los pantalones para plantarse y renegociar Olmos, subir las gasolinas; para recortar algo el gasto público; no ceder ante presiones salariales excesivas, etc. Aráoz enriquece el paisaje de las presidenciales, eleva el listón, y mi pronóstico es que probablemente pasaría a la segunda vuelta.
Si su candidatura se materializa, la gran pregunta es si su sucesor(a) tendría la visión e inspiraría la confianza suficiente para primar la lucha contra la naciente inflación frente a las inevitables presiones de gasto pre-electorales. Y sin duda si mantendría la aureola de honestidad que ha mostrado Aráoz en su carrera.
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jueves, 24 de junio de 2010
Economia y Biodiversidad
ECONOMÍA Y BIODIVERSIDAD
Por: Jesús Castillo More (*)
La Economía es el estudio de la forma como los individuos y la sociedad, resuelven el problema económico, que consiste en que lo que tenemos no alcanza para todo lo que quisiéramos.
Las necesidades de alimentación, vestido, vivienda, salud, educación, transporte y recreación se satisfacen antes que con dinero, con bienes y servicios que a su vez se obtienen con recursos naturales, tecnológicos y humanos, que los primeros economistas clasificaron como tierra, trabajo y capital, que son bienes que sirven para producir otros bienes (herramientas, máquinas, conocimientos e iniciativas). El dinero es un invento de la sociedad para facilitar el intercambio de fondo entre factores de producción ofrecidos por las familias y bienes y servicios ofrecidos por las empresas. La Teoría Económica, cuyo objetivo es simplificar la realidad para explicarla y predecir consecuencias de determinadas acciones, agrupa a todos estos factores de producción en dos grandes categorías: Trabajo (L) y Capital (K), que incluye a los recursos naturales. Cuando usted prepara una limonada, pone sobre la mesa limones, agua, azúcar, jarra, vasos, cuchillo, cucharas y agrega trabajo. Si le piden que clasifique todo esto bajo los rubros L y K ¿Dónde entran los limones? No son trabajo ni capital, son insumos, materias primas o bienes intermedios, que a su vez son resultado del uso de K y L, por lo que la Teoría solo considera a éstos dos como factores de producción en general. La justificación es que la producción total solamente incluye los bienes y servicios finales, para lo cual hay que restar los bienes intermedios, con lo que se aprecia el valor agregado por el esfuerzo productivo y el aporte y en consecuencia ingreso de los propietarios del capital y el trabajo. ¿Dónde incluimos las cáscaras y el desperdicio de la actividad económica? Esto es materia de la economía ambiental. El conocimiento y la innovación son capital humano que potencia la capacidad productiva de K y L para elevar la productividad y el uso de tecnologías limpias que no contaminen. La regulación del estado tiene lugar aquí, para impedir la contaminación y para dotar de infraestructura física y capital social mediante educación y salud de calidad.
La escasez de recursos obliga a tomar decisiones y organizar la actividad económica, que históricamente ha adoptado dos formas: una vertical de arriba hacia abajo, como en el imperio incaico y en los países socialistas, donde el mecanismo es la planificación central, y otra horizontal como en la mayoría de las economías modernas, donde el mecanismo para resolver el que producir con los recursos escasos, cómo producir y para quién producir es el sistema de precios, que requiere para su funcionamiento la propiedad privada de los factores de producción, que dan lugar a oferta y demanda, es decir al mercado, donde la interacción entre productores y consumidores asigna los recursos en forma descentralizada dando lugar a beneficios mutuos.
El funcionamiento del sistema de precios a través del mercado, presenta fallas relacionadas con la desigualdad en la distribución del ingreso, bienes públicos, mercados imperfectos como los monopolios, información asimétrica y externalidades relacionadas con perjuicios o beneficios que no son internalizados como costos o beneficios por quienes los originan, por ejemplo la contaminación ambiental de la actividad minera o la revalorización de inmuebles circundantes a un supermercado. Toda actividad económica contamina, lo que no es razón para prohibirla, pues nos quedaríamos sin producir nada. Los dueños de establos lecheros lo saben muy bien. El problema es de sumas y restas: interesa los beneficios netos luego de restar los costos privados y sociales a los beneficios. En el caso de los proyectos mineros, la pregunta es qué pasará con y sin el proyecto. ¿Tiene sentido oponerse con el argumento de la contaminación a una empresa minera que usará tecnologías limpias y generará empleos y otros beneficios, para luego dejar los yacimientos en manos de mineros informales que solo generan contaminación?
La Organización de las Naciones Unidas (ONU), ha declarado este año como el Año Internacional de la Diversidad Biológica. Con tal motivo, el Diario El Comercio publicó hace un mes, un suplemento, titulado “Biodiversidad divino tesoro” editado por la especialista en Medio Ambiente Martha Meier Miró Quesada, donde informa que el Perú posee una diversidad sorprendente en términos de flora, fauna, climas, ecosistemas, agro diversidad, tradiciones étnicas y culturales, que incluye 333 especies de anfibios, 462 de mamíferos, 1806 de aves, 2000 de peces y 4,400 de plantas naturales, de las cuales 1408 son medicinales. El Perú tiene 28 de los 32 tipos de clima en el mundo y 84 de las 104 zonas de vida identificadas en el mundo. ¿Cuál es la biodiversidad de la Región Piura o de la Región Lambayeque? Esta es pregunta básica para nuestros candidatos. Todo este potencial está a la espera de su complemento indispensable para sacarle provecho en la lucha contra la pobreza: personas capacitadas y honestas que lideren la formación de capital humano, infraestructura, seguridad ciudadana, ordenamiento jurídico, que de continuidad al crecimiento económico con equidad, evitando a los políticos rutinarios que no ven más allá de sus propios intereses, o se limitan a seguir instrucciones de quienes los reclutaron y dieron el cargo.
(*) jcastillomore@gmail.com
Por: Jesús Castillo More (*)
La Economía es el estudio de la forma como los individuos y la sociedad, resuelven el problema económico, que consiste en que lo que tenemos no alcanza para todo lo que quisiéramos.
Las necesidades de alimentación, vestido, vivienda, salud, educación, transporte y recreación se satisfacen antes que con dinero, con bienes y servicios que a su vez se obtienen con recursos naturales, tecnológicos y humanos, que los primeros economistas clasificaron como tierra, trabajo y capital, que son bienes que sirven para producir otros bienes (herramientas, máquinas, conocimientos e iniciativas). El dinero es un invento de la sociedad para facilitar el intercambio de fondo entre factores de producción ofrecidos por las familias y bienes y servicios ofrecidos por las empresas. La Teoría Económica, cuyo objetivo es simplificar la realidad para explicarla y predecir consecuencias de determinadas acciones, agrupa a todos estos factores de producción en dos grandes categorías: Trabajo (L) y Capital (K), que incluye a los recursos naturales. Cuando usted prepara una limonada, pone sobre la mesa limones, agua, azúcar, jarra, vasos, cuchillo, cucharas y agrega trabajo. Si le piden que clasifique todo esto bajo los rubros L y K ¿Dónde entran los limones? No son trabajo ni capital, son insumos, materias primas o bienes intermedios, que a su vez son resultado del uso de K y L, por lo que la Teoría solo considera a éstos dos como factores de producción en general. La justificación es que la producción total solamente incluye los bienes y servicios finales, para lo cual hay que restar los bienes intermedios, con lo que se aprecia el valor agregado por el esfuerzo productivo y el aporte y en consecuencia ingreso de los propietarios del capital y el trabajo. ¿Dónde incluimos las cáscaras y el desperdicio de la actividad económica? Esto es materia de la economía ambiental. El conocimiento y la innovación son capital humano que potencia la capacidad productiva de K y L para elevar la productividad y el uso de tecnologías limpias que no contaminen. La regulación del estado tiene lugar aquí, para impedir la contaminación y para dotar de infraestructura física y capital social mediante educación y salud de calidad.
La escasez de recursos obliga a tomar decisiones y organizar la actividad económica, que históricamente ha adoptado dos formas: una vertical de arriba hacia abajo, como en el imperio incaico y en los países socialistas, donde el mecanismo es la planificación central, y otra horizontal como en la mayoría de las economías modernas, donde el mecanismo para resolver el que producir con los recursos escasos, cómo producir y para quién producir es el sistema de precios, que requiere para su funcionamiento la propiedad privada de los factores de producción, que dan lugar a oferta y demanda, es decir al mercado, donde la interacción entre productores y consumidores asigna los recursos en forma descentralizada dando lugar a beneficios mutuos.
El funcionamiento del sistema de precios a través del mercado, presenta fallas relacionadas con la desigualdad en la distribución del ingreso, bienes públicos, mercados imperfectos como los monopolios, información asimétrica y externalidades relacionadas con perjuicios o beneficios que no son internalizados como costos o beneficios por quienes los originan, por ejemplo la contaminación ambiental de la actividad minera o la revalorización de inmuebles circundantes a un supermercado. Toda actividad económica contamina, lo que no es razón para prohibirla, pues nos quedaríamos sin producir nada. Los dueños de establos lecheros lo saben muy bien. El problema es de sumas y restas: interesa los beneficios netos luego de restar los costos privados y sociales a los beneficios. En el caso de los proyectos mineros, la pregunta es qué pasará con y sin el proyecto. ¿Tiene sentido oponerse con el argumento de la contaminación a una empresa minera que usará tecnologías limpias y generará empleos y otros beneficios, para luego dejar los yacimientos en manos de mineros informales que solo generan contaminación?
La Organización de las Naciones Unidas (ONU), ha declarado este año como el Año Internacional de la Diversidad Biológica. Con tal motivo, el Diario El Comercio publicó hace un mes, un suplemento, titulado “Biodiversidad divino tesoro” editado por la especialista en Medio Ambiente Martha Meier Miró Quesada, donde informa que el Perú posee una diversidad sorprendente en términos de flora, fauna, climas, ecosistemas, agro diversidad, tradiciones étnicas y culturales, que incluye 333 especies de anfibios, 462 de mamíferos, 1806 de aves, 2000 de peces y 4,400 de plantas naturales, de las cuales 1408 son medicinales. El Perú tiene 28 de los 32 tipos de clima en el mundo y 84 de las 104 zonas de vida identificadas en el mundo. ¿Cuál es la biodiversidad de la Región Piura o de la Región Lambayeque? Esta es pregunta básica para nuestros candidatos. Todo este potencial está a la espera de su complemento indispensable para sacarle provecho en la lucha contra la pobreza: personas capacitadas y honestas que lideren la formación de capital humano, infraestructura, seguridad ciudadana, ordenamiento jurídico, que de continuidad al crecimiento económico con equidad, evitando a los políticos rutinarios que no ven más allá de sus propios intereses, o se limitan a seguir instrucciones de quienes los reclutaron y dieron el cargo.
(*) jcastillomore@gmail.com
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